Gracia barata

¿Acaso podemos impedir que la fe caiga cuando se llega a la conclusión de que las estructuras eclesiales a las que uno pertenece han terminado pareciéndose a «una sociedad más, con sus caciques, sus accionistas, sus privilegios, sus funcionarios, y su burocracia, que solo ve la fe como una cosa etérea, que no tiene nada que ver con la vida; vale solo de nubes arriba»? Literalmente, fue ésta la descripción que Luis Espinal, sacerdote jesuita muy profético en tiempos de la dictadura de Hugo Banzer en Bolivia (1971-78), rechazaba ver en nuestras comunidades de fe. Ante los ojos de Dios y de los hombres, él clamaba para que el corazón de los hijos de Dios, los llamados a dar las buenas nuevas, no sea capaz de negociar con la injusticia y los principios individualistas de este mundo. Hoy puedo decir que el tiempo se ha acercado: aquí y ahora, es una realidad.

Toda la secundaria y los primeros años de la universidad, viví en una burbuja. Mi forma de pensar fue tan cuadriculada, que solo se enfocó en mi crecimiento espiritual, mi salvación, mi santidad, mi pureza y las victorias que Dios me daría por haberlo aceptado como MI Señor y Salvador. Para no contaminarme, evité juntarme con mis compañeros mundanos —término que se utiliza para categorizar a todos aquellos que no son cristianos. Ellos eran la encarnación de Sodoma y Gomorra. Y yo debía huir. Mi responsabilidad y relación con el mundo se limitó a orar por sus almas, encerrada en mi habitación o los domingos en la iglesia.

Un día, las dudas llegaron. ¿La razón? En lugar de fijarme en alguno de mis amigos de la iglesia, preferí fijarme en un ateo. Cometí el error de decírselo a mi líder de la iglesia. Ella, en lugar de seguir escuchando lo que me pasaba, me dijo que debía sacar de mi ser ese sentimiento. «¿Cómo un Dios de amor usa a sus hijas, mis líderes, para que me sienta mal por haberme fijado en un ‘no cristiano’?». Lograron que me sintiera mal, pero no quitaron de mí la certeza de que él era más cristiano que muchos amigos de la iglesia. Él me había enseñado que no necesitabas tener la etiqueta de «cristiano» para dolerte por las injusticias.

Mi mundo perfecto se hizo pedazos. Y las cosas del mundo me empezaron a agradar. Por ejemplo, la trova sustituyó a las canciones de la iglesia. Debo admitir que muchas veces me sentí mal, pero ese sentimiento fue confrontado con una pregunta: «¿Por qué debo pedirle a Dios que quite de mí todo lo que me haga carnal si eso me hace más humana y eso soy, humana?». Más que respuestas, aparecieron deseos prohibidos. «¿Está mal que tenga ganas de largarme de la iglesia?».

Descubrí que la grandeza de mi iglesia estaba en su edificación que mostraba una estructura imponente, pero que era incapaz de tocar a sus miembros anhelantes de encontrar algún manantial que concediera descanso. Que mi pastor pudiese entrevistarme antes de mi bautismo significaba mucho para mí. Era el hecho de empezar a sentirme parte de ese sistema. No obstante, él no aceptó hacerlo. ¿La razón? En ese preciso momento, estaba fuera de servicio. Él se encontraba a unos metros de mí, pero no. El «ungido de Dios» no quiso darme un par de minutos de su tiempo. ¿Tanto le costaba hablar conmigo cinco minutos?

Los días pasaron, pero las ganas de largarme de la iglesia no. Intenté sacar citas con mi pastor, pero su secretaria me dijo —en más de una ocasión— que su agenda estaba llena y debía regresar al siguiente mes. Entendí que mi iglesia es parecida a una entidad del Estado, llena de burocracia.

Hoy, me atormenta mucho que, cada tres meses, se realicen campañas evangélicas en donde la gente es llevada a la iglesia. Mi líder dice que si no invito a alguien a la célula o la campaña, no estoy evangelizando. ¿Dónde quedan entonces el arrepentimiento y el seguimiento como parte integral del discipulado que Jesús vivió, encarnó y demandó? Para mí, la evangelización es un proceso que se da no una, sino varias veces en la vida de una persona. La evangelización no termina cuando alguien decide entregar su vida a Cristo. No. Ahí, empieza todo. No se trata entonces de cantidad, sino de relaciones profundas.

Esta niña que aspira a ser grande —porque así veo hoy a mi iglesia— no ha sido capaz de recordar que la grandeza se traduce en servicio y amor. Quizás, en el intento de «ganar más almas para Cristo» —porque a eso se reduce la evangelización para algunos cristianos—, se termina prostituyendo el evangelio. La fe se ha vuelto barata y es ofrecida como un producto de consumo que solo sirve para satisfacer a las multitudes que buscan un mensaje acomodado a sus deseos personales. Paso por las calles y me duele el corazón, cuando veo cómo se promueve que ser hijo de Dios es una garantía para reclamar promesas materiales y ser felices a cambio de una «transacción monetaria».

En tiempos de la iglesia primitiva, ella no se encerraba en un templo, sino que estaba en las conversaciones de los hombres para mostrar el amor de Dios. Ellos practicaban la justicia, protegían a los desamparados, alzaban su voz de protesta frente al sistema opresor que los rodeaba. Y, por eso, eran perseguidos. ¿Qué nos ha pasado? Los cristianos nos hemos dejado condicionar por la dicotomía de lo sagrado y lo secular. Asumimos un total desprecio por el cuerpo y vivimos en nuestra nube espiritual. Hemos olvidado que las bendiciones no calman el hambre. Es necesario dar panes, salir a las calles, consolar a las viudas, cobijar a los huérfanos, dejar de ver a las personas como números.

Y aunque cada vez es más fuerte la decisión de dejar mi iglesia (no sin antes mandar una copia de este texto a las oficinas pastorales y a mis líderes), eso no significa que rechace mi fe hacia Dios. Hoy más que nunca me resisto a creer que así sean las iglesias que el Creador exalta. Yo creo en un Dios que vive en las aceras, en las fábricas, en los mercados, en la resistencia de los pueblos frente a la imposición violenta de megaproyectos en sus territorios. Mi vida entera está al servicio de ese Dios que me ha llamado a ser parte de la Gran Comisión, de proclamar el año agradable de Dios, de ser la boca que grita rebeldía y usa mis manos para trabajar por la justicia, la paz y el amor hacia la humanidad y toda la creación.

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La mano poderosa – Jorge Miyagui

Eva cambió la señal

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Viento, una ilustración de Fito Espinosa

«Eva no quiere ser para Adán la paridora pagada con pan. Eva prefiere también parir, pero después escoger dónde ir» recita el trovador cubano Silvio Rodríguez en una de sus canciones. Después de ver «Casa de muñecas», la obra teatral de Henrik Ibsen, que se presenta estas semanas en el teatro La Plaza, uno descubre que Nora, la protagonista, es la Eva que describe esta trova, aquella que decide dejar de ser costilla para salir a remontar el vuelo.

Para su padre, Nora era su muñequita. Él jugaba con ella como ella jugaba con sus muñecas. Luego, pasó a las manos de su esposo. Diez años vivió pensando que era feliz, pero en realidad no lo era, solamente era alegre. Nora, la mujer débil, subordinada, servicial y obediente que vive para hacer feliz a su familia. Torvaldo, el hombre de la casa, el dueño del circo, el único que cree tener honor y cerebro, el que se alucina rescatar a su dulce pajarito cantor de las manos de una bestia horrorosa. El hogar que construyeron siempre fue una casa de muñecas. Ir a una fiesta, seleccionar la vestimenta, cómo comportarse, la rutina diaria, los amigos. Todo era controlado por el hombre, el jefe de casa. En cuestiones de dinero, también. Ella no poseía autoridad alguna. Y sus hijos se convirtieron en sus nuevos muñecos.

«Casa de muñecas» fue estrenada a finales de 1879; sin embargo, aún hoy, los problemas que plantean siguen vigentes. ¿Cuántas Noras y Torvaldos conocemos actualmente? La sociedad cree que Nora no hace nada serio. La creen insignificante. Y lo es, aparentemente. No obstante, un brillo misterioso en su rostro la delata. Ella es consciente de su situación y del rol falso de mujer perfecta que sobrelleva día a día. Encima de todo, tiene de qué alegrarse, pues fue ella quien salvó de morir a su esposo, aunque casi nadie lo sepa.

Poco a poco, Nora, la Eva de esta historia, empieza a ver las cosas sin velo. Comienza a mirarse como un ser humano, el reflejo del rol de mujer perfecta se desvanece. Ya no cree que ser una buena madre y una esposa complaciente son sus únicas responsabilidades. Se da cuenta de que no sabe nada, empieza a descubrirse, atraviesa una metamorfosis. Descubre que, por encima de todo, es un ser humano  que necesita pensar por sí mismo para sacar sus propias conclusiones. Ahora, su única certeza es que tiene una opinión diferente a la de su esposo, Adán.

Nora decide cambiar la señal. La determinación que toma al final resume el ejemplo de lo que significa definirse, por encima de todo, como un ser humano. «Eva se enfrenta al qué dirán firme al timón como buen capitán, Eva deja de ser costilla» dice la canción de Silvio Rodríguez. Nora lo hizo. ¿Y nosotras, las mujeres de ahora? ¿Algún día nos atreveremos a mirarnos a nosotras mismas? Y es que todas llevamos dentro una Eva que quiere dejar de ser costilla para remontar el vuelo. No solamente Nora vive en una casa de muñecas; nosotras también. Por momentos, a veces inconscientemente, asumimos el rol de «muñequitas». Esta vez, no dejaremos que nos corten las alas. Al igual que Nora, la Eva que llevamos dentro proclama que «nadie poseerá este cuerpo de lagos y volcanes, esta mezcla de razas, esta historia de lanzas; este pueblo amante del maíz, de las fiestas a la luz de la luna; pueblo de cantos y tejidos de todos los colores». (Fragmento de la «La mujer habitada»-Gioconda Belli)

El Callejón de la Columna

Nostalgia, alegría, decepción, conformismo y mucha fe. La Casa de las columnas es un corazón con taquicardia. Quienes han vivido ahí más de 50 años saben el valor que tiene; quienes moran en ella menos de quince años la ven como una pocilga enclenque. Que quieren irse, que quieren quedarse. No poseen títulos de propiedad que los legitimen como dueños del lugar, pero viven en cuartos de 5 por 4 que nada ni nadie les puede quitar. Hay pandilleros, borrachos, fumones, vagabundos y un olor a baño del centro de Lima impregnado en las paredes. ¿Qué significa vivir con más de 300 personas en un lugar que ha sido declarado patrimonio de la humanidad y también está a punto de caerse?

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—Si yo sigo viviendo es porque tengo mucha fe en Dios. Ahora todas mis metas se enfocan en sacar adelante al último de mis hijos. Algún día, espero mudarme de casa. Yo nunca quise entrar acá.

Lucila Rodríguez Ventura (55) vive hace quince años en el interior 208 de la Casa de las columnas. Su voz se quiebra al recordar su situación. No es propietaria de la casona, pero vive aquí, y sin pagar alquiler. El resto de sus vecinos se encuentra en la misma situación: sin títulos de propiedad que los legitimen como dueños del lugar, pero con un cuarto de 5 por 4 que nada ni nadie les puede quitar, y al que se afanan con todas sus fuerzas a pesar de que en 1989 este inmueble fue declarado «casa ruinosa». Es decir, inhabitable. Lleva puesto un polo rosado y una falda de tela color marrón. Tiene carnosidad en el ojo izquierdo. Cojea cuando camina. Empieza a llorar. ¡Dios! Es una mujer de fe. Por 300 soles le traspasaron el cuarto en el que ahora vive. Vende turrones y golosinas en los carros. Vive junto a tres de sus cinco hijos y su nieta. Son las 2 de la tarde del domingo 25 de noviembre en la Casa de las columnas, un espacio que se ubica en la tercera cuadra del Jirón Conde de Superunda, en el Cercado de Lima, y en el que viven más de 300 personas.

Los cables de luz y teléfono atraviesan descaradamente toda la casa que está compuesta de dos pisos, 53 cuartos y un callejón que une los dos patios. El color de las paredes es rosado, pero el tiempo y la humedad se han encargado de desaparecer la pintura para mostrar su composición estructural: quincha, adobe y concreto. Más de diez columnas la sujetan. Sus techos altos han permitido que sus moradores construyan altillos en sus habitaciones. Es decir, sub-segundos pisos de madera. No hubo un arquitecto que los asesore, pero sí la necesidad de generar más espacio.

Las moscas zumban. Hay excremento de perro en una esquina del patio. Empiezan a posarse sobre la caca. Charcos de agua se forman en el piso: una parte es de tierra; la otra, de cemento falso. La humedad y el olor a mierda se mezclan. Orina, papel higiénico usado, agua derramada y barro en el piso… Huele a baño público, a retrete usado más de siete veces y sin palanca, a «pichi».

—Los baños que ahora tenemos han sido donados. El problema es que acá la gente es cochina.

Según la señora Lucila Rodríguez, sus vecinos ni siquiera son capaces de dar un sol para comprar una escoba. No viven en unión. Únicamente, piensan en tomar. Aun así, ella espera que algún día las cosas cambien. Ella no toma cerveza, no baila, usa faldones y odia las fiestas. La mayor parte del tiempo reza, canta y le cuenta a Dios y a todo aquel que desee escucharla sobre la inmoralidad de sus vecinos.

—El niño de la Manuela, Ángel (9), el otro día le ha estado tocando sus partes íntimas a Giuliana (8). Le han llamado la atención a la Manuela. Esa señora tiene relaciones con el padrastro del niño dentro de la misma habitación en la que vive con su hijo, que es un pasadizo de dos por dos. Y como la señora es ciega, no se da cuenta si su hijo mira lo que hace con el padrastro que llega todo borracho. ¡Qué desgracia!

También acaba de enterarse de que su vecino —el del 208— acaba de reconciliarse con su esposa después de que ella lo denunciara por violencia física. Mientras recuerda los pecados de sus vecinos, aprieta más fuerte sus manos. ¿Será acaso que no hay ni un solo justo en la casona?

—Tu fidelidad es grande, mi Dios. Tu fidelidad es grande…

Sí, la señora Lucila Rodríguez siempre escucha «Tu fidelidad», del artista cristiano Marcos Witt. Dice que así se llena de fuerza. Cuando pasó el terremoto del 2007, ella se encontraba cantando esa misma canción. Según ella, no sintió ningún movimiento. Le tuvieron que tocar la puerta para que salga y baje al patio. Ni su cuarto ni la casona sufrieron daños lamentables. Solo se descascaró un poco la pared. Nada más. Es que Dios siempre cuida de sus ovejas, aquellas que se aferran a Él aún en las peores realidades.

El CD de música cristiana ha dejado de sonar. La señora Lucila Rodríguez se dirige a su cama para rezar por las almas de los pecadores que están en la fiesta. Y es que hoy es día de fiesta en la Casa de las columnas. Es el aniversario del santo de la casona, de San Martín de Porres. Las moscas siguen rondando por todo el lugar. Cada cinco minutos, alguien sale de la fiesta y se dirige al baño. El olor a pollada del almuerzo y el aliento de cerveza de los participantes se mezcla con el olor de la orina. No se observa algún rastro de incomodidad.

Globos negros y blancos cuelgan de las columnas. Algunos ya se han caído, otros se han desinflado y unos pocos siguen en su sitio. Hay excrementos de gatos y perros a lo largo de los pasillos del segundo piso. El olor a caca es el perfume que emanan los escalones de madera y los calzones rojos, pantalones jeans, toallas de playa, polos fucsias, sostenes negros y medias blancas forman parte de la decoración natural de la casona. De niños, de adultos, de ancianos… Todos los cordeles para tender ropa están llenos. ¿Cómo así una casona que originalmente formó parte del antiguo Convento Nuestra Señora del Rosario de Santo Domingo y cuyo diseño data del siglo XVII se ha convertido en un espacio en el que viven más de 50 familias? Según la historia, hacia las décadas de 1840, los dominicos decidieron alquilar algunas de sus celdas debido a que gozaban de amplias instalaciones. Conforme fueron sucediéndose los inquilinos, las habitaciones se fueron arrendando y, también, los mismos inquilinos sub arrendaban a nuevos huéspedes. La casona pasó a manos de la beneficencia. Y era ésta la encargada de cobrar el alquiler, de velar por la seguridad de sus moradores, de mantener decente el ambiente hasta que un día las cosas se salieron de control. ¿El motivo? La llegada de más y más personas que buscaban un cuarto para vivir. Eran los años 70. En 1972 la casona fue declarada Patrimonio de la Nación; luego, Patrimonio de la Humanidad y, al poco tiempo, «casa ruinosa». Desde aquel entonces, nadie pasó a cobrar el alquiler mensual de los cuartos. Los moradores de la casona se convirtieron en los nuevos «dueños». Nunca hubo papeles que los legitimen como propietarios.

En el 204 vive Claudia Pamela Ñapuguarque junto a su esposo y sus tres hijos. Tiene 30 años y vive acá desde hace seis años. No acostumbra salir de su casa. Como ella dice «para encerrada todo el día». Eso no la molesta. Como no hay caño en el segundo nivel, baja al primer piso para lavar sus servicios. Vivir en un lugar tan pequeño junto a su familia es terrible para ella. No permite que sus hijos salgan del 204: le da miedo que les pueda pasar algo si bajan (un accidente, quizás); también lo hace porque así evita que se junten con los otros chiquitos de la casona.

—No todos tenemos la misma educación —dice Claudia Pamela Ñapuguarque, mientras junta la puerta de su cuarto para que no salgan sus hijos.

Como muchos moradores de la quinta, su meta es mudarse. Salir de allí. Su rostro no muestra alegría, sino decepción.

—Es fastidioso hacer cola para los baños. Tienes que esperar que llegue tu turno. Salir a cada rato para ver si está libre o no. En las mañanas, es peor. Si no te levantas a las cinco de la mañana, tienes que hacer cola. Hay gente que se levanta muy temprano. Yo lavo ropa de noche. De día, no puedo. En la noche, nadie me molesta: todos están durmiendo. En la parte de afuera, contamos con tres baños y dos duchas; somos 33 familias. ¡Imagínate!

La mayoría de los niños usa bacines o baldes. Después botan sus necesidades. Los hijos de Claudia Pamela Ñapuguarque lo hacen, pues así evita exponerlos a cualquier enfermedad. Y es que cualquier persona desconocida —de la calle— puede usar los baños. Ella jamás permitiría que sus hijos los utilicen. No puede. Es más, cuando ella va a orinar no se sienta: «orina parada». Le apena tener que vivir así. ¡Pero qué se puede hacer! Así es la vida. Sólo le queda ser una buena esposa, una buena madre, una buena ama de casa. Por eso, como toda mujer de su casa, ni bien terminó la procesión de San Martín, ella y sus hijos fueron directo al cuarto. ¿El esposo? Se ha quedado con los amigos.

El sol ha empezado a ocultarse. Son las siete de la noche. La fiesta recién ha empezado a ponerse «sabrosa». Chicos y chicas entre 14 y 20 años comienzan a aparecer. Las chicas llevan pantalones ajustados, minifaldas y politos escotados que no cubren sus ombligos; los hombres, pantalones flojos, zapatillas de colores fuertes, una camisa floja y alguna cadena en el cuello. Botellas de cerveza están tiradas por todo el segundo patio. Casi todos están ebrios, excepto las mujeres que cuidan de sus hijos. El 125 es el único cuarto del que sale luz en el primer piso. Se ubica justo debajo de las gradas que conducen al segundo nivel. El habitante del lugar se llama Carlos Felipe Maquiavelo (72). Vive en la casona hace más de 60 años. Es orfebre desde hace más de 30 años. Casi todos sus trabajos están inacabados. Obras de un metro de largo, todas hechas a mano y de cobre. Un Tumi, el señor cangrejo, la máscara de la llorona… Desde hace seis meses está paralizado: no tiene el dinero para comprar los materiales.

—Para terminar el Tumi, necesitaría invertir por lo menos 2000 soles. Esto no se acaba en un mes. Se hace poco a poco.

No posee los medios para hacerlo. Todo el mundo le dice que debe acabar aunque sea una obra. ¿Cómo hacerlo si hay días en los que no tiene ni para comer? Hay veces en las que más se preocupa por su perro Dudú que por él mismo. Su mascota tiene diez años. Es raza «Billy»; es decir, de ascendencia francesa y gran tamaño. Se lo regaló su hijo y come más que su dueño. En la quinta todos lo respetan, pero aun así, él siente nostalgia por la gente de los años cuarenta. En aquel entonces, todos eran una gran familia. Le apena la ignorancia de sus vecinos actuales.

—Las personas que han venido a vivir acá son migrantes y han venido con un montón de gente. Se ponen agresivos. No te respetan como antes. Aun así, yo siempre me doy mi lugar. No les doy la oportunidad para que me falten el respeto. Yo no soy un tonto.             ¿Qué significa ser un hidalgo aquí en la casona? El señor Carlos Maquiavelo dice que dicha palabra no se conoce, pues sus vecinos son personas vulgares, personas hechas de un ambiente bien corriente, que está en sus venas. Para él, la casona empezó a malearse cuando comenzaron a bajar los provincianos. Es decir, en los 70s y 80s.

—Antes, la casa era limpia. Ahora, yo ya no salgo para nada. Me han dado la llave del baño y de la ducha. No entro porque la gente es sucia. Prefiero pagar mis cincuenta centavos e irme a un baño que conozco y en donde sé que son limpios. Para bañarme, voy donde mi tía. Dos veces por semana. A veces una. A veces, no voy. No voy a estar andando con las manos vacías. Siempre que voy, le llevo algo.

Desde que amanece, el chisme y la suciedad corren por toda la casona. Todos se han acostumbrado. Carlos Maquiavelo también. Es consciente de que algunas veces sabe más de la vida de sus vecinos que él mismo. Prefiere no ir a las reuniones de la directiva para no hacer bilis. Sin embargo, también es uno de los pocos moradores que es consciente de que el lugar en el que vive es un patrimonio histórico. Se siente orgulloso de ello y le apena ver cómo es que la gente no cuida su propio hogar… Apaga sus luces.

—Yo me quedo acá hasta que muera. Yo nací aquí. Aquí moriré.

En el segundo patio, la adrenalina fiestera se ha calmado para dar paso a las nostalgias. Son las once de la noche. Aparicio Pereira está con los ojos rojos y algunas lágrimas en los ojos. Vive en el cuarto número 1 de la casona desde hace más de cincuenta años. Su madre dio a luz aquí. Desde aquel entonces, no se ha movido del lugar. Su callejón siempre será suyo y no se moverá de ahí. Ésa es su vida. Al igual que él, de uno en uno, los que quedan en la fiesta se acercan a la estatua de San Martín en diferentes tiempos para pedirle un milagro, para contarle sus penas, sus problemas, para pedirle fortaleza y bendición, para que interceda por ellos frente a Dios. En siete horas más, todo volverá a la normalidad. Las colas en los baños, el chisme en los pasadizos, la suciedad de los inodoros, la mierda de los perros, las peleas por el caño, las ratas… El callejón de la columna seguirá latiendo. ¡A ver quién se retira!

Canek: El hombre que eligió el día para su muerte

Canek, indio maya, era esclavo de una hacienda en Yucatán, México. Corría el siglo XVIII. Junto a él, cientos de indios vivían su misma historia. Era odiado por «los blancos», pero amado por su pueblo. ¿La razón? Su sed insaciable de justicia en verbo y acción. ¿Qué era Canek para su pueblo?

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Portada del libro

Canek dijo:

—En los libros se dice lo que es un profeta y también lo que es un poeta. Se dice esto, pero muchos lo han olvidado. Es bueno recordarlo. Es profeta el hombre que puede mirar el rostro de Dios; en su resplandor aprende a distinguir la verdad de la mentira. Por esto le es dable hablar de lo que ha de suceder en el tiempo. Es poeta el hombre que recibe en su rostro la mirada de Dios. Por eso le es dable distinguir la belleza de la fealdad. Los profetas tuvieron permiso para guiar a los hombres que fueron. Los poetas tienen licencia para guiar a los hombres que son. Unos y otros, cuando tienen conciencia del dolor, hacen el bien.

(Abreu, 1940:92)

Poeta y profeta. Era él quien contaba historias de sus ancestros, del principio de todo, de los árboles, de los pájaros, de las estrellas, del río. Si antes solo se mordía los labios cuando miraba cómo «los blancos» mataban a sus hermanos, ahora los reúne para la rebelión. Una noche de cielo estrellado, Canek decidió escapar con los indios. Horas antes se había enterado de que serían marcados con hierro caliente, como los animales de la hacienda.

El Padre Matías es su cómplice. Sus sermones no hablan de someterse, de callarse, de dar una mejilla después de haber sido golpeado. No. Él habla de un Dios que se duele por las injusticias. Es un Dios liberador, que también se rebela frente a la maldad y el egoísmo.

La historia de Canek también es ternura. Los pensamientos, miedos, ilusiones y silencios del niño Guy refrescan su vida. El niño Guy no es indio. Es blanco, pero su familia no lo quiere. Dicen que es tonto. Canek aprendió a verlo, a escucharlo, a caminar con él. Y es, precisamente, a través de esta amistad que Ermilio Abreu Gómez, autor del libro, consiguió humanizar a Canek. No se trata ya de juzgar a alguien por sus orígenes, sino de aprender de las diferencias del otro.

Si hay una escena que resume la esencia del libro, es esta:

Los dos llegaron cojeando: Guy y el perrito más dócil que había nacido en el patio de Canek. Guy tenía una pierna vendada y el perrito una de las patitas envuelta en trapos. Los dos caminaban a saltos. El perrito gruñía —tal vez de dolor— y meneaba la cola —tal vez de agradecimiento.

—Nos caímos, Jacinto.

—Ya lo veo, niño Guy.

—Al perrito se le torció una patita. Ya se la compuse.

—¿Y tú?

—Acércate. No se lo digas a nadie. Yo no tengo nada. Me vendé solo para consolarlo.

(Abreu, 1940: 46)

¿Qué sentiste? ¿Verdad que muchas cosas? Esos son solo algunos de los sentimientos que a uno le aparecen luego de leer Canek, una historia que inspira para luchar por la vida digna hoy.