Hacen falta abrazos

A propósito de la canción «Mexicana hermosa», de Natalia Lafourcade. 

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La noche limeña / Créditos: Isabel López Meza

Hace unas horas se publicó en YouTube la canción «Mexicana hermosa» y no dejas de escucharla. Te fascina, te calma, te consuela. Estabas triste y fue bello descubrir cómo una voz te decía que no te pusieras triste y que solo miraras el cielo, pues la noche era buena pa reconciliar el sueño. Sientes raro que alguien preste atención en tu dolor, en tus miedos, en tus ganas de gritar «¡por qué yo, siempre yo!».

«Mexicana hermosa, bandera latina.

No te pongas triste, solo mira al cielo:

si la noche se cubre de estrellas,

ya nosotros pasamos el duelo;

si la noche se cubre de estrellas,

ya nosotros calmamos la pena».

Mexicana hermosa, guatemalteca hermosa, boliviana hermosa, peruana hermosa, bandera latina. Las estrellas, el cielo y el viento son formas infinitas de calmar la pena, eso que llevas dentro y te angustia. No te pongas triste que aunque el cielo hoy no se cubra de estrellas, la neblina será símbolo de tu ser en calma.

«No te pongas triste, que tus ojos negros

son la llama inquieta, dulce ardor en mi consuelo».

Tus ojos, tu sonrisa y tus brazos son la llama inquieta que enciende la vida de otros. Tus ojos porque a través de tu mirada humanizas al otro. Tu sonrisa porque crea cercanía. Tus brazos porque envuelven cuando alguien necesita sentirse amado.

«Mexicana hermosa, morena bendita,

en tus ojos negros doblo mis apuestas:

hoy tu tierra marchita y eterna

ve nacer toda luz en su cuesta;

hoy tu tierra marchita y eterna

roba besos y da primaveras».

La calma se esfuma cuando sientes que tu país se seca. La gente camina sin mirar abajo, sin mirar de frente. Sus ojos están puestos en la competitividad, en resaltar y decirle «al resto» que la felicidad existe, que la encontraron. Tú la buscaste y nunca te la topaste. Solo te rodeaste de miedos, quizás y frialdad. La gente pasaba pero no se te acercaba. Y, menos, te abrazaba. Suponía que estabas bien. Y, claro, solo tú sabías que no.

«Mexicana mía, preciosa María:

no te olvides nunca que eres poderosa.

A tu manto, pasión colorida,

yo le canto mi copla y mi prosa;

a tu manto, pasión colorida,

yo le canto pa toda la vida».

En medio de esa superficialidad, alguien se fijó en ti, en tus dolores, en tus ganas de mandar al carajo. La canción se fijó en ti. Y lo hace cada vez que haces clic en «repetir». Nace la luz y, con ella, de nuevo, la esperanza. Esperanza de no sentirte sola, de sentirte digna, de saberte humana.

Así como la canción, ahora, recuerdas que, alguna vez, alguien prestó atención en tu existencia. No sabías si  esa persona sufría problemas parecidos a los tuyos. Solo tenías la certeza de que se había fijado en ti y te invitaba a continuar el camino, a cantarle a la vida, a sentirte viva. ¿En cuántas vidas te fijaste tú? ¿Con cuántas vidas caminas hoy?

Las abuelas de la Plaza de Mayo esperan encontrar a sus desaparecidos.

Las mujeres de Atenco existen y sí fueron violadas, aunque el Estado Mexicano lo niegue.

Las indígenas esterilizadas a la fuerza durante el gobierno de Fujimori claman justicia.

Las lesbianas, gays, homosexuales y transexuales piden el reconocimiento de sus derechos como parte de un Estado Laico.

Quienes miran sus territorios destruidos por megaproyectos aún luchan.

No tener con quién compartir la pena enferma, deprime. Tú lo sabes. Lo vives. Pero también recuerdas que es parte de tu humanidad, y que eso no te impide fijar la vista en otros, como un día, lo hicieron contigo. No fue una, sino varias las veces en las que te abrazaron y te devolvieron la dignidad. Y siempre, siempre te faltarán abrazos, pero eso no te paralizará.

Tropieza. Llora. Manda al carajo si quieres. Pero resiste junto a otros. Contramarea.

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Durante la marcha por el día de la mujer en Lima (8 de marzo de 2017) / Créditos: Isabel López Meza

Un verde claro y un carmín encendido

Hoy despertaste con ganas de una caricia, un abrazo y un hombro para recostar la cabeza. Tu corazón tiene ganas de salir y volver a perderse por allí, por alguna calle melancólica, que se parece mucho a esos jirones estrechos y sin faroles del Centro de Lima. Levantas la mirada y te deprimes. No hay estrellas. No hay luna. Y hace frío. ¡Cuánto darías por un susurro que te caliente el rostro y, de paso, el alma! Las horas pasan. El tiempo también. Pero tú pareces perdida en el tiempo y las contradicciones de tu naturaleza.

Buscas formas diferentes de vivir sin deberte nada. Tu sueño de un amor compartido, de un amor suavecito muy lejos de la ciudad, se hace realidad. Sin buscarlo, aprendes a amar hasta la locura. Y no te refieres al hecho de perder la cabeza por un chico que te empieza a interesar, sino al amor comunitario:

cuando sales a marchar a las calles

cuando planeas con tus amigos la formación de un partido político

cuando entrevistas a líderes indígenas

cuando te amaneces en un karaoke con tus mejores amigos

cuando gritas descontroladamente en los centros comerciales y tu amiga te dice que te calles.

cuando sales con tu madre y tu hermana a beber cocteles de algarrobina y brindar por la tesis que aún no terminas.

Eso es el amor para ti. Ya no es un cuento de hadas con final romanticón. Tu mal de amores está en calma. Tus emociones no tienen apuro. Y aunque a veces, como hoy, tienes ganas de encontrar a alguien con quien compartir tus sueños, temores, escritos y peleas, sabes que eres capaz de amar de otra forma. Por ejemplo, cuando te entregas a las comunidades, a tu familia, a la tesis y a tus amigos. Y amas. Amas hasta la locura porque no quieres desamarte, desarmarte, desalmarte.

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Desnudo Azul II, by Henri Matisse

Echas tu suerte con los pobres de la tierra. Dejas que el arrullo de la sierra te consuele más que el mar. Tus versos son de un verde claro y de un carmín encendido. Sigues siendo un ciervo herido que busca en el monte amparo. Guantanamera.

Zulma: La historia de un canto encarcelado (I parte)

Zulma G. vive en la Asociación de Vivienda Hubert Lanssiers, Chosica (Perú). Sus ojos son de color castaño. Tiene sesenta años. Nueve estuvo encerrada en el penal de máxima seguridad para presos por terrorismo, anexo 2 de Santa Mónica. Fue acusada de pertenecer al Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Es una mujer risueña y sin miedo a decir lo que piensa. En la asociación todo el mundo la conoce y, también, la respeta. Una de sus vecinas dice que estar en prisión no mermó su liderazgo; al contrario, la hizo más fuerte y desafiante. Sus labios son delgados. Casi nunca se los pinta.

En los ojos castaños de Zulma se puede descubrir un brillo de tristeza. Nadie ni nada podrá borrar de su memoria los nueve años que estuvo en prisión. Para ella, las disculpas públicas del expresidente Alejandro Toledo, con motivo de la presentación del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación en el año 2003, no sirvieron de nada. «¿Para qué pidió disculpas si después no hizo algo para mejorar nuestra situación? Nosotros solos hemos tenido que luchar para que se nos reconozca alguna reparación. Hemos hecho juicios. Esta propiedad es una reparación, que ha beneficiado a 780 indultados por terrorismo y traición a la patria», dice. Las patas de gallo que rodean sus ojos son notorias. Los años no han pasado en vano; hoy su rostro se encuentra marcado por arrugas y también pecas. Los recuerdos de aquellos nueve años de encierro vienen a la memoria y, también, los sentimientos que la embargaron en aquel entonces.

―Fui encarcelada el 13 de julio de 1990.

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Lirios. Cuadro de Van Gogh

Eva cambió la señal

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Viento, una ilustración de Fito Espinosa

«Eva no quiere ser para Adán la paridora pagada con pan. Eva prefiere también parir, pero después escoger dónde ir» recita el trovador cubano Silvio Rodríguez en una de sus canciones. Después de ver «Casa de muñecas», la obra teatral de Henrik Ibsen, que se presenta estas semanas en el teatro La Plaza, uno descubre que Nora, la protagonista, es la Eva que describe esta trova, aquella que decide dejar de ser costilla para salir a remontar el vuelo.

Para su padre, Nora era su muñequita. Él jugaba con ella como ella jugaba con sus muñecas. Luego, pasó a las manos de su esposo. Diez años vivió pensando que era feliz, pero en realidad no lo era, solamente era alegre. Nora, la mujer débil, subordinada, servicial y obediente que vive para hacer feliz a su familia. Torvaldo, el hombre de la casa, el dueño del circo, el único que cree tener honor y cerebro, el que se alucina rescatar a su dulce pajarito cantor de las manos de una bestia horrorosa. El hogar que construyeron siempre fue una casa de muñecas. Ir a una fiesta, seleccionar la vestimenta, cómo comportarse, la rutina diaria, los amigos. Todo era controlado por el hombre, el jefe de casa. En cuestiones de dinero, también. Ella no poseía autoridad alguna. Y sus hijos se convirtieron en sus nuevos muñecos.

«Casa de muñecas» fue estrenada a finales de 1879; sin embargo, aún hoy, los problemas que plantean siguen vigentes. ¿Cuántas Noras y Torvaldos conocemos actualmente? La sociedad cree que Nora no hace nada serio. La creen insignificante. Y lo es, aparentemente. No obstante, un brillo misterioso en su rostro la delata. Ella es consciente de su situación y del rol falso de mujer perfecta que sobrelleva día a día. Encima de todo, tiene de qué alegrarse, pues fue ella quien salvó de morir a su esposo, aunque casi nadie lo sepa.

Poco a poco, Nora, la Eva de esta historia, empieza a ver las cosas sin velo. Comienza a mirarse como un ser humano, el reflejo del rol de mujer perfecta se desvanece. Ya no cree que ser una buena madre y una esposa complaciente son sus únicas responsabilidades. Se da cuenta de que no sabe nada, empieza a descubrirse, atraviesa una metamorfosis. Descubre que, por encima de todo, es un ser humano  que necesita pensar por sí mismo para sacar sus propias conclusiones. Ahora, su única certeza es que tiene una opinión diferente a la de su esposo, Adán.

Nora decide cambiar la señal. La determinación que toma al final resume el ejemplo de lo que significa definirse, por encima de todo, como un ser humano. «Eva se enfrenta al qué dirán firme al timón como buen capitán, Eva deja de ser costilla» dice la canción de Silvio Rodríguez. Nora lo hizo. ¿Y nosotras, las mujeres de ahora? ¿Algún día nos atreveremos a mirarnos a nosotras mismas? Y es que todas llevamos dentro una Eva que quiere dejar de ser costilla para remontar el vuelo. No solamente Nora vive en una casa de muñecas; nosotras también. Por momentos, a veces inconscientemente, asumimos el rol de «muñequitas». Esta vez, no dejaremos que nos corten las alas. Al igual que Nora, la Eva que llevamos dentro proclama que «nadie poseerá este cuerpo de lagos y volcanes, esta mezcla de razas, esta historia de lanzas; este pueblo amante del maíz, de las fiestas a la luz de la luna; pueblo de cantos y tejidos de todos los colores». (Fragmento de la «La mujer habitada»-Gioconda Belli)