Unsung psalm / Salmo (NO) reconocido

«Some would call me a cheat, call me a liar

Say that I’ve been defeated by the basest desired

Yes I have strayed and succumbed to my vices

But I tried to live right».

«Algunos me llamarían un tramposo, me llamarían mentiroso

Dicen que he sido derrotado por el más vil deseo

Sí, me he desviado y he sucumbido a mis vicios

Pero traté de vivir bien».

Tracy Chapman dice que le hubiera gustado tener una túnica blanca, estar envuelta en una luz celestial, pero no puede. Se siente caliente y mojada. Siente calor y es la pasión. El amor que no se puede negar. Y no se arrepiente, pero siente tristeza por el dolor que ha causado.

Quizás estas también fueron las palabras del Gaucho Cisneros, el General del Ejército que aprendió a vivir de planes y no de sueños. No. En realidad, no son palabras del Gaucho, sino del padre que engendró Renato Cisneros en la novela «La distancia que nos separa». ¿Por qué se le hizo tan primordial «descubrirlo, escribirlo y convertir» su relato en una especie de ofrenda? No lo sé, pero pienso que tal vez tengan relación con las cosas que en mí surgieron, mientras lo leía: La necesidad de reencontrarme conmigo, de saberme parte de algo, de conocer mis raíces, de dejar de ver a mi padre como un problema.

El Gaucho, aquel villano nacional de los años setenta y ochenta, también era humano. Y estaba hecho de heridas. Su uniforme de general fue solo la venda, la parte visible. Por dentro, las heridas sangraban, y los sueños eran presos de sus propias balas. ¿Cómo amar el tiempo de los intentos cuando tus juramentos deslenguados se apagan y no terminan como los cuentos de hadas, con finales felices para siempre? ¿Cómo amar la hora que nunca brilla cuando tu familia militar te condena por defender la poca honra que le quedaba a tu país?

«If there is one thing I know I know I will die

If anyone cares some stranger my critique my life

I may be revered or defamed and decried

But I tried to live right».

«Si hay algo que sé es que me voy a morir.

Si a alguien le interesa, algún extraño me crítica mi vida,

Puedo ser venerado o difamado y denunciado

Pero traté de vivir bien».

El Gaucho dejó de sangrar el día que murió. Cada palabra del relato de su hijo es una herida que cicatriza y lo hace más parecido a Renato. Es decir, más humano. Al imaginar a su padre, no puedo evitar pensar en el mío. Y en lo problemático que ha sido para mí su existencia. Él murió cuando tenía dos años, pero hasta ahora me persigue. Él y el que me haya enterado de que tenía otra familia, otros hermanos, y que existió una mujer que lo marcó antes que mi madre.

«Mis padres fueron amantes. Nunca se casaron de verdad. Valentina, yo y Facundo somos hijos naturales. Antes no podía decirlo, pero ahora sí encuentro orgullo y un placer y una revancha en usar esas palabras, en escribirlas sin avergonzarme ni juzgar ni pontificar ni victimizar a nadie. Antes no podía saberlo pero ahora sí sé que la historia de mis padres, como la de Nicolasa con el cura Gregorio Cartagena, o la de Luis Benjamín con Carolina Colichón, o la de Fernán con Esperanza Vizquerra, es la historia de una pasión que triunfa, una pasión que va en contra de un orden convencional, y que logra que una familia de palabras moral y culturalmente sucias como infidelidad-adulterio-bigamia-ilegitimidad se vuelvan, al menos para mí, amigables y limpias y dignas y sensibles y humanas. Me dan ganas de abrazar esas palabras, de acogerlas como si fuesen mendigos o perros de la calle; de nombrarlas y reivindicarlas por cada vez que alguien las rechazó, por cada vez que alguien prefirió dejarlas ocultas en el sótano de su biografía para regodearse con términos y sustantivos más aceptados».

Soy hija del segundo compromiso de mi padre. Y a los 15 años me dolió confirmar que su familia nunca nos quiso. Creo que todavía me duele, pero algo me consuela. Y es el álbum familiar que tengo en casa. Cuando veo las fotos de mis padres lo que siento es amor. No sé de qué material habrá estado hecho su amor, pero sé que fue lo suficientemente fuerte como para protegernos a mi hermana y a mí por dos años. Así como para Renato Cisneros, la palabra infidelidad es parte de su abolengo, para mí lo es la frase «las otras».

¿Alguien puede sangrar y decir lo suyo a tiempo y sin remedio? Yo creo que sí.  El Gaucho, por ejemplo. Él se hizo de la vida, a pesar de que su gran amor se convirtió en un matrimonio frustrado. Su vida fue una serie de metas laborales y, también, familiares. Llegó a ser ministro dos veces. Creó una familia dependiente de él. Pero sin quererlo, también hizo más lejana la distancia entre sus hijos y él. Quizá para acortar esa distancia es que él se dejó morir.

«(…) Controlaste hasta tu propia muerte. Te moriste en el momento adecuado: cuando yo todavía podía descubrir mis talentos y reeducar mi manera de ser. Si te hubieses muerto después quizá ya habría estado hecho muy a tu medida, y hubiese sido imposible o más difícil cobrar autonomía. (…) Si vivías más tiempo, hubiese crecido más influido todavía. Lo mejor que hiciste por mí fue dejarte morir».

La muerte del Gaucho significó el despertar de Renato Cisneros, hijo del Gaucho, y no del hijo del Gaucho (así, sin nombre propio). Fue un final doloroso, pero necesario. Las flores que crecían dentro de Renato pudieron salir y convertirse en primavera, y luego en estaciones. Pese a que siempre hubo una sombra que no lo dejaba tranquilo, la última oración del relato de su padre también se convirtió en la última herida cicatrizada de su padre. A través de la historia, Renato se reencontró consigo mismo. Y se reconoció en un pasado que ahora es tan suyo, como el padre que engendró en ese relato. En mi caso, terminar de leer «La distancia que nos separa» fue reencontrarme con mi padre y aprender a amarlo con los errores que mi madre, hermana y yo tuvimos que cargar, pero también significó agradecerle por algo. Su muerte. Mi madre me dice él que fumaba todo el día, que era un poco machista y que, los últimos meses de su vida, tomaba mucho. Dice que si estaría vivo, no me habría dejado estudiar en la capital, tampoco me habría dejado vivir seis meses fuera del país, y mucho menos habría aceptado mis caídas sentimentales. No. Él quería que sus hijas fuesen fuertes, valientes, pero que vivieran alrededor suyo. ¿Podría acaso yo atreverme a llamar vida digna a ese futuro incierto que nos habría esperado a su lado? No. Y hoy, como Cisneros, creo que mi padre es cicatriz, no es herida. Ya no.

«Do you live by the book? Do you play by the rules?

Do you care what is thought by others about you?

If this day is all that is promised to you

Do you life for the future the present the past?».

«¿Vives por un libro de reglas? ¿Juegas por las reglas?

¿Te importa lo que piensan los demás sobre ti?

Si este día es todo lo que te prometiste,

¿Es tu vida para el futuro, el presente, el pasado?».

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leertodo.com

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Canek: El hombre que eligió el día para su muerte

Canek, indio maya, era esclavo de una hacienda en Yucatán, México. Corría el siglo XVIII. Junto a él, cientos de indios vivían su misma historia. Era odiado por «los blancos», pero amado por su pueblo. ¿La razón? Su sed insaciable de justicia en verbo y acción. ¿Qué era Canek para su pueblo?

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Portada del libro

Canek dijo:

—En los libros se dice lo que es un profeta y también lo que es un poeta. Se dice esto, pero muchos lo han olvidado. Es bueno recordarlo. Es profeta el hombre que puede mirar el rostro de Dios; en su resplandor aprende a distinguir la verdad de la mentira. Por esto le es dable hablar de lo que ha de suceder en el tiempo. Es poeta el hombre que recibe en su rostro la mirada de Dios. Por eso le es dable distinguir la belleza de la fealdad. Los profetas tuvieron permiso para guiar a los hombres que fueron. Los poetas tienen licencia para guiar a los hombres que son. Unos y otros, cuando tienen conciencia del dolor, hacen el bien.

(Abreu, 1940:92)

Poeta y profeta. Era él quien contaba historias de sus ancestros, del principio de todo, de los árboles, de los pájaros, de las estrellas, del río. Si antes solo se mordía los labios cuando miraba cómo «los blancos» mataban a sus hermanos, ahora los reúne para la rebelión. Una noche de cielo estrellado, Canek decidió escapar con los indios. Horas antes se había enterado de que serían marcados con hierro caliente, como los animales de la hacienda.

El Padre Matías es su cómplice. Sus sermones no hablan de someterse, de callarse, de dar una mejilla después de haber sido golpeado. No. Él habla de un Dios que se duele por las injusticias. Es un Dios liberador, que también se rebela frente a la maldad y el egoísmo.

La historia de Canek también es ternura. Los pensamientos, miedos, ilusiones y silencios del niño Guy refrescan su vida. El niño Guy no es indio. Es blanco, pero su familia no lo quiere. Dicen que es tonto. Canek aprendió a verlo, a escucharlo, a caminar con él. Y es, precisamente, a través de esta amistad que Ermilio Abreu Gómez, autor del libro, consiguió humanizar a Canek. No se trata ya de juzgar a alguien por sus orígenes, sino de aprender de las diferencias del otro.

Si hay una escena que resume la esencia del libro, es esta:

Los dos llegaron cojeando: Guy y el perrito más dócil que había nacido en el patio de Canek. Guy tenía una pierna vendada y el perrito una de las patitas envuelta en trapos. Los dos caminaban a saltos. El perrito gruñía —tal vez de dolor— y meneaba la cola —tal vez de agradecimiento.

—Nos caímos, Jacinto.

—Ya lo veo, niño Guy.

—Al perrito se le torció una patita. Ya se la compuse.

—¿Y tú?

—Acércate. No se lo digas a nadie. Yo no tengo nada. Me vendé solo para consolarlo.

(Abreu, 1940: 46)

¿Qué sentiste? ¿Verdad que muchas cosas? Esos son solo algunos de los sentimientos que a uno le aparecen luego de leer Canek, una historia que inspira para luchar por la vida digna hoy.