Un verde claro y un carmín encendido

Hoy despertaste con ganas de una caricia, un abrazo y un hombro para recostar la cabeza. Tu corazón tiene ganas de salir y volver a perderse por allí, por alguna calle melancólica, que se parece mucho a esos jirones estrechos y sin faroles del Centro de Lima. Levantas la mirada y te deprimes. No hay estrellas. No hay luna. Y hace frío. ¡Cuánto darías por un susurro que te caliente el rostro y, de paso, el alma! Las horas pasan. El tiempo también. Pero tú pareces perdida en el tiempo y las contradicciones de tu naturaleza.

Buscas formas diferentes de vivir sin deberte nada. Tu sueño de un amor compartido, de un amor suavecito muy lejos de la ciudad, se hace realidad. Sin buscarlo, aprendes a amar hasta la locura. Y no te refieres al hecho de perder la cabeza por un chico que te empieza a interesar, sino al amor comunitario:

cuando sales a marchar a las calles

cuando planeas con tus amigos la formación de un partido político

cuando entrevistas a líderes indígenas

cuando te amaneces en un karaoke con tus mejores amigos

cuando gritas descontroladamente en los centros comerciales y tu amiga te dice que te calles.

cuando sales con tu madre y tu hermana a beber cocteles de algarrobina y brindar por la tesis que aún no terminas.

Eso es el amor para ti. Ya no es un cuento de hadas con final romanticón. Tu mal de amores está en calma. Tus emociones no tienen apuro. Y aunque a veces, como hoy, tienes ganas de encontrar a alguien con quien compartir tus sueños, temores, escritos y peleas, sabes que eres capaz de amar de otra forma. Por ejemplo, cuando te entregas a las comunidades, a tu familia, a la tesis y a tus amigos. Y amas. Amas hasta la locura porque no quieres desamarte, desarmarte, desalmarte.

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Desnudo Azul II, by Henri Matisse

Echas tu suerte con los pobres de la tierra. Dejas que el arrullo de la sierra te consuele más que el mar. Tus versos son de un verde claro y de un carmín encendido. Sigues siendo un ciervo herido que busca en el monte amparo. Guantanamera.

Gracia barata

¿Acaso podemos impedir que la fe caiga cuando se llega a la conclusión de que las estructuras eclesiales a las que uno pertenece han terminado pareciéndose a «una sociedad más, con sus caciques, sus accionistas, sus privilegios, sus funcionarios, y su burocracia, que solo ve la fe como una cosa etérea, que no tiene nada que ver con la vida; vale solo de nubes arriba»? Literalmente, fue ésta la descripción que Luis Espinal, sacerdote jesuita muy profético en tiempos de la dictadura de Hugo Banzer en Bolivia (1971-78), rechazaba ver en nuestras comunidades de fe. Ante los ojos de Dios y de los hombres, él clamaba para que el corazón de los hijos de Dios, los llamados a dar las buenas nuevas, no sea capaz de negociar con la injusticia y los principios individualistas de este mundo. Hoy puedo decir que el tiempo se ha acercado: aquí y ahora, es una realidad.

Toda la secundaria y los primeros años de la universidad, viví en una burbuja. Mi forma de pensar fue tan cuadriculada, que solo se enfocó en mi crecimiento espiritual, mi salvación, mi santidad, mi pureza y las victorias que Dios me daría por haberlo aceptado como MI Señor y Salvador. Para no contaminarme, evité juntarme con mis compañeros mundanos —término que se utiliza para categorizar a todos aquellos que no son cristianos. Ellos eran la encarnación de Sodoma y Gomorra. Y yo debía huir. Mi responsabilidad y relación con el mundo se limitó a orar por sus almas, encerrada en mi habitación o los domingos en la iglesia.

Un día, las dudas llegaron. ¿La razón? En lugar de fijarme en alguno de mis amigos de la iglesia, preferí fijarme en un ateo. Cometí el error de decírselo a mi líder de la iglesia. Ella, en lugar de seguir escuchando lo que me pasaba, me dijo que debía sacar de mi ser ese sentimiento. «¿Cómo un Dios de amor usa a sus hijas, mis líderes, para que me sienta mal por haberme fijado en un ‘no cristiano’?». Lograron que me sintiera mal, pero no quitaron de mí la certeza de que él era más cristiano que muchos amigos de la iglesia. Él me había enseñado que no necesitabas tener la etiqueta de «cristiano» para dolerte por las injusticias.

Mi mundo perfecto se hizo pedazos. Y las cosas del mundo me empezaron a agradar. Por ejemplo, la trova sustituyó a las canciones de la iglesia. Debo admitir que muchas veces me sentí mal, pero ese sentimiento fue confrontado con una pregunta: «¿Por qué debo pedirle a Dios que quite de mí todo lo que me haga carnal si eso me hace más humana y eso soy, humana?». Más que respuestas, aparecieron deseos prohibidos. «¿Está mal que tenga ganas de largarme de la iglesia?».

Descubrí que la grandeza de mi iglesia estaba en su edificación que mostraba una estructura imponente, pero que era incapaz de tocar a sus miembros anhelantes de encontrar algún manantial que concediera descanso. Que mi pastor pudiese entrevistarme antes de mi bautismo significaba mucho para mí. Era el hecho de empezar a sentirme parte de ese sistema. No obstante, él no aceptó hacerlo. ¿La razón? En ese preciso momento, estaba fuera de servicio. Él se encontraba a unos metros de mí, pero no. El «ungido de Dios» no quiso darme un par de minutos de su tiempo. ¿Tanto le costaba hablar conmigo cinco minutos?

Los días pasaron, pero las ganas de largarme de la iglesia no. Intenté sacar citas con mi pastor, pero su secretaria me dijo —en más de una ocasión— que su agenda estaba llena y debía regresar al siguiente mes. Entendí que mi iglesia es parecida a una entidad del Estado, llena de burocracia.

Hoy, me atormenta mucho que, cada tres meses, se realicen campañas evangélicas en donde la gente es llevada a la iglesia. Mi líder dice que si no invito a alguien a la célula o la campaña, no estoy evangelizando. ¿Dónde quedan entonces el arrepentimiento y el seguimiento como parte integral del discipulado que Jesús vivió, encarnó y demandó? Para mí, la evangelización es un proceso que se da no una, sino varias veces en la vida de una persona. La evangelización no termina cuando alguien decide entregar su vida a Cristo. No. Ahí, empieza todo. No se trata entonces de cantidad, sino de relaciones profundas.

Esta niña que aspira a ser grande —porque así veo hoy a mi iglesia— no ha sido capaz de recordar que la grandeza se traduce en servicio y amor. Quizás, en el intento de «ganar más almas para Cristo» —porque a eso se reduce la evangelización para algunos cristianos—, se termina prostituyendo el evangelio. La fe se ha vuelto barata y es ofrecida como un producto de consumo que solo sirve para satisfacer a las multitudes que buscan un mensaje acomodado a sus deseos personales. Paso por las calles y me duele el corazón, cuando veo cómo se promueve que ser hijo de Dios es una garantía para reclamar promesas materiales y ser felices a cambio de una «transacción monetaria».

En tiempos de la iglesia primitiva, ella no se encerraba en un templo, sino que estaba en las conversaciones de los hombres para mostrar el amor de Dios. Ellos practicaban la justicia, protegían a los desamparados, alzaban su voz de protesta frente al sistema opresor que los rodeaba. Y, por eso, eran perseguidos. ¿Qué nos ha pasado? Los cristianos nos hemos dejado condicionar por la dicotomía de lo sagrado y lo secular. Asumimos un total desprecio por el cuerpo y vivimos en nuestra nube espiritual. Hemos olvidado que las bendiciones no calman el hambre. Es necesario dar panes, salir a las calles, consolar a las viudas, cobijar a los huérfanos, dejar de ver a las personas como números.

Y aunque cada vez es más fuerte la decisión de dejar mi iglesia (no sin antes mandar una copia de este texto a las oficinas pastorales y a mis líderes), eso no significa que rechace mi fe hacia Dios. Hoy más que nunca me resisto a creer que así sean las iglesias que el Creador exalta. Yo creo en un Dios que vive en las aceras, en las fábricas, en los mercados, en la resistencia de los pueblos frente a la imposición violenta de megaproyectos en sus territorios. Mi vida entera está al servicio de ese Dios que me ha llamado a ser parte de la Gran Comisión, de proclamar el año agradable de Dios, de ser la boca que grita rebeldía y usa mis manos para trabajar por la justicia, la paz y el amor hacia la humanidad y toda la creación.

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La mano poderosa – Jorge Miyagui

Eva cambió la señal

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Viento, una ilustración de Fito Espinosa

«Eva no quiere ser para Adán la paridora pagada con pan. Eva prefiere también parir, pero después escoger dónde ir» recita el trovador cubano Silvio Rodríguez en una de sus canciones. Después de ver «Casa de muñecas», la obra teatral de Henrik Ibsen, que se presenta estas semanas en el teatro La Plaza, uno descubre que Nora, la protagonista, es la Eva que describe esta trova, aquella que decide dejar de ser costilla para salir a remontar el vuelo.

Para su padre, Nora era su muñequita. Él jugaba con ella como ella jugaba con sus muñecas. Luego, pasó a las manos de su esposo. Diez años vivió pensando que era feliz, pero en realidad no lo era, solamente era alegre. Nora, la mujer débil, subordinada, servicial y obediente que vive para hacer feliz a su familia. Torvaldo, el hombre de la casa, el dueño del circo, el único que cree tener honor y cerebro, el que se alucina rescatar a su dulce pajarito cantor de las manos de una bestia horrorosa. El hogar que construyeron siempre fue una casa de muñecas. Ir a una fiesta, seleccionar la vestimenta, cómo comportarse, la rutina diaria, los amigos. Todo era controlado por el hombre, el jefe de casa. En cuestiones de dinero, también. Ella no poseía autoridad alguna. Y sus hijos se convirtieron en sus nuevos muñecos.

«Casa de muñecas» fue estrenada a finales de 1879; sin embargo, aún hoy, los problemas que plantean siguen vigentes. ¿Cuántas Noras y Torvaldos conocemos actualmente? La sociedad cree que Nora no hace nada serio. La creen insignificante. Y lo es, aparentemente. No obstante, un brillo misterioso en su rostro la delata. Ella es consciente de su situación y del rol falso de mujer perfecta que sobrelleva día a día. Encima de todo, tiene de qué alegrarse, pues fue ella quien salvó de morir a su esposo, aunque casi nadie lo sepa.

Poco a poco, Nora, la Eva de esta historia, empieza a ver las cosas sin velo. Comienza a mirarse como un ser humano, el reflejo del rol de mujer perfecta se desvanece. Ya no cree que ser una buena madre y una esposa complaciente son sus únicas responsabilidades. Se da cuenta de que no sabe nada, empieza a descubrirse, atraviesa una metamorfosis. Descubre que, por encima de todo, es un ser humano  que necesita pensar por sí mismo para sacar sus propias conclusiones. Ahora, su única certeza es que tiene una opinión diferente a la de su esposo, Adán.

Nora decide cambiar la señal. La determinación que toma al final resume el ejemplo de lo que significa definirse, por encima de todo, como un ser humano. «Eva se enfrenta al qué dirán firme al timón como buen capitán, Eva deja de ser costilla» dice la canción de Silvio Rodríguez. Nora lo hizo. ¿Y nosotras, las mujeres de ahora? ¿Algún día nos atreveremos a mirarnos a nosotras mismas? Y es que todas llevamos dentro una Eva que quiere dejar de ser costilla para remontar el vuelo. No solamente Nora vive en una casa de muñecas; nosotras también. Por momentos, a veces inconscientemente, asumimos el rol de «muñequitas». Esta vez, no dejaremos que nos corten las alas. Al igual que Nora, la Eva que llevamos dentro proclama que «nadie poseerá este cuerpo de lagos y volcanes, esta mezcla de razas, esta historia de lanzas; este pueblo amante del maíz, de las fiestas a la luz de la luna; pueblo de cantos y tejidos de todos los colores». (Fragmento de la «La mujer habitada»-Gioconda Belli)