Sobre los días sin agua y el derecho a la vida

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Mural realizado en el colegio del centro poblado El Tambo, Cajamarca. / Créditos: Isabel López Meza

Los huaycos, inundaciones y lluvias intensas en el norte y centro del país también afectaron a Lima. La gran capital se quedó sin agua potable y nosotros, los que aquí vivimos, no lo pudimos creer. Durante casi tres días, nos la tuvimos que ingeniar para ―literalmente― sobrevivir. Días después, un amigo, con pensamiento neoliberal, me contó que su familia había comprado 3 bidones de agua ―de siete litros cada uno― por si volvían a cortar el agua. También, me dijo que había llegado a la conclusión de que le podía faltar todo, menos el agua. Sin agua, no podría vivir.

―Fíjate que las rondas campesinas (1) de Cajamarca piensan igual que tú. ¿No quieres que te avise de alguna marcha contra el megaproyecto Conga para que me acompañes?  Sería interesante escucharte gritar ‘Agua sí. Oro no’.

Él sonrió, pero no me respondió. Nos quedamos en silencio durante algunos minutos. Y yo me puse a pensar en lo que ocurriría si cada uno de nosotros se diera la oportunidad de abrir su corazón para escuchar a los pueblos indígenas y no lo que los medios de comunicación dicen de ellos.

El rondero Manuel Ramos nos diría que las rondas campesinas defienden sus territorios ancestrales de las empresas mineras, porque es defender la vida de todos:

«Nuestra Pachamama nos da el pan todos los días, y es la fuente de nuestra vida, de nuestra existencia, de nuestra cultura. Ella guarda la memoria de nuestros ancestros y recibe nuestro cuerpo cuando morimos. Por eso, las rondas campesinas debemos cuidarla, protegerla y defenderla, pase lo que pase, para las futuras generaciones que vendrán después de nosotros». (Testimonio de Manuel Ramos, 2017)

Elvira, rondera de Jadibamba, nos contaría que en las cabeceras de cuenca, donde se ubican las lagunas que desaparecería el megaproyecto Conga, está el pasado, presente y futuro de todos:

«Los gobiernos de turno no pueden imponernos megaproyectos que destruyan nuestra naturaleza y nuestra vida». (Testimonio de Elvira, 2017)

Si los medios de comunicación visibilizaran las voces de estos pueblos en lugar de distorsionar sus palabras y acciones, varias personas dejarían de llamarlos «radicales», «antidesarrollo», «terroristas». Quizás comprenderían que la lucha de los pueblos originarios de Cajamarca es por la defensa de la vida. Porque vida es para ellos sus lagunas, sus bosques y sus ríos. Porque para ellos la Pachamama o Madre Tierra también tiene derecho a una vida digna.

Si quienes vivimos en este país realmente nos tomáramos en serio el escuchar a estos pueblos y a la Madre Tierra, quizás seríamos miles los que saldríamos a las calles a marchar para que el Estado respete el derecho al consentimiento de los pueblos indígenas y declare la nulidad de todas las concesiones mineras y petroleras que hay en sus territorios ancestrales.

Si el ruido de este Sistema Neoliberalista nos dejara sentir el dolor de nuestros hermanos indígenas y los gemidos de sufrimiento de la Tierra, quizás también nos arriesgaríamos a apostar por un modelo económico que respete a la naturaleza y se base en la igual dignidad de todos los pueblos. Quizás también caeríamos en la cuenta de que los huaycos, lluvias e inundaciones que hoy vivimos son consecuencia de la contaminación, del extractivismo, del despojo territorial que sufren los pueblos por parte de los Estados para dar paso al «desarrollo monista y colonialista».

«Si estos quizás se hicieran realidad, otra sería la historia», pensé. Y junto con estas palabras, vinieron mis ganas de llorar.

―¿Qué pasó? ¿Estás bien?

―Sí.

―Tus ojos están brillosos.

―Ah, es que se me vinieron varias ideas locas, pero también bonitas. Imaginé a miles de personas en una marcha contra el extractivismo y la apuesta de otro modelo económico.

―Alucinas demasiado, pero creo que es tiempo de buscar alternativas para crecer económicamente sin dañar el medio ambiente.

Al escucharlo, sentí que su pensamiento colonialista se había rajado un poquito. No todo está perdido. Y, como él, habrá otros a los que la vida misma los descolonizará.

***

Aprovecho este post para compartir un video sobre los pueblos originarios de Cajamarca y las razones por las cuales, desde hace más de cinco años, siguen resistiendo la imposición violenta del megaproyecto minero Conga.

Notas al pie:

(1) Las rondas campesinas son una forma de organización de los pueblos originarios en Perú. Poseen reconocimiento constitucional (Artículo 149 de la Constitución Política del Perú y ley de rondas campesinas- Ley Nº 27908).

Unsung psalm / Salmo (NO) reconocido

«Some would call me a cheat, call me a liar

Say that I’ve been defeated by the basest desired

Yes I have strayed and succumbed to my vices

But I tried to live right».

«Algunos me llamarían un tramposo, me llamarían mentiroso

Dicen que he sido derrotado por el más vil deseo

Sí, me he desviado y he sucumbido a mis vicios

Pero traté de vivir bien».

Tracy Chapman dice que le hubiera gustado tener una túnica blanca, estar envuelta en una luz celestial, pero no puede. Se siente caliente y mojada. Siente calor y es la pasión. El amor que no se puede negar. Y no se arrepiente, pero siente tristeza por el dolor que ha causado.

Quizás estas también fueron las palabras del Gaucho Cisneros, el General del Ejército que aprendió a vivir de planes y no de sueños. No. En realidad, no son palabras del Gaucho, sino del padre que engendró Renato Cisneros en la novela «La distancia que nos separa». ¿Por qué se le hizo tan primordial «descubrirlo, escribirlo y convertir» su relato en una especie de ofrenda? No lo sé, pero pienso que tal vez tengan relación con las cosas que en mí surgieron, mientras lo leía: La necesidad de reencontrarme conmigo, de saberme parte de algo, de conocer mis raíces, de dejar de ver a mi padre como un problema.

El Gaucho, aquel villano nacional de los años setenta y ochenta, también era humano. Y estaba hecho de heridas. Su uniforme de general fue solo la venda, la parte visible. Por dentro, las heridas sangraban, y los sueños eran presos de sus propias balas. ¿Cómo amar el tiempo de los intentos cuando tus juramentos deslenguados se apagan y no terminan como los cuentos de hadas, con finales felices para siempre? ¿Cómo amar la hora que nunca brilla cuando tu familia militar te condena por defender la poca honra que le quedaba a tu país?

«If there is one thing I know I know I will die

If anyone cares some stranger my critique my life

I may be revered or defamed and decried

But I tried to live right».

«Si hay algo que sé es que me voy a morir.

Si a alguien le interesa, algún extraño me crítica mi vida,

Puedo ser venerado o difamado y denunciado

Pero traté de vivir bien».

El Gaucho dejó de sangrar el día que murió. Cada palabra del relato de su hijo es una herida que cicatriza y lo hace más parecido a Renato. Es decir, más humano. Al imaginar a su padre, no puedo evitar pensar en el mío. Y en lo problemático que ha sido para mí su existencia. Él murió cuando tenía dos años, pero hasta ahora me persigue. Él y el que me haya enterado de que tenía otra familia, otros hermanos, y que existió una mujer que lo marcó antes que mi madre.

«Mis padres fueron amantes. Nunca se casaron de verdad. Valentina, yo y Facundo somos hijos naturales. Antes no podía decirlo, pero ahora sí encuentro orgullo y un placer y una revancha en usar esas palabras, en escribirlas sin avergonzarme ni juzgar ni pontificar ni victimizar a nadie. Antes no podía saberlo pero ahora sí sé que la historia de mis padres, como la de Nicolasa con el cura Gregorio Cartagena, o la de Luis Benjamín con Carolina Colichón, o la de Fernán con Esperanza Vizquerra, es la historia de una pasión que triunfa, una pasión que va en contra de un orden convencional, y que logra que una familia de palabras moral y culturalmente sucias como infidelidad-adulterio-bigamia-ilegitimidad se vuelvan, al menos para mí, amigables y limpias y dignas y sensibles y humanas. Me dan ganas de abrazar esas palabras, de acogerlas como si fuesen mendigos o perros de la calle; de nombrarlas y reivindicarlas por cada vez que alguien las rechazó, por cada vez que alguien prefirió dejarlas ocultas en el sótano de su biografía para regodearse con términos y sustantivos más aceptados».

Soy hija del segundo compromiso de mi padre. Y a los 15 años me dolió confirmar que su familia nunca nos quiso. Creo que todavía me duele, pero algo me consuela. Y es el álbum familiar que tengo en casa. Cuando veo las fotos de mis padres lo que siento es amor. No sé de qué material habrá estado hecho su amor, pero sé que fue lo suficientemente fuerte como para protegernos a mi hermana y a mí por dos años. Así como para Renato Cisneros, la palabra infidelidad es parte de su abolengo, para mí lo es la frase «las otras».

¿Alguien puede sangrar y decir lo suyo a tiempo y sin remedio? Yo creo que sí.  El Gaucho, por ejemplo. Él se hizo de la vida, a pesar de que su gran amor se convirtió en un matrimonio frustrado. Su vida fue una serie de metas laborales y, también, familiares. Llegó a ser ministro dos veces. Creó una familia dependiente de él. Pero sin quererlo, también hizo más lejana la distancia entre sus hijos y él. Quizá para acortar esa distancia es que él se dejó morir.

«(…) Controlaste hasta tu propia muerte. Te moriste en el momento adecuado: cuando yo todavía podía descubrir mis talentos y reeducar mi manera de ser. Si te hubieses muerto después quizá ya habría estado hecho muy a tu medida, y hubiese sido imposible o más difícil cobrar autonomía. (…) Si vivías más tiempo, hubiese crecido más influido todavía. Lo mejor que hiciste por mí fue dejarte morir».

La muerte del Gaucho significó el despertar de Renato Cisneros, hijo del Gaucho, y no del hijo del Gaucho (así, sin nombre propio). Fue un final doloroso, pero necesario. Las flores que crecían dentro de Renato pudieron salir y convertirse en primavera, y luego en estaciones. Pese a que siempre hubo una sombra que no lo dejaba tranquilo, la última oración del relato de su padre también se convirtió en la última herida cicatrizada de su padre. A través de la historia, Renato se reencontró consigo mismo. Y se reconoció en un pasado que ahora es tan suyo, como el padre que engendró en ese relato. En mi caso, terminar de leer «La distancia que nos separa» fue reencontrarme con mi padre y aprender a amarlo con los errores que mi madre, hermana y yo tuvimos que cargar, pero también significó agradecerle por algo. Su muerte. Mi madre me dice él que fumaba todo el día, que era un poco machista y que, los últimos meses de su vida, tomaba mucho. Dice que si estaría vivo, no me habría dejado estudiar en la capital, tampoco me habría dejado vivir seis meses fuera del país, y mucho menos habría aceptado mis caídas sentimentales. No. Él quería que sus hijas fuesen fuertes, valientes, pero que vivieran alrededor suyo. ¿Podría acaso yo atreverme a llamar vida digna a ese futuro incierto que nos habría esperado a su lado? No. Y hoy, como Cisneros, creo que mi padre es cicatriz, no es herida. Ya no.

«Do you live by the book? Do you play by the rules?

Do you care what is thought by others about you?

If this day is all that is promised to you

Do you life for the future the present the past?».

«¿Vives por un libro de reglas? ¿Juegas por las reglas?

¿Te importa lo que piensan los demás sobre ti?

Si este día es todo lo que te prometiste,

¿Es tu vida para el futuro, el presente, el pasado?».

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leertodo.com

¿Yo soy esto que arde?

Si hay algo que me llena de amor es caminar por la calle y sentarme en un parque.

Niña corre.

Pareja conversa.

Madre ríe.

Ladridos.

Abrazos.

Helados.

Yo miro.

Tengo ganas de ser uno de esos personajes del encuadre. Empieza a lloviznar.

¿Una gota de lluvia quizá? Una gota, una brisa o una piedra. Da igual. Solo quiero ser parte de la escena.

Llénate de mí.
Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.
Pídeme. Recógeme, contiéneme, ocúltame.
Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora,
Soy el que pasó saltando sobre las cosas,
el fugante, el doliente.

Pero siento tu hora,
la hora de que mi vida gotee sobre tu alma,
la hora de las ternuras que no derramé nunca,
la hora de los silencios que no tienen palabras,
tu hora, alba de sangre que me nutrió de angustias,
tu hora, medianoche que me fue solitaria.

Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.
Yo soy esto que gime, esto que arde, esto que sufre.
Yo soy esto que ataca, esto que aúlla, esto que canta.
No, no quiero ser esto.
Ayúdame a romper estas puertas inmensas.
Con tus hombros de seda desentierra estas anclas.
Así crucificaron mi dolor una tarde.

Quiero no tener límites y alzarme hacia aquel astro.
Mi corazón no debe callar hoy o mañana.
Debe participar de lo que toca,
debe ser de metales, de raíces, de alas.
No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve,
no puedo ser la sombra que se deshace y pasa.

No, no puede ser, no puede ser, no puede ser.
Entonces gritaría, lloraría, gemiría.

No puede ser, no puede ser.
Quién iba a romper esta vibración de mis alas?
Quién iba a exterminarme? Qué designio, qué? palabra?
No puede ser, no puede ser, no puede ser.
Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

Porque tú eres mi ruta. Te forjé en lucha viva.
De mi pelea oscura contra mí mismo, fuiste.
Tienes de mí ese sello de avidéz no saciada.
Desde que yo los miro tus ojos son más tristes.
Vamos juntos. Rompamos este camino juntos.
Ser? la ruta tuya. Pasa. Déjame irme.
Ansíame, agótame, viérteme, sacrificarme.
Haz tambalear los cercos de mis últimos límites.

Y que yo pueda, al fin, correr en fuga loca,
inundando las tierras como un río terrible,
desatando estos nudos, ah Dios mío, estos nudos,
destrozando,
quemando,
arrasando
como una lava loca lo que existe,
correr fuera de mi mismo, perdidamente,
libre de mí, Curiosamente libre.
¡Irme, Dios mío, irme!

-Pablo Neruda

Dejar el tiempo para sanar.

Dejar el tiempo para reaprender a querer, a amar, a entregar.

Ir a contramarea.

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Ilustración de Fito Espinosa

 

Eva cambió la señal

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Viento, una ilustración de Fito Espinosa

«Eva no quiere ser para Adán la paridora pagada con pan. Eva prefiere también parir, pero después escoger dónde ir» recita el trovador cubano Silvio Rodríguez en una de sus canciones. Después de ver «Casa de muñecas», la obra teatral de Henrik Ibsen, que se presenta estas semanas en el teatro La Plaza, uno descubre que Nora, la protagonista, es la Eva que describe esta trova, aquella que decide dejar de ser costilla para salir a remontar el vuelo.

Para su padre, Nora era su muñequita. Él jugaba con ella como ella jugaba con sus muñecas. Luego, pasó a las manos de su esposo. Diez años vivió pensando que era feliz, pero en realidad no lo era, solamente era alegre. Nora, la mujer débil, subordinada, servicial y obediente que vive para hacer feliz a su familia. Torvaldo, el hombre de la casa, el dueño del circo, el único que cree tener honor y cerebro, el que se alucina rescatar a su dulce pajarito cantor de las manos de una bestia horrorosa. El hogar que construyeron siempre fue una casa de muñecas. Ir a una fiesta, seleccionar la vestimenta, cómo comportarse, la rutina diaria, los amigos. Todo era controlado por el hombre, el jefe de casa. En cuestiones de dinero, también. Ella no poseía autoridad alguna. Y sus hijos se convirtieron en sus nuevos muñecos.

«Casa de muñecas» fue estrenada a finales de 1879; sin embargo, aún hoy, los problemas que plantean siguen vigentes. ¿Cuántas Noras y Torvaldos conocemos actualmente? La sociedad cree que Nora no hace nada serio. La creen insignificante. Y lo es, aparentemente. No obstante, un brillo misterioso en su rostro la delata. Ella es consciente de su situación y del rol falso de mujer perfecta que sobrelleva día a día. Encima de todo, tiene de qué alegrarse, pues fue ella quien salvó de morir a su esposo, aunque casi nadie lo sepa.

Poco a poco, Nora, la Eva de esta historia, empieza a ver las cosas sin velo. Comienza a mirarse como un ser humano, el reflejo del rol de mujer perfecta se desvanece. Ya no cree que ser una buena madre y una esposa complaciente son sus únicas responsabilidades. Se da cuenta de que no sabe nada, empieza a descubrirse, atraviesa una metamorfosis. Descubre que, por encima de todo, es un ser humano  que necesita pensar por sí mismo para sacar sus propias conclusiones. Ahora, su única certeza es que tiene una opinión diferente a la de su esposo, Adán.

Nora decide cambiar la señal. La determinación que toma al final resume el ejemplo de lo que significa definirse, por encima de todo, como un ser humano. «Eva se enfrenta al qué dirán firme al timón como buen capitán, Eva deja de ser costilla» dice la canción de Silvio Rodríguez. Nora lo hizo. ¿Y nosotras, las mujeres de ahora? ¿Algún día nos atreveremos a mirarnos a nosotras mismas? Y es que todas llevamos dentro una Eva que quiere dejar de ser costilla para remontar el vuelo. No solamente Nora vive en una casa de muñecas; nosotras también. Por momentos, a veces inconscientemente, asumimos el rol de «muñequitas». Esta vez, no dejaremos que nos corten las alas. Al igual que Nora, la Eva que llevamos dentro proclama que «nadie poseerá este cuerpo de lagos y volcanes, esta mezcla de razas, esta historia de lanzas; este pueblo amante del maíz, de las fiestas a la luz de la luna; pueblo de cantos y tejidos de todos los colores». (Fragmento de la «La mujer habitada»-Gioconda Belli)

El Callejón de la Columna

Nostalgia, alegría, decepción, conformismo y mucha fe. La Casa de las columnas es un corazón con taquicardia. Quienes han vivido ahí más de 50 años saben el valor que tiene; quienes moran en ella menos de quince años la ven como una pocilga enclenque. Que quieren irse, que quieren quedarse. No poseen títulos de propiedad que los legitimen como dueños del lugar, pero viven en cuartos de 5 por 4 que nada ni nadie les puede quitar. Hay pandilleros, borrachos, fumones, vagabundos y un olor a baño del centro de Lima impregnado en las paredes. ¿Qué significa vivir con más de 300 personas en un lugar que ha sido declarado patrimonio de la humanidad y también está a punto de caerse?

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—Si yo sigo viviendo es porque tengo mucha fe en Dios. Ahora todas mis metas se enfocan en sacar adelante al último de mis hijos. Algún día, espero mudarme de casa. Yo nunca quise entrar acá.

Lucila Rodríguez Ventura (55) vive hace quince años en el interior 208 de la Casa de las columnas. Su voz se quiebra al recordar su situación. No es propietaria de la casona, pero vive aquí, y sin pagar alquiler. El resto de sus vecinos se encuentra en la misma situación: sin títulos de propiedad que los legitimen como dueños del lugar, pero con un cuarto de 5 por 4 que nada ni nadie les puede quitar, y al que se afanan con todas sus fuerzas a pesar de que en 1989 este inmueble fue declarado «casa ruinosa». Es decir, inhabitable. Lleva puesto un polo rosado y una falda de tela color marrón. Tiene carnosidad en el ojo izquierdo. Cojea cuando camina. Empieza a llorar. ¡Dios! Es una mujer de fe. Por 300 soles le traspasaron el cuarto en el que ahora vive. Vende turrones y golosinas en los carros. Vive junto a tres de sus cinco hijos y su nieta. Son las 2 de la tarde del domingo 25 de noviembre en la Casa de las columnas, un espacio que se ubica en la tercera cuadra del Jirón Conde de Superunda, en el Cercado de Lima, y en el que viven más de 300 personas.

Los cables de luz y teléfono atraviesan descaradamente toda la casa que está compuesta de dos pisos, 53 cuartos y un callejón que une los dos patios. El color de las paredes es rosado, pero el tiempo y la humedad se han encargado de desaparecer la pintura para mostrar su composición estructural: quincha, adobe y concreto. Más de diez columnas la sujetan. Sus techos altos han permitido que sus moradores construyan altillos en sus habitaciones. Es decir, sub-segundos pisos de madera. No hubo un arquitecto que los asesore, pero sí la necesidad de generar más espacio.

Las moscas zumban. Hay excremento de perro en una esquina del patio. Empiezan a posarse sobre la caca. Charcos de agua se forman en el piso: una parte es de tierra; la otra, de cemento falso. La humedad y el olor a mierda se mezclan. Orina, papel higiénico usado, agua derramada y barro en el piso… Huele a baño público, a retrete usado más de siete veces y sin palanca, a «pichi».

—Los baños que ahora tenemos han sido donados. El problema es que acá la gente es cochina.

Según la señora Lucila Rodríguez, sus vecinos ni siquiera son capaces de dar un sol para comprar una escoba. No viven en unión. Únicamente, piensan en tomar. Aun así, ella espera que algún día las cosas cambien. Ella no toma cerveza, no baila, usa faldones y odia las fiestas. La mayor parte del tiempo reza, canta y le cuenta a Dios y a todo aquel que desee escucharla sobre la inmoralidad de sus vecinos.

—El niño de la Manuela, Ángel (9), el otro día le ha estado tocando sus partes íntimas a Giuliana (8). Le han llamado la atención a la Manuela. Esa señora tiene relaciones con el padrastro del niño dentro de la misma habitación en la que vive con su hijo, que es un pasadizo de dos por dos. Y como la señora es ciega, no se da cuenta si su hijo mira lo que hace con el padrastro que llega todo borracho. ¡Qué desgracia!

También acaba de enterarse de que su vecino —el del 208— acaba de reconciliarse con su esposa después de que ella lo denunciara por violencia física. Mientras recuerda los pecados de sus vecinos, aprieta más fuerte sus manos. ¿Será acaso que no hay ni un solo justo en la casona?

—Tu fidelidad es grande, mi Dios. Tu fidelidad es grande…

Sí, la señora Lucila Rodríguez siempre escucha «Tu fidelidad», del artista cristiano Marcos Witt. Dice que así se llena de fuerza. Cuando pasó el terremoto del 2007, ella se encontraba cantando esa misma canción. Según ella, no sintió ningún movimiento. Le tuvieron que tocar la puerta para que salga y baje al patio. Ni su cuarto ni la casona sufrieron daños lamentables. Solo se descascaró un poco la pared. Nada más. Es que Dios siempre cuida de sus ovejas, aquellas que se aferran a Él aún en las peores realidades.

El CD de música cristiana ha dejado de sonar. La señora Lucila Rodríguez se dirige a su cama para rezar por las almas de los pecadores que están en la fiesta. Y es que hoy es día de fiesta en la Casa de las columnas. Es el aniversario del santo de la casona, de San Martín de Porres. Las moscas siguen rondando por todo el lugar. Cada cinco minutos, alguien sale de la fiesta y se dirige al baño. El olor a pollada del almuerzo y el aliento de cerveza de los participantes se mezcla con el olor de la orina. No se observa algún rastro de incomodidad.

Globos negros y blancos cuelgan de las columnas. Algunos ya se han caído, otros se han desinflado y unos pocos siguen en su sitio. Hay excrementos de gatos y perros a lo largo de los pasillos del segundo piso. El olor a caca es el perfume que emanan los escalones de madera y los calzones rojos, pantalones jeans, toallas de playa, polos fucsias, sostenes negros y medias blancas forman parte de la decoración natural de la casona. De niños, de adultos, de ancianos… Todos los cordeles para tender ropa están llenos. ¿Cómo así una casona que originalmente formó parte del antiguo Convento Nuestra Señora del Rosario de Santo Domingo y cuyo diseño data del siglo XVII se ha convertido en un espacio en el que viven más de 50 familias? Según la historia, hacia las décadas de 1840, los dominicos decidieron alquilar algunas de sus celdas debido a que gozaban de amplias instalaciones. Conforme fueron sucediéndose los inquilinos, las habitaciones se fueron arrendando y, también, los mismos inquilinos sub arrendaban a nuevos huéspedes. La casona pasó a manos de la beneficencia. Y era ésta la encargada de cobrar el alquiler, de velar por la seguridad de sus moradores, de mantener decente el ambiente hasta que un día las cosas se salieron de control. ¿El motivo? La llegada de más y más personas que buscaban un cuarto para vivir. Eran los años 70. En 1972 la casona fue declarada Patrimonio de la Nación; luego, Patrimonio de la Humanidad y, al poco tiempo, «casa ruinosa». Desde aquel entonces, nadie pasó a cobrar el alquiler mensual de los cuartos. Los moradores de la casona se convirtieron en los nuevos «dueños». Nunca hubo papeles que los legitimen como propietarios.

En el 204 vive Claudia Pamela Ñapuguarque junto a su esposo y sus tres hijos. Tiene 30 años y vive acá desde hace seis años. No acostumbra salir de su casa. Como ella dice «para encerrada todo el día». Eso no la molesta. Como no hay caño en el segundo nivel, baja al primer piso para lavar sus servicios. Vivir en un lugar tan pequeño junto a su familia es terrible para ella. No permite que sus hijos salgan del 204: le da miedo que les pueda pasar algo si bajan (un accidente, quizás); también lo hace porque así evita que se junten con los otros chiquitos de la casona.

—No todos tenemos la misma educación —dice Claudia Pamela Ñapuguarque, mientras junta la puerta de su cuarto para que no salgan sus hijos.

Como muchos moradores de la quinta, su meta es mudarse. Salir de allí. Su rostro no muestra alegría, sino decepción.

—Es fastidioso hacer cola para los baños. Tienes que esperar que llegue tu turno. Salir a cada rato para ver si está libre o no. En las mañanas, es peor. Si no te levantas a las cinco de la mañana, tienes que hacer cola. Hay gente que se levanta muy temprano. Yo lavo ropa de noche. De día, no puedo. En la noche, nadie me molesta: todos están durmiendo. En la parte de afuera, contamos con tres baños y dos duchas; somos 33 familias. ¡Imagínate!

La mayoría de los niños usa bacines o baldes. Después botan sus necesidades. Los hijos de Claudia Pamela Ñapuguarque lo hacen, pues así evita exponerlos a cualquier enfermedad. Y es que cualquier persona desconocida —de la calle— puede usar los baños. Ella jamás permitiría que sus hijos los utilicen. No puede. Es más, cuando ella va a orinar no se sienta: «orina parada». Le apena tener que vivir así. ¡Pero qué se puede hacer! Así es la vida. Sólo le queda ser una buena esposa, una buena madre, una buena ama de casa. Por eso, como toda mujer de su casa, ni bien terminó la procesión de San Martín, ella y sus hijos fueron directo al cuarto. ¿El esposo? Se ha quedado con los amigos.

El sol ha empezado a ocultarse. Son las siete de la noche. La fiesta recién ha empezado a ponerse «sabrosa». Chicos y chicas entre 14 y 20 años comienzan a aparecer. Las chicas llevan pantalones ajustados, minifaldas y politos escotados que no cubren sus ombligos; los hombres, pantalones flojos, zapatillas de colores fuertes, una camisa floja y alguna cadena en el cuello. Botellas de cerveza están tiradas por todo el segundo patio. Casi todos están ebrios, excepto las mujeres que cuidan de sus hijos. El 125 es el único cuarto del que sale luz en el primer piso. Se ubica justo debajo de las gradas que conducen al segundo nivel. El habitante del lugar se llama Carlos Felipe Maquiavelo (72). Vive en la casona hace más de 60 años. Es orfebre desde hace más de 30 años. Casi todos sus trabajos están inacabados. Obras de un metro de largo, todas hechas a mano y de cobre. Un Tumi, el señor cangrejo, la máscara de la llorona… Desde hace seis meses está paralizado: no tiene el dinero para comprar los materiales.

—Para terminar el Tumi, necesitaría invertir por lo menos 2000 soles. Esto no se acaba en un mes. Se hace poco a poco.

No posee los medios para hacerlo. Todo el mundo le dice que debe acabar aunque sea una obra. ¿Cómo hacerlo si hay días en los que no tiene ni para comer? Hay veces en las que más se preocupa por su perro Dudú que por él mismo. Su mascota tiene diez años. Es raza «Billy»; es decir, de ascendencia francesa y gran tamaño. Se lo regaló su hijo y come más que su dueño. En la quinta todos lo respetan, pero aun así, él siente nostalgia por la gente de los años cuarenta. En aquel entonces, todos eran una gran familia. Le apena la ignorancia de sus vecinos actuales.

—Las personas que han venido a vivir acá son migrantes y han venido con un montón de gente. Se ponen agresivos. No te respetan como antes. Aun así, yo siempre me doy mi lugar. No les doy la oportunidad para que me falten el respeto. Yo no soy un tonto.             ¿Qué significa ser un hidalgo aquí en la casona? El señor Carlos Maquiavelo dice que dicha palabra no se conoce, pues sus vecinos son personas vulgares, personas hechas de un ambiente bien corriente, que está en sus venas. Para él, la casona empezó a malearse cuando comenzaron a bajar los provincianos. Es decir, en los 70s y 80s.

—Antes, la casa era limpia. Ahora, yo ya no salgo para nada. Me han dado la llave del baño y de la ducha. No entro porque la gente es sucia. Prefiero pagar mis cincuenta centavos e irme a un baño que conozco y en donde sé que son limpios. Para bañarme, voy donde mi tía. Dos veces por semana. A veces una. A veces, no voy. No voy a estar andando con las manos vacías. Siempre que voy, le llevo algo.

Desde que amanece, el chisme y la suciedad corren por toda la casona. Todos se han acostumbrado. Carlos Maquiavelo también. Es consciente de que algunas veces sabe más de la vida de sus vecinos que él mismo. Prefiere no ir a las reuniones de la directiva para no hacer bilis. Sin embargo, también es uno de los pocos moradores que es consciente de que el lugar en el que vive es un patrimonio histórico. Se siente orgulloso de ello y le apena ver cómo es que la gente no cuida su propio hogar… Apaga sus luces.

—Yo me quedo acá hasta que muera. Yo nací aquí. Aquí moriré.

En el segundo patio, la adrenalina fiestera se ha calmado para dar paso a las nostalgias. Son las once de la noche. Aparicio Pereira está con los ojos rojos y algunas lágrimas en los ojos. Vive en el cuarto número 1 de la casona desde hace más de cincuenta años. Su madre dio a luz aquí. Desde aquel entonces, no se ha movido del lugar. Su callejón siempre será suyo y no se moverá de ahí. Ésa es su vida. Al igual que él, de uno en uno, los que quedan en la fiesta se acercan a la estatua de San Martín en diferentes tiempos para pedirle un milagro, para contarle sus penas, sus problemas, para pedirle fortaleza y bendición, para que interceda por ellos frente a Dios. En siete horas más, todo volverá a la normalidad. Las colas en los baños, el chisme en los pasadizos, la suciedad de los inodoros, la mierda de los perros, las peleas por el caño, las ratas… El callejón de la columna seguirá latiendo. ¡A ver quién se retira!