Siempre serán maíz

Memorias y reflexiones sobre la búsqueda de verdad y justicia de las madres de la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP) en el caso de Los Cabitos 83: El mega proceso penal contra miembros del Ejército por desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias y torturas de personas que fueron secuestradas en el Cuartel Domingo Ayarza, más conocido como Los Cabitos 51, durante el año de 1983.

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Mamá Angélica afuera de la Sala Penal Nacional / Créditos: Isabel López Meza

 

¿A qué huele la sangre del pueblo? La cantante Martina Portocarrero dice que huele a jazmines, violetas, geranios y margaritas, pero también a pólvora y dinamita. Así huele la sangre de las madres ayacuchanas que, un día de 1983, perdieron el rastro de sus hijos/a, esposo o hermano/a, luego de que militares encapuchados se los llevaran, por la fuerza, al cuartel Domingo Ayarza, más conocido como Los Cabitos 51. Gran parte de los secuestrados eran jóvenes, maestros y artesanos, a quienes los militares acusaron de terroristas o amigos de terroristas y eran llevados al cuartel sin una «orden judicial, sin participación del Ministerio Público ni otra autorización que evidenciara un procedimiento regular de detención». [1]

Arquímedes Ascarza Mendoza, Olga Gutiérrez Quispe, Edgar Timoteo Noriega Ascue, Alejandro Noa Yupanqui, Jaime Gamarra Gutiérrez, Zósimo Tenorio Prado, Gregorio Prisciliano Canchari, Ayala, Juan Darío Cuya Layme, Juan Huayhua Pariona, Marcelino Vargas Vilcamiche, Alejandro Huaña Huaña, Adrián Yupanqui Pilmihuamán, Bibiano Huayhua Pariona, Antonio, Palomino Ochoa, Isidoro Bedoya Gutiérrez, Cesar Arturo Lozano Cuba, Julio Constantino, Laurente Cisneros, Raúl Palomino Ventura, Simón Fidel Mendoza Auqui, Domingo Leonardo Mendoza Auqui, Luis Henry Medina Quispe, Juan Ranulfo Castro Rojas, Manuel, Nalvarte Loayza, Jesús Teodosio Borda Chipana, Feliciano Coronel Romero, Jorge Edilberto Cervantes Navarro, Luis Flores Galindo, Mario Godoy García, Santiago Huicho Coras, Nemesio Lozano Alvarado, Cesáreo Cueto Gastelú, Walter Rómulo Cueto Huamancusi, Candelaria Rodríguez Gomez, Gregoria Rodríguez Gomez…

Según el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), detuvieron, torturaron, desaparecieron y ejecutaron extrajudicialmente a, por lo menos, a 136 personas.

34 años después, varias de estas mujeres ―que fundaron la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú-ANFASEP―, han fallecido sin llegar a encontrarlos. Y, hoy, las que quedan siguen en búsqueda de la verdad, pero también de la justicia. Y es que el tiempo envejeció sus cuerpos, mas no sus memorias, su coraje, su esperanza.

Camino a Lima

El lunes 14 de agosto de 2017, 10 mamás de ANFASEP se embarcaron en un bus rumbo a Lima, para asistir a la lectura de sentencia múltiple por torturas, secuestros, detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas y ejecución extrajudicial, ocurridas en el cuartel militar Los Cabitos en el año 1983. La lectura de sentencia estaba programada para el miércoles 16 de agosto a las 11 de la mañana. Y ellas habían decidido llegar un día antes porque harían una vigilia en la puerta de la Sala Penal Nacional, lugar donde los jueces leerían la sentencia.

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Lugar donde se daría lectura a la sentencia Los Cabitos 83. / Créditos: Isabel López Meza

«Cuando mi esposo desapareció, yo tenía 20 años, ahora tengo 53 años. ¿Hasta cuándo vamos a esperar? Muchas mamás han fallecido sin encontrar justicia. Y hoy día es nuestra esperanza. A la Sala Penal, nosotros exigimos que se haga sentencia condenatoria para todas estas personas. Tantos años nos ha hecho llorar. Hasta cuándo vamos a esperar. Nosotros así llorando vamos a caminar. Inclusive, sus restos de nuestros seres queridos no sabemos dónde están, qué han hecho, si quiera eso que nos digan y que sea sanción condenatoria. Eso esperamos y pedimos». (Adelina García)

El proceso penal del caso Los Cabitos 83 se había iniciado el año 2005 y denunciaba a Arnaldo Briceño Zevallos, Jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas; Humberto Orbegozo Talavera, Jefe del Cuartel Cabitos; Carlos Millones D’Estafano, Roberto Saldaña Vásquez y Julio Carbajal D’Angelo, miembros del Estado Mayor; Edgar Paz Avendaño, ex jefe del destacamento de inteligencia y Arturo Moreno Alcántara, miembro del destacamento de inteligencia.  A ellos, se les acusó por graves violaciones a los derechos humanos, desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias, violaciones sexuales y torturas de personas que habían sido secuestradas en el cuartel Los Cabitos en 1983.  El juicio oral empezó en el año 2011. El expediente no incluyó la violación sexual como un «delito autónomo por temor a que los operadores de justicia no tuvieran en cuenta el contexto en que se produjo y declararan su prescripción, sin embargo los hechos de violencia sexual se incluyeron dentro del tipo penal de tortura». [2]

Durante el juicio oral, fallecieron varios testigos, familiares y 2 acusados. ¿Cuánto tiempo más tardaría el Estado en resolver un caso que, en palabras de la Fiscal Luz Ibañez, representaba la otra cara del mega proceso seguido contra el líder terrorista Abimael Guzmán y toda la cúpula senderista en el año 2006?

Para este proceso penal, la Fiscalía consideró a 53 víctimas: 34 en condición de desaparecidos, 15 por tortura, 3 mujeres por violencia sexual y 1 una ejecución extrajudicial. El caso cuenta con la asesoría de la Asociación Pro Derechos Humanos (APRODEH).

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Abogada Gloria Cano, de APRODEH, y Fiscal Luz Ibáñez. / Créditos: Isabel López Meza

Para las 9 de la mañana del día miércoles 16 de agosto, las mamás Adelina, Juana, Felicitas, Narciza, Gregoria, Ventura, Sergia, Felicitas y Gloria ya habían vuelto a instalar un mural de fotos y pancartas afuera de la Sala Penal Nacional. Las más mayores estaban sentadas sobre cajas de cartón y hablaban en quechua, mientras miraban el mural: «¿Dónde están los restos de nuestros seres queridos?», «Sentencia condenatoria para caso Cabitos 83», decían algunas pancartas. A la derecha, había impresiones de fotos carnet de personas. Y más pancartas. Debajo, en un altar hecho con cajas de cartón, había un ramo de flores amarillas. Mamá Juanita, presidenta de ANFASEP, se arrodillaba para encender las velas. Faltaban dos horas para ingresar a la Sala.

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Mamá Juanita / Créditos: Isabel López Meza

Mamá Angélica, fundadora de ANFASEP, llegó a las 11 de la mañana. Ella, con 87 años, todavía sujetaba en sus manos la foto de su hijo y una cruz que decía «Verdad y justicia».

«Justicia. Tanto desaparecido… ¡A mi hijo! Que no es mi hijo nada más. Tantos. ¡Dónde están! ¿Por qué callan estas cosas? Nosotros no nos callamos. Cuando yo muero, callaría, pero en esta vida no se puede callar, ni las señoras ni yo». (Mamá Angélica Mendoza)

Mamá Angélica sigue sin saber dónde está su hijo Arquímedes que, el 2 de julio de 1983, fue sacado de su casa por los militares.

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Mamitas de ANFASEP y sus familiares esperan inicio de lectura de sentencia en Sala Penal Nacional. / Créditos: Isabel López Meza

Cerca del mediodía, las mamás de ANFASEP ingresaron a Sala Penal Nacional para la lectura de sentencia. Los acusados no estaban, pero sí sus abogados. Los jueces ingresaron e informaron que se suspendería la lectura de sentencia hasta el día siguiente a las 6 de la tarde. ¿La razón? No habían terminado de ponerse de acuerdo sobre varios puntos de la sentencia. Las mamás, varias de las cuales solo hablaban quechua, no entendían lo que pasaba: los jueces ya no estaban en la Sala y los encargados de Seguridad les hacían señas para que se fueran. En el patio, su defensa les explicó lo que había ocurrido. Varias mamás empezaron a llorar:

«Una vez más, no podemos ser discriminados. Nosotras nuestras cosas dejando hemos venido. Nos ha dicho para las 11 de la mañana. Todas las mamás que hemos venido de allá, no es fácil. Acá pagamos nuestro alojamiento, pagamos nuestra comida, desayuno, almuerzo. Cómo es posible discriminación todavía hasta ahora vamos a sufrir. Las personas quechua hablantes vamos a estar discriminados. Hasta cuándo vamos a ser así. Por eso, mi indignación por las autoridades. Como si nada, ellos dicen ‘vamos a postergar para mañana a las 6 de la tarde’. No es así tampoco. De nosotros nuestros buses salen a las 10 de la noche. Ya tenemos pasaje también. Vamos a quedarnos. Más fuerza nos da. Aunque sea dormimos pero no vamos a dejar con su gusto de ello». (Adelina García)

Quedarse un día más en Lima significaba dejar a sus chacras solas por más tiempo. Y ahora tendrían que pedirles a sus familiares que, por favor, cuidaran su chacra dos días más. Quedarse también era más horas de angustia. Después de 11 años de espera, ellas habían creído que, por fin, había llegado el día en que el Estado peruano sancionaría a los responsables de las desapariciones de sus familiares. ¿Por qué jugar con las expectativas de familiares que llevan 34 años en la búsqueda de justicia? Si los jueces ya sabían que la sentencia no estaba terminada, ¿no habría sido correcto avisarles con anticipación a las agraviadas, considerando que venían desde Ayacucho y tenían entre 50 y 88 años.

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Mamitas de ANFASEP luego de que se enteraran que se suspendió la lectura de sentencia. / Créditos: Isabel López Meza

Sumado a ello, estaban los gastos: alojamiento, alimentación y pasajes. ¿Acaso el Estado les iba a cubrir su estadía por dos días? No. La decisión de la Sala, además de no haber sido comunicada a tiempo, no consideraba el hecho de que la lectura de sentencia podría extenderse hasta la madrugada. ¿Qué persona anciana puede permanecer despierta 24 horas seguidas? Además de ello, ¿qué medios masivos se comprometerían en cubrir toda la lectura de sentencia? La historia volvía a repetirse: En el año 2016, el Juez Brousset, quien también era presidente de la Sala, había programado la lectura de sentencia del caso Accomarca para la noche.

«Esta justicia que tarda ya no es justicia. Una esperanza más para mí está un poco lejos. Pero mañana, yo pido a Dios que sea una sentencia condenatoria para estas personas». (Adelina García)

Las mamás cambiaron sus pasajes de bus. Y el jueves volvieron a la Sala Penal. Esta vez, desde las 3 de la tarde. La lectura de sentencia empezó con dos horas de retraso: a las 8 de la noche. Los 4 acusados no llegaron. 3 de sus 4 defensores legales, sí. El abogado César Nakasaki no acudió.

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Afuera de la Sala Penal Nacional, jueves 16 de agosto de 2017 / Créditos: Isabel López Meza

Ni bien ingresaron los jueces a la Sala, las mamás se sacaron los sombreros y así permanecieron hasta las 3 y 20 de la madrugada, hora en la que terminó la lectura de sentencia.

Avances y contradicciones

La sentencia reconoció que en Ayacucho, en 1983, se desarrolló una política antisubversiva que violentó derechos humanos: detenciones, torturas, desapariciones y la construcción de un horno en el cuartel Los Cabitos para quemar los cuerpos de las víctimas. Ello, relacionado con la  existencia de un destacamento de inteligencia dirigido por Edgar Paz Avendaño. Los jueces condenaron a los coroneles Édgar Paz Avendaño, de 79 años, y a Humberto Orbegozo Talavera, de 75, a 23 años de prisión y 30 años, respectivamente. También, ordenaron una reparación civil de 200 mil soles para los familiares de los desaparecidos y 150 mil soles para las personas que fueron detenidas y torturadas en el Cuartel Los Cabitos en 1983.

La Sala, por 2 votos a favor y 1 en contra, absolvió al coronel Roberto Saldaña Vásquez, jefe del Estado Mayor Administrativo, por falta de pruebas. Los jueces reservaron la sentencia contra el general Carlos Briceño Zeballos, de 90 años, y el coronel Carlos Millones D’estefano, de 86 años, por demencia senil y temas de salud mental. Con estas condenas, no se sancionó a los militares de rango mayor, sino a los 2 oficiales que se ubicaban en el centro de la organización.

La sentencia, también, excluyó el delito de secuestro agravado y se refirió al delito de «abuso de autoridad agravada» y «detenciones arbitrarias». Sin embargo, en su Informe Final, la CVR consideró que las violaciones de derechos humanos cometidas por las Fuerzas del Orden en «Los Cabitos» y «La Casa Rosada» (centro de operaciones del destacamento de inteligencia) eran de «secuestro y tortura», «secuestro y desaparición», y «secuestro, desaparición y asesinato».  Así, también, para la Fiscal se trataba del delito de secuestro agravado, debido a la permanencia de la víctima en el cuartel durante más de 30 días y, a veces de manera permanente; los daños a la integridad física; y la muerte durante el secuestro.

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Secuestrado y desaparecido  el 8 de noviembre de 1983 / Créditos: Isabel López Meza

Mamá Rosita lloraba. Su esposo no había sido considerado como víctima desaparecida por insuficiencia de pruebas. Según la sentencia, las denuncias fiscales, como la que ella había realizado en 1983, no eran prueba suficiente. Mamá Rosita, la mujer que aprendió a criar sola a sus 7 hijos y pasó 34 años en búsqueda de justicia, no lo podía creer. ¿Qué era, entonces, su esposo para la justicia peruana? ¿Acaso no era cierto que, desde que fue llevado al cuartel, su esposa e hijos no volvieron a saber nada de él? El esposo de mamá Rosita fue uno de los 10 casos ―de un total de 34― que el tribunal no consideró como desaparecidos.

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Flores que las mamitas de ANFASEP llevaron para recordar a sus desaparecidos. / Créditos: Isabel López Meza

Casos de violencia sexual también fueron desestimados por la misma razón: insuficiencia de pruebas.

«(…) casi diez de la noche me sacó llamándome de mi nombre (…). Me llevó lejos para abajo, así para abajo lejos me ha llevado, de ahí me dice: ‘ya, desnúdate’. Me saqué todito mi ropa, me han hecho sacar todo, y me amarró así para atrás con soga delgaditos, bien, bien me amarró y me ha colgado para arriba. Después de colgarme me jalaba de mi pie para abajo: ‘concha su madre, habla terruca, terruca habla, qué camarada eres’. Música a todo volumen, música de Leo Dan, ésas músicas escuchaban, y hacían bulla, y otro se jugaba con la puntita de mi seno se jugaba y se reían, y después de mis vellitos me jalaban (…) después ya  me bajaba, y cuando me ha soltado al piso no podía ni poner mi ropa nada, nada. A la siguiente noche otra vez me llevó, el mismo castigo pasé. (…) Con su culata de su arma (…) siempre me tiraba por acá en el estómago. (…) se jugaba con mi seno, le gustaba jugarse con mi seno, con las puntitas me jalaban de mis vellitos para abajo». (Testimonio en audiencia pública de Lourdes Noa. Tenía 17 años cuando fue detenida por miembros del ejército el 8 de noviembre de 1983. / Sala Penal Nacional, 22 de agosto de 2012. Extraído de la investigación hecha por APRODEH sobre el caso en el año 2014.)

¿Qué clase de pruebas querían los jueces? ¿Fotografías, videos o escritos donde se dijera explícitamente que tal persona había sido detenida y estaba siendo torturada en el cuartel?

La Fiscal Luz Ibañez, quien dirige la acusación, dijo que presentará recurso de nulidad contra varios puntos de la sentencia: exclusión del delito de secuestro agravado, desacuerdo por la reserva de condena a 2 acusados, absolución de 1 acusado y el que se diera por no probado la desaparición de algunas víctimas por «insuficiencia de pruebas».

La noche estaba fría y lloviznaba. Las mamás de ANFASEP cubrieron sus sombreros con bolsas de plástico. Mientras enrollaban las fotos y las pancartas, conversaban sobre la sentencia. Se sentían preocupadas. Entendían que este dictamen, con todas las limitaciones, era el primer resultado jurídico que sancionaba a altos mandos por los crímenes cometidos en el cuartel Los Cabitos, pero también era muestra de la impunidad de nuestro país. Lo que más indignaba era el hecho de que los jueces, por mayoría, absolvieran a un acusado y se reservaran la lectura de sentencia de dos acusados porque estaban ancianos. ¿Acaso los jueces consideraron agilizar el proceso penal cuando supieron que varios de los familiares de las víctimas y testigos habían muerto porque ya eran mayores?

La lucha de las mamás de ANFASEP sigue. La sentencia, que es la primera del caso, solo se ha mencionado por tortura, desaparición y «abuso de autoridad/detención». Hay víctimas excluidas, hay prófugos sentenciados, acusados absueltos y delitos omitidos. Falta formalizar las denuncias por Cabitos 84 y 85.  Las mamás no saben cuándo ni cuántas de ellas regresarán a Lima para asistir a una audiencia o escuchar otra sentencia, quizás, «más justa». Sin embargo, saben que, desde Ayacucho, exigirán verdad y justicia, como siempre lo han hecho.

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Mamá Adelina García / Créditos: Isabel López Meza

Omisiones y silencio

Hace 34 años, en Lima, sus voces fueron silenciadas o, simplemente, no llegaron. Para Lima, la gran capital, los años 80, significó el retorno de la democracia. Para Ayacucho, fue el inicio de la lucha armada del grupo terrorista Sendero Luminoso. La solución del gobierno de Belaunde fue la militarización de Ayacucho en 1982. La CVR registró 7795 muertes y desapariciones ocurridas durante el gobierno de Belaunde como resultado de ese proceso de violencia (1980-1985). De éstas, el 48% fueron responsabilidad de Sendero Luminoso, mientras que el 45% fueron atribuibles a las acciones de las fuerzas de seguridad del Estado. Y fue en ese contexto, donde las madres de ANFASEP denunciaron las desapariciones de sus familiares en el cuartel Los Cabitos.

Con la sentencia, quedó probado que los Cabitos fue uno de los mayores centros de detención y tortura de personas jóvenes (10-25 años) que, en gran parte, eran civiles y no «terroristas». Las mamás siempre lo dijeron, lo gritaron. Y pocos las escucharon. El viernes 17 de agosto, la Sala, en parte, reconoció lo que ellas decían desde hace 34 años. Sin embargo, nuevamente, se están quedando solas.

Nuestro país sangra. Y ellas necesitan que nuevas generaciones caminemos a su lado. Los días que estuvieron en Lima, las mamitas se alegraron cuando vieron que algunos jóvenes se les acercaron, conversaron con ellas, fueron a la lectura de la sentencia, compartieron comida, les dejaron mensajes de otros amigos y les abrazaron.

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Mensajes que les dejaron jóvenes a las mamitas de ANFASEP / Créditos: Isabel López Meza

Las memorias de las madres ayacuchanas son nuestro maíz y nosotros, los jóvenes, somos el «nido que abriga la esperanza», el vientre del que brotan nuevos hijos. Caminemos con ellas, organicémonos para acompañarlas y agradezcamos a la vida porque ellas son el pancito de la ternura que nuestro país necesita para ser más humano:

«Aunque el tirano, te muerda, siempre serán maíz, maíz. Aunque te arranquen los ojos, siempre serás maíz, maíz». (Carlos Huamán) [3]

Así como ellas, seamos siempre maíz, maíz.

 

 

Notas al pie:

[1] Informe Final de la CVR

[2] APRODEH (2014). Cuartel Los Cabitos: Lugar de horror y muerte. [online] Disponible en: http://www.aprodeh.org.pe/documentos/publicaciones/legal/Cuartel_Cabitos_Lugar_de_horror_y_muerte.pdf [Fecha de acceso: 19 de agosto de 2017]

[3] Interpretación de Martina Portocarrero: https://www.youtube.com/watch?v=0S65eK4GK2k

Links de interés:

Palabras de Mamá Adelina, ANFASEP, sobre reprogramación de lectura de sentencia Los Cabitos

Declaraciones de Gloria Cano sobre reprogramación de lectura de sentencia múltiple Los Cabitos

Mamá Angélica en Sala Penal Nacional

Mamás de ANFASEP en Sala Penal Nacional

Lectura de Sentencia Los Cabitos 83 (agosto 2017)

Informe de la CVR sobre caso Los Cabitos

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Hacen falta abrazos

A propósito de la canción «Mexicana hermosa», de Natalia Lafourcade. 

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La noche limeña / Créditos: Isabel López Meza

Hace unas horas se publicó en YouTube la canción «Mexicana hermosa» y no dejas de escucharla. Te fascina, te calma, te consuela. Estabas triste y fue bello descubrir cómo una voz te decía que no te pusieras triste y que solo miraras el cielo, pues la noche era buena pa reconciliar el sueño. Sientes raro que alguien preste atención en tu dolor, en tus miedos, en tus ganas de gritar «¡por qué yo, siempre yo!».

«Mexicana hermosa, bandera latina.

No te pongas triste, solo mira al cielo:

si la noche se cubre de estrellas,

ya nosotros pasamos el duelo;

si la noche se cubre de estrellas,

ya nosotros calmamos la pena».

Mexicana hermosa, guatemalteca hermosa, boliviana hermosa, peruana hermosa, bandera latina. Las estrellas, el cielo y el viento son formas infinitas de calmar la pena, eso que llevas dentro y te angustia. No te pongas triste que aunque el cielo hoy no se cubra de estrellas, la neblina será símbolo de tu ser en calma.

«No te pongas triste, que tus ojos negros

son la llama inquieta, dulce ardor en mi consuelo».

Tus ojos, tu sonrisa y tus brazos son la llama inquieta que enciende la vida de otros. Tus ojos porque a través de tu mirada humanizas al otro. Tu sonrisa porque crea cercanía. Tus brazos porque envuelven cuando alguien necesita sentirse amado.

«Mexicana hermosa, morena bendita,

en tus ojos negros doblo mis apuestas:

hoy tu tierra marchita y eterna

ve nacer toda luz en su cuesta;

hoy tu tierra marchita y eterna

roba besos y da primaveras».

La calma se esfuma cuando sientes que tu país se seca. La gente camina sin mirar abajo, sin mirar de frente. Sus ojos están puestos en la competitividad, en resaltar y decirle «al resto» que la felicidad existe, que la encontraron. Tú la buscaste y nunca te la topaste. Solo te rodeaste de miedos, quizás y frialdad. La gente pasaba pero no se te acercaba. Y, menos, te abrazaba. Suponía que estabas bien. Y, claro, solo tú sabías que no.

«Mexicana mía, preciosa María:

no te olvides nunca que eres poderosa.

A tu manto, pasión colorida,

yo le canto mi copla y mi prosa;

a tu manto, pasión colorida,

yo le canto pa toda la vida».

En medio de esa superficialidad, alguien se fijó en ti, en tus dolores, en tus ganas de mandar al carajo. La canción se fijó en ti. Y lo hace cada vez que haces clic en «repetir». Nace la luz y, con ella, de nuevo, la esperanza. Esperanza de no sentirte sola, de sentirte digna, de saberte humana.

Así como la canción, ahora, recuerdas que, alguna vez, alguien prestó atención en tu existencia. No sabías si  esa persona sufría problemas parecidos a los tuyos. Solo tenías la certeza de que se había fijado en ti y te invitaba a continuar el camino, a cantarle a la vida, a sentirte viva. ¿En cuántas vidas te fijaste tú? ¿Con cuántas vidas caminas hoy?

Las abuelas de la Plaza de Mayo esperan encontrar a sus desaparecidos.

Las mujeres de Atenco existen y sí fueron violadas, aunque el Estado Mexicano lo niegue.

Las indígenas esterilizadas a la fuerza durante el gobierno de Fujimori claman justicia.

Las lesbianas, gays, homosexuales y transexuales piden el reconocimiento de sus derechos como parte de un Estado Laico.

Quienes miran sus territorios destruidos por megaproyectos aún luchan.

No tener con quién compartir la pena enferma, deprime. Tú lo sabes. Lo vives. Pero también recuerdas que es parte de tu humanidad, y que eso no te impide fijar la vista en otros, como un día lo hicieron contigo. No fue una, sino varias las veces en las que te abrazaron y te devolvieron la dignidad. Y siempre, siempre te faltarán abrazos, pero eso no te paralizará.

Tropieza. Llora. Manda al carajo si quieres. Pero resiste junto a otros. Contramarea.

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Durante la marcha por el día de la mujer en Lima (8 de marzo de 2017) / Créditos: Isabel López Meza

Gracia barata

¿Acaso podemos impedir que la fe caiga cuando se llega a la conclusión de que las estructuras eclesiales a las que uno pertenece han terminado pareciéndose a «una sociedad más, con sus caciques, sus accionistas, sus privilegios, sus funcionarios, y su burocracia, que solo ve la fe como una cosa etérea, que no tiene nada que ver con la vida; vale solo de nubes arriba»? Literalmente, fue ésta la descripción que Luis Espinal, sacerdote jesuita muy profético en tiempos de la dictadura de Hugo Banzer en Bolivia (1971-78), rechazaba ver en nuestras comunidades de fe. Ante los ojos de Dios y de los hombres, él clamaba para que el corazón de los hijos de Dios, los llamados a dar las buenas nuevas, no sea capaz de negociar con la injusticia y los principios individualistas de este mundo. Hoy puedo decir que el tiempo se ha acercado: aquí y ahora, es una realidad.

Toda la secundaria y los primeros años de la universidad, viví en una burbuja. Mi forma de pensar fue tan cuadriculada, que solo se enfocó en mi crecimiento espiritual, mi salvación, mi santidad, mi pureza y las victorias que Dios me daría por haberlo aceptado como MI Señor y Salvador. Para no contaminarme, evité juntarme con mis compañeros mundanos —término que se utiliza para categorizar a todos aquellos que no son cristianos. Ellos eran la encarnación de Sodoma y Gomorra. Y yo debía huir. Mi responsabilidad y relación con el mundo se limitó a orar por sus almas, encerrada en mi habitación o los domingos en la iglesia.

Un día, las dudas llegaron. ¿La razón? En lugar de fijarme en alguno de mis amigos de la iglesia, preferí fijarme en un ateo. Cometí el error de decírselo a mi líder de la iglesia. Ella, en lugar de seguir escuchando lo que me pasaba, me dijo que debía sacar de mi ser ese sentimiento. «¿Cómo un Dios de amor usa a sus hijas, mis líderes, para que me sienta mal por haberme fijado en un ‘no cristiano’?». Lograron que me sintiera mal, pero no quitaron de mí la certeza de que él era más cristiano que muchos amigos de la iglesia. Él me había enseñado que no necesitabas tener la etiqueta de «cristiano» para dolerte por las injusticias.

Mi mundo perfecto se hizo pedazos. Y las cosas del mundo me empezaron a agradar. Por ejemplo, la trova sustituyó a las canciones de la iglesia. Debo admitir que muchas veces me sentí mal, pero ese sentimiento fue confrontado con una pregunta: «¿Por qué debo pedirle a Dios que quite de mí todo lo que me haga carnal si eso me hace más humana y eso soy, humana?». Más que respuestas, aparecieron deseos prohibidos. «¿Está mal que tenga ganas de largarme de la iglesia?».

Descubrí que la grandeza de mi iglesia estaba en su edificación que mostraba una estructura imponente, pero que era incapaz de tocar a sus miembros anhelantes de encontrar algún manantial que concediera descanso. Que mi pastor pudiese entrevistarme antes de mi bautismo significaba mucho para mí. Era el hecho de empezar a sentirme parte de ese sistema. No obstante, él no aceptó hacerlo. ¿La razón? En ese preciso momento, estaba fuera de servicio. Él se encontraba a unos metros de mí, pero no. El «ungido de Dios» no quiso darme un par de minutos de su tiempo. ¿Tanto le costaba hablar conmigo cinco minutos?

Los días pasaron, pero las ganas de largarme de la iglesia no. Intenté sacar citas con mi pastor, pero su secretaria me dijo —en más de una ocasión— que su agenda estaba llena y debía regresar al siguiente mes. Entendí que mi iglesia es parecida a una entidad del Estado, llena de burocracia.

Hoy, me atormenta mucho que, cada tres meses, se realicen campañas evangélicas en donde la gente es llevada a la iglesia. Mi líder dice que si no invito a alguien a la célula o la campaña, no estoy evangelizando. ¿Dónde quedan entonces el arrepentimiento y el seguimiento como parte integral del discipulado que Jesús vivió, encarnó y demandó? Para mí, la evangelización es un proceso que se da no una, sino varias veces en la vida de una persona. La evangelización no termina cuando alguien decide entregar su vida a Cristo. No. Ahí, empieza todo. No se trata entonces de cantidad, sino de relaciones profundas.

Esta niña que aspira a ser grande —porque así veo hoy a mi iglesia— no ha sido capaz de recordar que la grandeza se traduce en servicio y amor. Quizás, en el intento de «ganar más almas para Cristo» —porque a eso se reduce la evangelización para algunos cristianos—, se termina prostituyendo el evangelio. La fe se ha vuelto barata y es ofrecida como un producto de consumo que solo sirve para satisfacer a las multitudes que buscan un mensaje acomodado a sus deseos personales. Paso por las calles y me duele el corazón, cuando veo cómo se promueve que ser hijo de Dios es una garantía para reclamar promesas materiales y ser felices a cambio de una «transacción monetaria».

En tiempos de la iglesia primitiva, ella no se encerraba en un templo, sino que estaba en las conversaciones de los hombres para mostrar el amor de Dios. Ellos practicaban la justicia, protegían a los desamparados, alzaban su voz de protesta frente al sistema opresor que los rodeaba. Y, por eso, eran perseguidos. ¿Qué nos ha pasado? Los cristianos nos hemos dejado condicionar por la dicotomía de lo sagrado y lo secular. Asumimos un total desprecio por el cuerpo y vivimos en nuestra nube espiritual. Hemos olvidado que las bendiciones no calman el hambre. Es necesario dar panes, salir a las calles, consolar a las viudas, cobijar a los huérfanos, dejar de ver a las personas como números.

Y aunque cada vez es más fuerte la decisión de dejar mi iglesia (no sin antes mandar una copia de este texto a las oficinas pastorales y a mis líderes), eso no significa que rechace mi fe hacia Dios. Hoy más que nunca me resisto a creer que así sean las iglesias que el Creador exalta. Yo creo en un Dios que vive en las aceras, en las fábricas, en los mercados, en la resistencia de los pueblos frente a la imposición violenta de megaproyectos en sus territorios. Mi vida entera está al servicio de ese Dios que me ha llamado a ser parte de la Gran Comisión, de proclamar el año agradable de Dios, de ser la boca que grita rebeldía y usa mis manos para trabajar por la justicia, la paz y el amor hacia la humanidad y toda la creación.

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La mano poderosa – Jorge Miyagui

Canek: El hombre que eligió el día para su muerte

Canek, indio maya, era esclavo de una hacienda en Yucatán, México. Corría el siglo XVIII. Junto a él, cientos de indios vivían su misma historia. Era odiado por «los blancos», pero amado por su pueblo. ¿La razón? Su sed insaciable de justicia en verbo y acción. ¿Qué era Canek para su pueblo?

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Portada del libro

Canek dijo:

—En los libros se dice lo que es un profeta y también lo que es un poeta. Se dice esto, pero muchos lo han olvidado. Es bueno recordarlo. Es profeta el hombre que puede mirar el rostro de Dios; en su resplandor aprende a distinguir la verdad de la mentira. Por esto le es dable hablar de lo que ha de suceder en el tiempo. Es poeta el hombre que recibe en su rostro la mirada de Dios. Por eso le es dable distinguir la belleza de la fealdad. Los profetas tuvieron permiso para guiar a los hombres que fueron. Los poetas tienen licencia para guiar a los hombres que son. Unos y otros, cuando tienen conciencia del dolor, hacen el bien.

(Abreu, 1940:92)

Poeta y profeta. Era él quien contaba historias de sus ancestros, del principio de todo, de los árboles, de los pájaros, de las estrellas, del río. Si antes solo se mordía los labios cuando miraba cómo «los blancos» mataban a sus hermanos, ahora los reúne para la rebelión. Una noche de cielo estrellado, Canek decidió escapar con los indios. Horas antes se había enterado de que serían marcados con hierro caliente, como los animales de la hacienda.

El Padre Matías es su cómplice. Sus sermones no hablan de someterse, de callarse, de dar una mejilla después de haber sido golpeado. No. Él habla de un Dios que se duele por las injusticias. Es un Dios liberador, que también se rebela frente a la maldad y el egoísmo.

La historia de Canek también es ternura. Los pensamientos, miedos, ilusiones y silencios del niño Guy refrescan su vida. El niño Guy no es indio. Es blanco, pero su familia no lo quiere. Dicen que es tonto. Canek aprendió a verlo, a escucharlo, a caminar con él. Y es, precisamente, a través de esta amistad que Ermilio Abreu Gómez, autor del libro, consiguió humanizar a Canek. No se trata ya de juzgar a alguien por sus orígenes, sino de aprender de las diferencias del otro.

Si hay una escena que resume la esencia del libro, es esta:

Los dos llegaron cojeando: Guy y el perrito más dócil que había nacido en el patio de Canek. Guy tenía una pierna vendada y el perrito una de las patitas envuelta en trapos. Los dos caminaban a saltos. El perrito gruñía —tal vez de dolor— y meneaba la cola —tal vez de agradecimiento.

—Nos caímos, Jacinto.

—Ya lo veo, niño Guy.

—Al perrito se le torció una patita. Ya se la compuse.

—¿Y tú?

—Acércate. No se lo digas a nadie. Yo no tengo nada. Me vendé solo para consolarlo.

(Abreu, 1940: 46)

¿Qué sentiste? ¿Verdad que muchas cosas? Esos son solo algunos de los sentimientos que a uno le aparecen luego de leer Canek, una historia que inspira para luchar por la vida digna hoy.