Gracia barata

¿Acaso podemos impedir que la fe caiga cuando se llega a la conclusión de que las estructuras eclesiales a las que uno pertenece han terminado pareciéndose a «una sociedad más, con sus caciques, sus accionistas, sus privilegios, sus funcionarios, y su burocracia, que solo ve la fe como una cosa etérea, que no tiene nada que ver con la vida; vale solo de nubes arriba»? Literalmente, fue ésta la descripción que Luis Espinal, sacerdote jesuita muy profético en tiempos de la dictadura de Hugo Banzer en Bolivia (1971-78), rechazaba ver en nuestras comunidades de fe. Ante los ojos de Dios y de los hombres, él clamaba para que el corazón de los hijos de Dios, los llamados a dar las buenas nuevas, no sea capaz de negociar con la injusticia y los principios individualistas de este mundo. Hoy puedo decir que el tiempo se ha acercado: aquí y ahora, es una realidad.

Toda la secundaria y los primeros años de la universidad, viví en una burbuja. Mi forma de pensar fue tan cuadriculada, que solo se enfocó en mi crecimiento espiritual, mi salvación, mi santidad, mi pureza y las victorias que Dios me daría por haberlo aceptado como MI Señor y Salvador. Para no contaminarme, evité juntarme con mis compañeros mundanos —término que se utiliza para categorizar a todos aquellos que no son cristianos. Ellos eran la encarnación de Sodoma y Gomorra. Y yo debía huir. Mi responsabilidad y relación con el mundo se limitó a orar por sus almas, encerrada en mi habitación o los domingos en la iglesia.

Un día, las dudas llegaron. ¿La razón? En lugar de fijarme en alguno de mis amigos de la iglesia, preferí fijarme en un ateo. Cometí el error de decírselo a mi líder de la iglesia. Ella, en lugar de seguir escuchando lo que me pasaba, me dijo que debía sacar de mi ser ese sentimiento. «¿Cómo un Dios de amor usa a sus hijas, mis líderes, para que me sienta mal por haberme fijado en un ‘no cristiano’?». Lograron que me sintiera mal, pero no quitaron de mí la certeza de que él era más cristiano que muchos amigos de la iglesia. Él me había enseñado que no necesitabas tener la etiqueta de «cristiano» para dolerte por las injusticias.

Mi mundo perfecto se hizo pedazos. Y las cosas del mundo me empezaron a agradar. Por ejemplo, la trova sustituyó a las canciones de la iglesia. Debo admitir que muchas veces me sentí mal, pero ese sentimiento fue confrontado con una pregunta: «¿Por qué debo pedirle a Dios que quite de mí todo lo que me haga carnal si eso me hace más humana y eso soy, humana?». Más que respuestas, aparecieron deseos prohibidos. «¿Está mal que tenga ganas de largarme de la iglesia?».

Descubrí que la grandeza de mi iglesia estaba en su edificación que mostraba una estructura imponente, pero que era incapaz de tocar a sus miembros anhelantes de encontrar algún manantial que concediera descanso. Que mi pastor pudiese entrevistarme antes de mi bautismo significaba mucho para mí. Era el hecho de empezar a sentirme parte de ese sistema. No obstante, él no aceptó hacerlo. ¿La razón? En ese preciso momento, estaba fuera de servicio. Él se encontraba a unos metros de mí, pero no. El «ungido de Dios» no quiso darme un par de minutos de su tiempo. ¿Tanto le costaba hablar conmigo cinco minutos?

Los días pasaron, pero las ganas de largarme de la iglesia no. Intenté sacar citas con mi pastor, pero su secretaria me dijo —en más de una ocasión— que su agenda estaba llena y debía regresar al siguiente mes. Entendí que mi iglesia es parecida a una entidad del Estado, llena de burocracia.

Hoy, me atormenta mucho que, cada tres meses, se realicen campañas evangélicas en donde la gente es llevada a la iglesia. Mi líder dice que si no invito a alguien a la célula o la campaña, no estoy evangelizando. ¿Dónde quedan entonces el arrepentimiento y el seguimiento como parte integral del discipulado que Jesús vivió, encarnó y demandó? Para mí, la evangelización es un proceso que se da no una, sino varias veces en la vida de una persona. La evangelización no termina cuando alguien decide entregar su vida a Cristo. No. Ahí, empieza todo. No se trata entonces de cantidad, sino de relaciones profundas.

Esta niña que aspira a ser grande —porque así veo hoy a mi iglesia— no ha sido capaz de recordar que la grandeza se traduce en servicio y amor. Quizás, en el intento de «ganar más almas para Cristo» —porque a eso se reduce la evangelización para algunos cristianos—, se termina prostituyendo el evangelio. La fe se ha vuelto barata y es ofrecida como un producto de consumo que solo sirve para satisfacer a las multitudes que buscan un mensaje acomodado a sus deseos personales. Paso por las calles y me duele el corazón, cuando veo cómo se promueve que ser hijo de Dios es una garantía para reclamar promesas materiales y ser felices a cambio de una «transacción monetaria».

En tiempos de la iglesia primitiva, ella no se encerraba en un templo, sino que estaba en las conversaciones de los hombres para mostrar el amor de Dios. Ellos practicaban la justicia, protegían a los desamparados, alzaban su voz de protesta frente al sistema opresor que los rodeaba. Y, por eso, eran perseguidos. ¿Qué nos ha pasado? Los cristianos nos hemos dejado condicionar por la dicotomía de lo sagrado y lo secular. Asumimos un total desprecio por el cuerpo y vivimos en nuestra nube espiritual. Hemos olvidado que las bendiciones no calman el hambre. Es necesario dar panes, salir a las calles, consolar a las viudas, cobijar a los huérfanos, dejar de ver a las personas como números.

Y aunque cada vez es más fuerte la decisión de dejar mi iglesia (no sin antes mandar una copia de este texto a las oficinas pastorales y a mis líderes), eso no significa que rechace mi fe hacia Dios. Hoy más que nunca me resisto a creer que así sean las iglesias que el Creador exalta. Yo creo en un Dios que vive en las aceras, en las fábricas, en los mercados, en la resistencia de los pueblos frente a la imposición violenta de megaproyectos en sus territorios. Mi vida entera está al servicio de ese Dios que me ha llamado a ser parte de la Gran Comisión, de proclamar el año agradable de Dios, de ser la boca que grita rebeldía y usa mis manos para trabajar por la justicia, la paz y el amor hacia la humanidad y toda la creación.

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La mano poderosa – Jorge Miyagui

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