Sobre el derecho al consentimiento de los pueblos indígenas y las buenas nuevas del Reino de Dios

Los evangélicos del pueblo Achuar del Pastaza ya no practican la wayús, no beben masato y tampoco cantan en su lengua materna. Les han enseñado que hacerlo es pecado. Y el Dios de la Vida llora. Llora por tantas mentiras impuestas en su nombre.

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Amanecer en camino al pueblo Achuar del Pastaza / Créditos: Isabel Del Pilar López Meza (FENAP-IIDS)

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Eran las tres y media de la mañana en la comunidad nativa «Nuevo Perú», ubicada cerca del río Huasaga, Loreto. El cielo estaba oscuro, corría un poco de viento y los grillos hacían ruido. En la casa de Lucas Ayui*, había una fogata, en la que hervía la wayús, una planta que el pueblo Achuar toma como té de madrugada, mientras reflexiona, hace catarsis y planifica lo que vendrá en las siguientes horas y a futuro. Aquel día, la familia de Lucas tenía cinco invitadas. Yo era una de ellas. Todas estábamos sentadas alrededor del fuego.  Corría el mes de octubre de 2016.

Aaron cogió un recipiente de madera, se acercó al fogón y lo llenó del té de la wayús. Bebió un poco y, luego, le pasó al de su costado. Mientras tanto, cada una de las personas decía sus impresiones del primer día de asamblea, cómo se sentían y las inquietudes que les surgían. Comenzaron a hablar también de su familia, sus hijos, con quiénes habían venido, los planes a futuro. Era mágico ver cómo los achuar enlazaban la lucha de su pueblo por un territorio integral y libre de contaminación con su visión familiar.

El reloj marcó las cuatro y media cuando fueron silenciados. Desde el local de la iglesia, y a través de unos parlantes, voces agudas se mezclaban con ritmos que oscilaban entre el huayno y la música tropical: «Solamente en Cristo, solamente en él, la salvación se encuentra en él».

Diego nos dijo que todos los días ocurría lo mismo. La wayús era interrumpida por «coritos evangélicos». De hecho, nos contó que varias de las familias evangélicas dejaron de practicar la wayús. No sabe si por la música a todo volumen o porque dedicaban ese tiempo a algo más «cristiano». Lo cierto es que no volvió a verse fogones en sus casas.

En la biblia, hay un versículo que dice: «Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan». (Reina Valera -Proverbios 8:17). Conozco a personas que buscan de madrugada a Dios. Por influencia de mi madre, yo también lo hacía. Desde que tengo memoria, la recuerdo con las rodillas dobladas, el rostro en el suelo y su voz entonando canciones de la iglesia. Es una imagen muy bella. Siempre admiré su constancia. En su caso, ella aprendió en la iglesia que debía levantarse temprano para buscar a Dios con sus primeros pensamientos del día. ¿A los achuar evangélicos también les enseñaron lo mismo?

Lo que vi en la comunidad «Nuevo Perú» me hace pensar que sí. Y no me parece mal. Pero lo que sí me incomoda es que esa tradición cristiana occidental haya sido impuesta de manera no consentida a todo el pueblo. ¿Será acaso que solo a través de coritos ―que son importados desde otras culturas― puedes buscar a Dios?

Proverbios es un libro poético. Es decir, utilizó diversas figuras literarias, poemas y parábolas para enseñar al pueblo de Israel sobre sabiduría, justicia, moral y equidad. Por tanto, debiera leerse como un poema, identificando las imágenes que nos quiere mostrar el autor. El capítulo 8 habla sobre la sabiduría. Sí, la parte que le enseñaron a los achuar hace referencia a la sabiduría. Y el versículo 17 en la versión «Dios Habla Hoy» se traduce en: «Yo amo a los que me aman, y los que me buscan, me encuentran». La palabra temprano no aparece. No se trata entonces de qué tan temprano se levante el creyente, sino de una búsqueda constante de sabiduría.

Quienes llevaron el mensaje de las buenas nuevas a los achuar les enseñaron a buscar a Dios de madrugada sin considerar la vida espiritual, cultural y social del pueblo. Su tradición evangélica fue impuesta de manera arbitraria. Así, el altoparlante debe anunciar a todos que es momento de alabar a Dios. Pienso en esto y me pregunto ¿cuál es la necesidad de colocar un parlante a todo volumen justo a la hora en que el pueblo practica la wayús? ¿Por qué justo a esa hora?

El apu Samuel me explica que la iglesia nunca les preguntó si podían ingresar al pueblo para cambiar sus costumbres por unas que vayan más acorde a su imagen de evangelio.

El proceso de implantación de las misiones evangélicas en territorio achuar comenzó en los años cincuenta, poco antes de que los salesianos (católicas) ingresaran. Y ya, desde aquellos años, los evangélicos animaron a los achuar a demandar bienes industrializados, ingresar al modelo de acumulación de capital y aculturizarlos. Por ejemplo, a través de la implantación de pistas de aterrizaje, pese a que también se podía llegar por río o a través de caminos ancestrales. A diferencia de este modelo, el padre salesiano Luis Bolla o Yánkuam (nombre en achuar que significa «estrella de la tarde»), desde que inició el proceso de evangelización a este pueblo en 1971, utilizó los caminos ancestrales. Él no buscó convertirlos a la fuerza, sino llevó el evangelio con «rostro achuar». ¿Qué rostro de evangelio llevan las misiones evangélicas a los pueblos indígenas?

Juan dice que las iglesias evangélicas ―en otras comunidades de su pueblo― prohibieron a sus miembros entonar cánticos en achuar: «En el colegio, los niños de familias evangélicas dicen que no pueden cantar en su lengua materna porque está mal». ¿Es que el achuar ahora es calificado como lengua del diablo? Sería bueno que quienes lo prohibieron nos explicaran en qué parte de la Biblia existe un inventario de lenguas prohibidas. Yo no lo he encontrado. «Ellos entran y tenemos, otra vez, división. Generan división», dice otro apu. Las cuencas donde habitan los achuar están divididas. Una cuenca es evangélica; la otra, católica.

Los achuar evangélicos dejaron de usar la indumentaria de la comunidad. Ahora, visten de manera occidental: pantalón de tela, camisa mangas cortas y una correa. En algunos casos, zapatos negros. ¿Es que la Biblia también indica un modelo de vestir a los creyentes? No sé ustedes, pero yo no me he topado con ningún protocolo bíblico de vestimenta.

La cultura evangélica occidental también llegó a las bebidas. El apu Gabriel, desde que se convirtió en pastor evangélico, me dice que ya no toma masato, una bebida tradicional que se produce por la fermentación de la yuca, y que es una excelente fuente de energía por su gran cantidad de vitamina B, potasio, zinc, magnesio e hidratos de carbono. A él, le enseñaron que tomar masato es pecado, porque contiene alcohol. Paradójicamente, los achuar, desde tiempos anteriores, toman masato. Basta que tengas unos meses de nacido para añadirlo a tu dieta diaria.

Las iglesias deberíamos entender que el derecho al consentimiento libre, previo e informado de los pueblos indígenas ―reconocido internacionalmente y con carácter vinculante― también se aplica a las misiones religiosas. Éstas no pueden ingresar arbitrariamente a una comunidad para convertirse en legitimadores de un sistema occidental capitalista y uniforme que despoja a los creyentes de su cultura y espiritualidad para hacerlos a imagen y semejanza de ellos y no de Dios. Sí, porque son ellos quienes se han acostumbrado a buscar a Dios en la madrugada. Porque son ellos quienes solo cantan en español. Porque son ellos quienes visten como ciudadanos de La Gran Capital. Sí, son ellos quienes creen tener la verdad por el simple motivo de venir de un lugar «desarrollado».

Desarrollo. ¡Cuántas veces hemos leído el desarrollo en términos monetarios, industriales y urbanos! ¡Basta de imponer esta clase de desarrollo a los pueblos! Ellos tienen sus propios planes y proyectos económicos, sociales, culturales y espirituales con relación al buen vivir.  Y es deber de las empresas, los Estados y las misiones religiosas respetar el derecho al consentimiento de los pueblos, pues están vinculados al respeto a la vida y al proyecto de vida. Y eso lo saben los pueblos indígenas, porque día a día se enfrentan a la muerte por evitar que impongan por la fuerza megaproyectos extractivos en sus territorios ancestrales. Lo mismo se aplica a las misiones religiosas. Los pueblos deben enfrentarse con misioneros que buscan convertirlos por la fuerza y a costa de su muerte cultural, económica, social y espiritual. Y cuando digo fuerza, no hago referencia a violencia, sino a la compra de creyentes: obtienen el permiso de construir iglesias a cambio de víveres, ropa, gaseosas. Compra-Venta. Negocio. Prostitución del evangelio diríamos.

Que la misión pueda construir un templo en la comunidad es el otorgamiento de parte de su propiedad en alquiler. No significa que tenga el derecho a hacer lo que quiere en ese espacio, que le sigue perteneciendo al pueblo. En todo caso, de lo que se debiera tratar es de un diálogo intercultural, que empieza por el conocimiento del otro y también de sus derechos. ¿Cómo es el otro con el cual te quieres relacionar? ¿En qué tradiciones culturales, sociales, económicas y espirituales del pueblo miras al Dador de la Vida? La búsqueda de respuestas a estas preguntas debería acompañarse con reflexiones sobre el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo sobre pueblos indígenas y tribales, la Declaración de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos relacionadas a pueblos. Sí, no se trata de capacitar misioneros para vivir en «condiciones extremas», sino de instruirlos en derechos de pueblos indígenas para que se sumen a la visión y lucha de los pueblos por la defensa de su cultura, de su territorio integral y de un medio ambiente libre de contaminación.

Ya es hora de comprender que nuestro Dador de la Vida se rebeló a estos pueblos mucho antes de que los misioneros llegaran. Es deber de ellos y de nosotros develar a Dios en su proyecto de buen vivir. Desnaturalizarlo, a través del evangelio, es anatema.

(*) Por razones de cuidado, cambié los nombres de los apus, autoridades indígenas.

Gracia barata

¿Acaso podemos impedir que la fe caiga cuando se llega a la conclusión de que las estructuras eclesiales a las que uno pertenece han terminado pareciéndose a «una sociedad más, con sus caciques, sus accionistas, sus privilegios, sus funcionarios, y su burocracia, que solo ve la fe como una cosa etérea, que no tiene nada que ver con la vida; vale solo de nubes arriba»? Literalmente, fue ésta la descripción que Luis Espinal, sacerdote jesuita muy profético en tiempos de la dictadura de Hugo Banzer en Bolivia (1971-78), rechazaba ver en nuestras comunidades de fe. Ante los ojos de Dios y de los hombres, él clamaba para que el corazón de los hijos de Dios, los llamados a dar las buenas nuevas, no sea capaz de negociar con la injusticia y los principios individualistas de este mundo. Hoy puedo decir que el tiempo se ha acercado: aquí y ahora, es una realidad.

Toda la secundaria y los primeros años de la universidad, viví en una burbuja. Mi forma de pensar fue tan cuadriculada, que solo se enfocó en mi crecimiento espiritual, mi salvación, mi santidad, mi pureza y las victorias que Dios me daría por haberlo aceptado como MI Señor y Salvador. Para no contaminarme, evité juntarme con mis compañeros mundanos —término que se utiliza para categorizar a todos aquellos que no son cristianos. Ellos eran la encarnación de Sodoma y Gomorra. Y yo debía huir. Mi responsabilidad y relación con el mundo se limitó a orar por sus almas, encerrada en mi habitación o los domingos en la iglesia.

Un día, las dudas llegaron. ¿La razón? En lugar de fijarme en alguno de mis amigos de la iglesia, preferí fijarme en un ateo. Cometí el error de decírselo a mi líder de la iglesia. Ella, en lugar de seguir escuchando lo que me pasaba, me dijo que debía sacar de mi ser ese sentimiento. «¿Cómo un Dios de amor usa a sus hijas, mis líderes, para que me sienta mal por haberme fijado en un ‘no cristiano’?». Lograron que me sintiera mal, pero no quitaron de mí la certeza de que él era más cristiano que muchos amigos de la iglesia. Él me había enseñado que no necesitabas tener la etiqueta de «cristiano» para dolerte por las injusticias.

Mi mundo perfecto se hizo pedazos. Y las cosas del mundo me empezaron a agradar. Por ejemplo, la trova sustituyó a las canciones de la iglesia. Debo admitir que muchas veces me sentí mal, pero ese sentimiento fue confrontado con una pregunta: «¿Por qué debo pedirle a Dios que quite de mí todo lo que me haga carnal si eso me hace más humana y eso soy, humana?». Más que respuestas, aparecieron deseos prohibidos. «¿Está mal que tenga ganas de largarme de la iglesia?».

Descubrí que la grandeza de mi iglesia estaba en su edificación que mostraba una estructura imponente, pero que era incapaz de tocar a sus miembros anhelantes de encontrar algún manantial que concediera descanso. Que mi pastor pudiese entrevistarme antes de mi bautismo significaba mucho para mí. Era el hecho de empezar a sentirme parte de ese sistema. No obstante, él no aceptó hacerlo. ¿La razón? En ese preciso momento, estaba fuera de servicio. Él se encontraba a unos metros de mí, pero no. El «ungido de Dios» no quiso darme un par de minutos de su tiempo. ¿Tanto le costaba hablar conmigo cinco minutos?

Los días pasaron, pero las ganas de largarme de la iglesia no. Intenté sacar citas con mi pastor, pero su secretaria me dijo —en más de una ocasión— que su agenda estaba llena y debía regresar al siguiente mes. Entendí que mi iglesia es parecida a una entidad del Estado, llena de burocracia.

Hoy, me atormenta mucho que, cada tres meses, se realicen campañas evangélicas en donde la gente es llevada a la iglesia. Mi líder dice que si no invito a alguien a la célula o la campaña, no estoy evangelizando. ¿Dónde quedan entonces el arrepentimiento y el seguimiento como parte integral del discipulado que Jesús vivió, encarnó y demandó? Para mí, la evangelización es un proceso que se da no una, sino varias veces en la vida de una persona. La evangelización no termina cuando alguien decide entregar su vida a Cristo. No. Ahí, empieza todo. No se trata entonces de cantidad, sino de relaciones profundas.

Esta niña que aspira a ser grande —porque así veo hoy a mi iglesia— no ha sido capaz de recordar que la grandeza se traduce en servicio y amor. Quizás, en el intento de «ganar más almas para Cristo» —porque a eso se reduce la evangelización para algunos cristianos—, se termina prostituyendo el evangelio. La fe se ha vuelto barata y es ofrecida como un producto de consumo que solo sirve para satisfacer a las multitudes que buscan un mensaje acomodado a sus deseos personales. Paso por las calles y me duele el corazón, cuando veo cómo se promueve que ser hijo de Dios es una garantía para reclamar promesas materiales y ser felices a cambio de una «transacción monetaria».

En tiempos de la iglesia primitiva, ella no se encerraba en un templo, sino que estaba en las conversaciones de los hombres para mostrar el amor de Dios. Ellos practicaban la justicia, protegían a los desamparados, alzaban su voz de protesta frente al sistema opresor que los rodeaba. Y, por eso, eran perseguidos. ¿Qué nos ha pasado? Los cristianos nos hemos dejado condicionar por la dicotomía de lo sagrado y lo secular. Asumimos un total desprecio por el cuerpo y vivimos en nuestra nube espiritual. Hemos olvidado que las bendiciones no calman el hambre. Es necesario dar panes, salir a las calles, consolar a las viudas, cobijar a los huérfanos, dejar de ver a las personas como números.

Y aunque cada vez es más fuerte la decisión de dejar mi iglesia (no sin antes mandar una copia de este texto a las oficinas pastorales y a mis líderes), eso no significa que rechace mi fe hacia Dios. Hoy más que nunca me resisto a creer que así sean las iglesias que el Creador exalta. Yo creo en un Dios que vive en las aceras, en las fábricas, en los mercados, en la resistencia de los pueblos frente a la imposición violenta de megaproyectos en sus territorios. Mi vida entera está al servicio de ese Dios que me ha llamado a ser parte de la Gran Comisión, de proclamar el año agradable de Dios, de ser la boca que grita rebeldía y usa mis manos para trabajar por la justicia, la paz y el amor hacia la humanidad y toda la creación.

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La mano poderosa – Jorge Miyagui