Historia de un nacimiento

A las manos que tejen y hacen nudos. A las voces que llegan a perderse entre los ecos de la Gran Capital. A los pies que caminan cinco horas diarias para llegar a la escuela. A las miradas que sin buscarse se encuentran en una estación de bus. A las mujeres que defienden la madre Tierra. A los padres que perdieron un hijo. A las hijas que perdieron un padre. A las madres que se levantan a las cinco de la mañana. A los pueblos que acarician árboles en lugar de talarlos. A quienes  creen en un Dios liberador. A los que no necesitan de una religión para repudiar las injusticias. A los niños que juegan a tirarse piedras en el río.  A las hermanas que siempre preguntan «¿a qué hora llegas?». A las vecinas que son el espejo distorsionado de una misma. A  las muchachas que regalan flores. A los chicos que las reciben. A los abrazos de aeropuerto. A las adolescentes que aprenden a hacerse cargo de su luz. A ellos, los sobrevivientes, les escribo. Y también  a los asesinos de ilusión. Porque así pisen nuestro dolor, habrá un sobreviviente.

Brasil

En el país de la libertad / Créditos: Isabel López Meza

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