Siempre serán maíz

Memorias y reflexiones sobre la búsqueda de verdad y justicia de las madres de la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP) en el caso de Los Cabitos 83: El mega proceso penal contra miembros del Ejército por desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias y torturas de personas que fueron secuestradas en el Cuartel Domingo Ayarza, más conocido como Los Cabitos 51, durante el año de 1983.

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Mamá Angélica afuera de la Sala Penal Nacional / Créditos: Isabel López Meza

 

¿A qué huele la sangre del pueblo? La cantante Martina Portocarrero dice que huele a jazmines, violetas, geranios y margaritas, pero también a pólvora y dinamita. Así huele la sangre de las madres ayacuchanas que, un día de 1983, perdieron el rastro de sus hijos/a, esposo o hermano/a, luego de que militares encapuchados se los llevaran, por la fuerza, al cuartel Domingo Ayarza, más conocido como Los Cabitos 51. Gran parte de los secuestrados eran jóvenes, maestros y artesanos, a quienes los militares acusaron de terroristas o amigos de terroristas y eran llevados al cuartel sin una «orden judicial, sin participación del Ministerio Público ni otra autorización que evidenciara un procedimiento regular de detención». [1]

Arquímedes Ascarza Mendoza, Olga Gutiérrez Quispe, Edgar Timoteo Noriega Ascue, Alejandro Noa Yupanqui, Jaime Gamarra Gutiérrez, Zósimo Tenorio Prado, Gregorio Prisciliano Canchari, Ayala, Juan Darío Cuya Layme, Juan Huayhua Pariona, Marcelino Vargas Vilcamiche, Alejandro Huaña Huaña, Adrián Yupanqui Pilmihuamán, Bibiano Huayhua Pariona, Antonio, Palomino Ochoa, Isidoro Bedoya Gutiérrez, Cesar Arturo Lozano Cuba, Julio Constantino, Laurente Cisneros, Raúl Palomino Ventura, Simón Fidel Mendoza Auqui, Domingo Leonardo Mendoza Auqui, Luis Henry Medina Quispe, Juan Ranulfo Castro Rojas, Manuel, Nalvarte Loayza, Jesús Teodosio Borda Chipana, Feliciano Coronel Romero, Jorge Edilberto Cervantes Navarro, Luis Flores Galindo, Mario Godoy García, Santiago Huicho Coras, Nemesio Lozano Alvarado, Cesáreo Cueto Gastelú, Walter Rómulo Cueto Huamancusi, Candelaria Rodríguez Gomez, Gregoria Rodríguez Gomez…

Según el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), detuvieron, torturaron, desaparecieron y ejecutaron extrajudicialmente a, por lo menos, a 136 personas.

34 años después, varias de estas mujeres ―que fundaron la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú-ANFASEP―, han fallecido sin llegar a encontrarlos. Y, hoy, las que quedan siguen en búsqueda de la verdad, pero también de la justicia. Y es que el tiempo envejeció sus cuerpos, mas no sus memorias, su coraje, su esperanza.

Camino a Lima

El lunes 14 de agosto de 2017, 10 mamás de ANFASEP se embarcaron en un bus rumbo a Lima, para asistir a la lectura de sentencia múltiple por torturas, secuestros, detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas y ejecución extrajudicial, ocurridas en el cuartel militar Los Cabitos en el año 1983. La lectura de sentencia estaba programada para el miércoles 16 de agosto a las 11 de la mañana. Y ellas habían decidido llegar un día antes porque harían una vigilia en la puerta de la Sala Penal Nacional, lugar donde los jueces leerían la sentencia.

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Lugar donde se daría lectura a la sentencia Los Cabitos 83. / Créditos: Isabel López Meza

«Cuando mi esposo desapareció, yo tenía 20 años, ahora tengo 53 años. ¿Hasta cuándo vamos a esperar? Muchas mamás han fallecido sin encontrar justicia. Y hoy día es nuestra esperanza. A la Sala Penal, nosotros exigimos que se haga sentencia condenatoria para todas estas personas. Tantos años nos ha hecho llorar. Hasta cuándo vamos a esperar. Nosotros así llorando vamos a caminar. Inclusive, sus restos de nuestros seres queridos no sabemos dónde están, qué han hecho, si quiera eso que nos digan y que sea sanción condenatoria. Eso esperamos y pedimos». (Adelina García)

El proceso penal del caso Los Cabitos 83 se había iniciado el año 2005 y denunciaba a Arnaldo Briceño Zevallos, Jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas; Humberto Orbegozo Talavera, Jefe del Cuartel Cabitos; Carlos Millones D’Estafano, Roberto Saldaña Vásquez y Julio Carbajal D’Angelo, miembros del Estado Mayor; Edgar Paz Avendaño, ex jefe del destacamento de inteligencia y Arturo Moreno Alcántara, miembro del destacamento de inteligencia.  A ellos, se les acusó por graves violaciones a los derechos humanos, desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias, violaciones sexuales y torturas de personas que habían sido secuestradas en el cuartel Los Cabitos en 1983.  El juicio oral empezó en el año 2011. El expediente no incluyó la violación sexual como un «delito autónomo por temor a que los operadores de justicia no tuvieran en cuenta el contexto en que se produjo y declararan su prescripción, sin embargo los hechos de violencia sexual se incluyeron dentro del tipo penal de tortura». [2]

Durante el juicio oral, fallecieron varios testigos, familiares y 2 acusados. ¿Cuánto tiempo más tardaría el Estado en resolver un caso que, en palabras de la Fiscal Luz Ibañez, representaba la otra cara del mega proceso seguido contra el líder terrorista Abimael Guzmán y toda la cúpula senderista en el año 2006?

Para este proceso penal, la Fiscalía consideró a 53 víctimas: 34 en condición de desaparecidos, 15 por tortura, 3 mujeres por violencia sexual y 1 una ejecución extrajudicial. El caso cuenta con la asesoría de la Asociación Pro Derechos Humanos (APRODEH).

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Abogada Gloria Cano, de APRODEH, y Fiscal Luz Ibáñez. / Créditos: Isabel López Meza

Para las 9 de la mañana del día miércoles 16 de agosto, las mamás Adelina, Juana, Felicitas, Narciza, Gregoria, Ventura, Sergia, Felicitas y Gloria ya habían vuelto a instalar un mural de fotos y pancartas afuera de la Sala Penal Nacional. Las más mayores estaban sentadas sobre cajas de cartón y hablaban en quechua, mientras miraban el mural: «¿Dónde están los restos de nuestros seres queridos?», «Sentencia condenatoria para caso Cabitos 83», decían algunas pancartas. A la derecha, había impresiones de fotos carnet de personas. Y más pancartas. Debajo, en un altar hecho con cajas de cartón, había un ramo de flores amarillas. Mamá Juanita, presidenta de ANFASEP, se arrodillaba para encender las velas. Faltaban dos horas para ingresar a la Sala.

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Mamá Juanita / Créditos: Isabel López Meza

Mamá Angélica, fundadora de ANFASEP, llegó a las 11 de la mañana. Ella, con 87 años, todavía sujetaba en sus manos la foto de su hijo y una cruz que decía «Verdad y justicia».

«Justicia. Tanto desaparecido… ¡A mi hijo! Que no es mi hijo nada más. Tantos. ¡Dónde están! ¿Por qué callan estas cosas? Nosotros no nos callamos. Cuando yo muero, callaría, pero en esta vida no se puede callar, ni las señoras ni yo». (Mamá Angélica Mendoza)

Mamá Angélica sigue sin saber dónde está su hijo Arquímedes que, el 2 de julio de 1983, fue sacado de su casa por los militares.

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Mamitas de ANFASEP y sus familiares esperan inicio de lectura de sentencia en Sala Penal Nacional. / Créditos: Isabel López Meza

Cerca del mediodía, las mamás de ANFASEP ingresaron a Sala Penal Nacional para la lectura de sentencia. Los acusados no estaban, pero sí sus abogados. Los jueces ingresaron e informaron que se suspendería la lectura de sentencia hasta el día siguiente a las 6 de la tarde. ¿La razón? No habían terminado de ponerse de acuerdo sobre varios puntos de la sentencia. Las mamás, varias de las cuales solo hablaban quechua, no entendían lo que pasaba: los jueces ya no estaban en la Sala y los encargados de Seguridad les hacían señas para que se fueran. En el patio, su defensa les explicó lo que había ocurrido. Varias mamás empezaron a llorar:

«Una vez más, no podemos ser discriminados. Nosotras nuestras cosas dejando hemos venido. Nos ha dicho para las 11 de la mañana. Todas las mamás que hemos venido de allá, no es fácil. Acá pagamos nuestro alojamiento, pagamos nuestra comida, desayuno, almuerzo. Cómo es posible discriminación todavía hasta ahora vamos a sufrir. Las personas quechua hablantes vamos a estar discriminados. Hasta cuándo vamos a ser así. Por eso, mi indignación por las autoridades. Como si nada, ellos dicen ‘vamos a postergar para mañana a las 6 de la tarde’. No es así tampoco. De nosotros nuestros buses salen a las 10 de la noche. Ya tenemos pasaje también. Vamos a quedarnos. Más fuerza nos da. Aunque sea dormimos pero no vamos a dejar con su gusto de ello». (Adelina García)

Quedarse un día más en Lima significaba dejar a sus chacras solas por más tiempo. Y ahora tendrían que pedirles a sus familiares que, por favor, cuidaran su chacra dos días más. Quedarse también era más horas de angustia. Después de 11 años de espera, ellas habían creído que, por fin, había llegado el día en que el Estado peruano sancionaría a los responsables de las desapariciones de sus familiares. ¿Por qué jugar con las expectativas de familiares que llevan 34 años en la búsqueda de justicia? Si los jueces ya sabían que la sentencia no estaba terminada, ¿no habría sido correcto avisarles con anticipación a las agraviadas, considerando que venían desde Ayacucho y tenían entre 50 y 88 años.

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Mamitas de ANFASEP luego de que se enteraran que se suspendió la lectura de sentencia. / Créditos: Isabel López Meza

Sumado a ello, estaban los gastos: alojamiento, alimentación y pasajes. ¿Acaso el Estado les iba a cubrir su estadía por dos días? No. La decisión de la Sala, además de no haber sido comunicada a tiempo, no consideraba el hecho de que la lectura de sentencia podría extenderse hasta la madrugada. ¿Qué persona anciana puede permanecer despierta 24 horas seguidas? Además de ello, ¿qué medios masivos se comprometerían en cubrir toda la lectura de sentencia? La historia volvía a repetirse: En el año 2016, el Juez Brousset, quien también era presidente de la Sala, había programado la lectura de sentencia del caso Accomarca para la noche.

«Esta justicia que tarda ya no es justicia. Una esperanza más para mí está un poco lejos. Pero mañana, yo pido a Dios que sea una sentencia condenatoria para estas personas». (Adelina García)

Las mamás cambiaron sus pasajes de bus. Y el jueves volvieron a la Sala Penal. Esta vez, desde las 3 de la tarde. La lectura de sentencia empezó con dos horas de retraso: a las 8 de la noche. Los 4 acusados no llegaron. 3 de sus 4 defensores legales, sí. El abogado César Nakasaki no acudió.

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Afuera de la Sala Penal Nacional, jueves 16 de agosto de 2017 / Créditos: Isabel López Meza

Ni bien ingresaron los jueces a la Sala, las mamás se sacaron los sombreros y así permanecieron hasta las 3 y 20 de la madrugada, hora en la que terminó la lectura de sentencia.

Avances y contradicciones

La sentencia reconoció que en Ayacucho, en 1983, se desarrolló una política antisubversiva que violentó derechos humanos: detenciones, torturas, desapariciones y la construcción de un horno en el cuartel Los Cabitos para quemar los cuerpos de las víctimas. Ello, relacionado con la  existencia de un destacamento de inteligencia dirigido por Edgar Paz Avendaño. Los jueces condenaron a los coroneles Édgar Paz Avendaño, de 79 años, y a Humberto Orbegozo Talavera, de 75, a 23 años de prisión y 30 años, respectivamente. También, ordenaron una reparación civil de 200 mil soles para los familiares de los desaparecidos y 150 mil soles para las personas que fueron detenidas y torturadas en el Cuartel Los Cabitos en 1983.

La Sala, por 2 votos a favor y 1 en contra, absolvió al coronel Roberto Saldaña Vásquez, jefe del Estado Mayor Administrativo, por falta de pruebas. Los jueces reservaron la sentencia contra el general Carlos Briceño Zeballos, de 90 años, y el coronel Carlos Millones D’estefano, de 86 años, por demencia senil y temas de salud mental. Con estas condenas, no se sancionó a los militares de rango mayor, sino a los 2 oficiales que se ubicaban en el centro de la organización.

La sentencia, también, excluyó el delito de secuestro agravado y se refirió al delito de «abuso de autoridad agravada» y «detenciones arbitrarias». Sin embargo, en su Informe Final, la CVR consideró que las violaciones de derechos humanos cometidas por las Fuerzas del Orden en «Los Cabitos» y «La Casa Rosada» (centro de operaciones del destacamento de inteligencia) eran de «secuestro y tortura», «secuestro y desaparición», y «secuestro, desaparición y asesinato».  Así, también, para la Fiscal se trataba del delito de secuestro agravado, debido a la permanencia de la víctima en el cuartel durante más de 30 días y, a veces de manera permanente; los daños a la integridad física; y la muerte durante el secuestro.

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Secuestrado y desaparecido  el 8 de noviembre de 1983 / Créditos: Isabel López Meza

Mamá Rosita lloraba. Su esposo no había sido considerado como víctima desaparecida por insuficiencia de pruebas. Según la sentencia, las denuncias fiscales, como la que ella había realizado en 1983, no eran prueba suficiente. Mamá Rosita, la mujer que aprendió a criar sola a sus 7 hijos y pasó 34 años en búsqueda de justicia, no lo podía creer. ¿Qué era, entonces, su esposo para la justicia peruana? ¿Acaso no era cierto que, desde que fue llevado al cuartel, su esposa e hijos no volvieron a saber nada de él? El esposo de mamá Rosita fue uno de los 10 casos ―de un total de 34― que el tribunal no consideró como desaparecidos.

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Flores que las mamitas de ANFASEP llevaron para recordar a sus desaparecidos. / Créditos: Isabel López Meza

Casos de violencia sexual también fueron desestimados por la misma razón: insuficiencia de pruebas.

«(…) casi diez de la noche me sacó llamándome de mi nombre (…). Me llevó lejos para abajo, así para abajo lejos me ha llevado, de ahí me dice: ‘ya, desnúdate’. Me saqué todito mi ropa, me han hecho sacar todo, y me amarró así para atrás con soga delgaditos, bien, bien me amarró y me ha colgado para arriba. Después de colgarme me jalaba de mi pie para abajo: ‘concha su madre, habla terruca, terruca habla, qué camarada eres’. Música a todo volumen, música de Leo Dan, ésas músicas escuchaban, y hacían bulla, y otro se jugaba con la puntita de mi seno se jugaba y se reían, y después de mis vellitos me jalaban (…) después ya  me bajaba, y cuando me ha soltado al piso no podía ni poner mi ropa nada, nada. A la siguiente noche otra vez me llevó, el mismo castigo pasé. (…) Con su culata de su arma (…) siempre me tiraba por acá en el estómago. (…) se jugaba con mi seno, le gustaba jugarse con mi seno, con las puntitas me jalaban de mis vellitos para abajo». (Testimonio en audiencia pública de Lourdes Noa. Tenía 17 años cuando fue detenida por miembros del ejército el 8 de noviembre de 1983. / Sala Penal Nacional, 22 de agosto de 2012. Extraído de la investigación hecha por APRODEH sobre el caso en el año 2014.)

¿Qué clase de pruebas querían los jueces? ¿Fotografías, videos o escritos donde se dijera explícitamente que tal persona había sido detenida y estaba siendo torturada en el cuartel?

La Fiscal Luz Ibañez, quien dirige la acusación, dijo que presentará recurso de nulidad contra varios puntos de la sentencia: exclusión del delito de secuestro agravado, desacuerdo por la reserva de condena a 2 acusados, absolución de 1 acusado y el que se diera por no probado la desaparición de algunas víctimas por «insuficiencia de pruebas».

La noche estaba fría y lloviznaba. Las mamás de ANFASEP cubrieron sus sombreros con bolsas de plástico. Mientras enrollaban las fotos y las pancartas, conversaban sobre la sentencia. Se sentían preocupadas. Entendían que este dictamen, con todas las limitaciones, era el primer resultado jurídico que sancionaba a altos mandos por los crímenes cometidos en el cuartel Los Cabitos, pero también era muestra de la impunidad de nuestro país. Lo que más indignaba era el hecho de que los jueces, por mayoría, absolvieran a un acusado y se reservaran la lectura de sentencia de dos acusados porque estaban ancianos. ¿Acaso los jueces consideraron agilizar el proceso penal cuando supieron que varios de los familiares de las víctimas y testigos habían muerto porque ya eran mayores?

La lucha de las mamás de ANFASEP sigue. La sentencia, que es la primera del caso, solo se ha mencionado por tortura, desaparición y «abuso de autoridad/detención». Hay víctimas excluidas, hay prófugos sentenciados, acusados absueltos y delitos omitidos. Falta formalizar las denuncias por Cabitos 84 y 85.  Las mamás no saben cuándo ni cuántas de ellas regresarán a Lima para asistir a una audiencia o escuchar otra sentencia, quizás, «más justa». Sin embargo, saben que, desde Ayacucho, exigirán verdad y justicia, como siempre lo han hecho.

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Mamá Adelina García / Créditos: Isabel López Meza

Omisiones y silencio

Hace 34 años, en Lima, sus voces fueron silenciadas o, simplemente, no llegaron. Para Lima, la gran capital, los años 80, significó el retorno de la democracia. Para Ayacucho, fue el inicio de la lucha armada del grupo terrorista Sendero Luminoso. La solución del gobierno de Belaunde fue la militarización de Ayacucho en 1982. La CVR registró 7795 muertes y desapariciones ocurridas durante el gobierno de Belaunde como resultado de ese proceso de violencia (1980-1985). De éstas, el 48% fueron responsabilidad de Sendero Luminoso, mientras que el 45% fueron atribuibles a las acciones de las fuerzas de seguridad del Estado. Y fue en ese contexto, donde las madres de ANFASEP denunciaron las desapariciones de sus familiares en el cuartel Los Cabitos.

Con la sentencia, quedó probado que los Cabitos fue uno de los mayores centros de detención y tortura de personas jóvenes (10-25 años) que, en gran parte, eran civiles y no «terroristas». Las mamás siempre lo dijeron, lo gritaron. Y pocos las escucharon. El viernes 17 de agosto, la Sala, en parte, reconoció lo que ellas decían desde hace 34 años. Sin embargo, nuevamente, se están quedando solas.

Nuestro país sangra. Y ellas necesitan que nuevas generaciones caminemos a su lado. Los días que estuvieron en Lima, las mamitas se alegraron cuando vieron que algunos jóvenes se les acercaron, conversaron con ellas, fueron a la lectura de la sentencia, compartieron comida, les dejaron mensajes de otros amigos y les abrazaron.

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Mensajes que les dejaron jóvenes a las mamitas de ANFASEP / Créditos: Isabel López Meza

Las memorias de las madres ayacuchanas son nuestro maíz y nosotros, los jóvenes, somos el «nido que abriga la esperanza», el vientre del que brotan nuevos hijos. Caminemos con ellas, organicémonos para acompañarlas y agradezcamos a la vida porque ellas son el pancito de la ternura que nuestro país necesita para ser más humano:

«Aunque el tirano, te muerda, siempre serán maíz, maíz. Aunque te arranquen los ojos, siempre serás maíz, maíz». (Carlos Huamán) [3]

Así como ellas, seamos siempre maíz, maíz.

 

 

Notas al pie:

[1] Informe Final de la CVR

[2] APRODEH (2014). Cuartel Los Cabitos: Lugar de horror y muerte. [online] Disponible en: http://www.aprodeh.org.pe/documentos/publicaciones/legal/Cuartel_Cabitos_Lugar_de_horror_y_muerte.pdf [Fecha de acceso: 19 de agosto de 2017]

[3] Interpretación de Martina Portocarrero: https://www.youtube.com/watch?v=0S65eK4GK2k

Links de interés:

Palabras de Mamá Adelina, ANFASEP, sobre reprogramación de lectura de sentencia Los Cabitos

Declaraciones de Gloria Cano sobre reprogramación de lectura de sentencia múltiple Los Cabitos

Mamá Angélica en Sala Penal Nacional

Mamás de ANFASEP en Sala Penal Nacional

Lectura de Sentencia Los Cabitos 83 (agosto 2017)

Informe de la CVR sobre caso Los Cabitos

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Hacen falta abrazos

A propósito de la canción «Mexicana hermosa», de Natalia Lafourcade. 

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La noche limeña / Créditos: Isabel López Meza

Hace unas horas se publicó en YouTube la canción «Mexicana hermosa» y no dejas de escucharla. Te fascina, te calma, te consuela. Estabas triste y fue bello descubrir cómo una voz te decía que no te pusieras triste y que solo miraras el cielo, pues la noche era buena pa reconciliar el sueño. Sientes raro que alguien preste atención en tu dolor, en tus miedos, en tus ganas de gritar «¡por qué yo, siempre yo!».

«Mexicana hermosa, bandera latina.

No te pongas triste, solo mira al cielo:

si la noche se cubre de estrellas,

ya nosotros pasamos el duelo;

si la noche se cubre de estrellas,

ya nosotros calmamos la pena».

Mexicana hermosa, guatemalteca hermosa, boliviana hermosa, peruana hermosa, bandera latina. Las estrellas, el cielo y el viento son formas infinitas de calmar la pena, eso que llevas dentro y te angustia. No te pongas triste que aunque el cielo hoy no se cubra de estrellas, la neblina será símbolo de tu ser en calma.

«No te pongas triste, que tus ojos negros

son la llama inquieta, dulce ardor en mi consuelo».

Tus ojos, tu sonrisa y tus brazos son la llama inquieta que enciende la vida de otros. Tus ojos porque a través de tu mirada humanizas al otro. Tu sonrisa porque crea cercanía. Tus brazos porque envuelven cuando alguien necesita sentirse amado.

«Mexicana hermosa, morena bendita,

en tus ojos negros doblo mis apuestas:

hoy tu tierra marchita y eterna

ve nacer toda luz en su cuesta;

hoy tu tierra marchita y eterna

roba besos y da primaveras».

La calma se esfuma cuando sientes que tu país se seca. La gente camina sin mirar abajo, sin mirar de frente. Sus ojos están puestos en la competitividad, en resaltar y decirle «al resto» que la felicidad existe, que la encontraron. Tú la buscaste y nunca te la topaste. Solo te rodeaste de miedos, quizás y frialdad. La gente pasaba pero no se te acercaba. Y, menos, te abrazaba. Suponía que estabas bien. Y, claro, solo tú sabías que no.

«Mexicana mía, preciosa María:

no te olvides nunca que eres poderosa.

A tu manto, pasión colorida,

yo le canto mi copla y mi prosa;

a tu manto, pasión colorida,

yo le canto pa toda la vida».

En medio de esa superficialidad, alguien se fijó en ti, en tus dolores, en tus ganas de mandar al carajo. La canción se fijó en ti. Y lo hace cada vez que haces clic en «repetir». Nace la luz y, con ella, de nuevo, la esperanza. Esperanza de no sentirte sola, de sentirte digna, de saberte humana.

Así como la canción, ahora, recuerdas que, alguna vez, alguien prestó atención en tu existencia. No sabías si  esa persona sufría problemas parecidos a los tuyos. Solo tenías la certeza de que se había fijado en ti y te invitaba a continuar el camino, a cantarle a la vida, a sentirte viva. ¿En cuántas vidas te fijaste tú? ¿Con cuántas vidas caminas hoy?

Las abuelas de la Plaza de Mayo esperan encontrar a sus desaparecidos.

Las mujeres de Atenco existen y sí fueron violadas, aunque el Estado Mexicano lo niegue.

Las indígenas esterilizadas a la fuerza durante el gobierno de Fujimori claman justicia.

Las lesbianas, gays, homosexuales y transexuales piden el reconocimiento de sus derechos como parte de un Estado Laico.

Quienes miran sus territorios destruidos por megaproyectos aún luchan.

No tener con quién compartir la pena enferma, deprime. Tú lo sabes. Lo vives. Pero también recuerdas que es parte de tu humanidad, y que eso no te impide fijar la vista en otros, como un día lo hicieron contigo. No fue una, sino varias las veces en las que te abrazaron y te devolvieron la dignidad. Y siempre, siempre te faltarán abrazos, pero eso no te paralizará.

Tropieza. Llora. Manda al carajo si quieres. Pero resiste junto a otros. Contramarea.

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Durante la marcha por el día de la mujer en Lima (8 de marzo de 2017) / Créditos: Isabel López Meza

Sobre los días sin agua y el derecho a la vida

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Mural realizado en el colegio del centro poblado El Tambo, Cajamarca. / Créditos: Isabel López Meza

Los huaycos, inundaciones y lluvias intensas en el norte y centro del país también afectaron a Lima. La gran capital se quedó sin agua potable y nosotros, los que aquí vivimos, no lo pudimos creer. Durante casi tres días, nos la tuvimos que ingeniar para ―literalmente― sobrevivir. Días después, un amigo, con pensamiento neoliberal, me contó que su familia había comprado 3 bidones de agua ―de siete litros cada uno― por si volvían a cortar el agua. También, me dijo que había llegado a la conclusión de que le podía faltar todo, menos el agua. Sin agua, no podría vivir.

―Fíjate que las rondas campesinas (1) de Cajamarca piensan igual que tú. ¿No quieres que te avise de alguna marcha contra el megaproyecto Conga para que me acompañes?  Sería interesante escucharte gritar ‘Agua sí. Oro no’.

Él sonrió, pero no me respondió. Nos quedamos en silencio durante algunos minutos. Y yo me puse a pensar en lo que ocurriría si cada uno de nosotros se diera la oportunidad de abrir su corazón para escuchar a los pueblos indígenas y no lo que los medios de comunicación dicen de ellos.

El rondero Manuel Ramos nos diría que las rondas campesinas defienden sus territorios ancestrales de las empresas mineras, porque es defender la vida de todos:

«Nuestra Pachamama nos da el pan todos los días, y es la fuente de nuestra vida, de nuestra existencia, de nuestra cultura. Ella guarda la memoria de nuestros ancestros y recibe nuestro cuerpo cuando morimos. Por eso, las rondas campesinas debemos cuidarla, protegerla y defenderla, pase lo que pase, para las futuras generaciones que vendrán después de nosotros». (Testimonio de Manuel Ramos, 2017)

Elvira, rondera de Jadibamba, nos contaría que en las cabeceras de cuenca, donde se ubican las lagunas que desaparecería el megaproyecto Conga, está el pasado, presente y futuro de todos:

«Los gobiernos de turno no pueden imponernos megaproyectos que destruyan nuestra naturaleza y nuestra vida». (Testimonio de Elvira, 2017)

Si los medios de comunicación visibilizaran las voces de estos pueblos en lugar de distorsionar sus palabras y acciones, varias personas dejarían de llamarlos «radicales», «antidesarrollo», «terroristas». Quizás comprenderían que la lucha de los pueblos originarios de Cajamarca es por la defensa de la vida. Porque vida es para ellos sus lagunas, sus bosques y sus ríos. Porque para ellos la Pachamama o Madre Tierra también tiene derecho a una vida digna.

Si quienes vivimos en este país realmente nos tomáramos en serio el escuchar a estos pueblos y a la Madre Tierra, quizás seríamos miles los que saldríamos a las calles a marchar para que el Estado respete el derecho al consentimiento de los pueblos indígenas y declare la nulidad de todas las concesiones mineras y petroleras que hay en sus territorios ancestrales.

Si el ruido de este Sistema Neoliberalista nos dejara sentir el dolor de nuestros hermanos indígenas y los gemidos de sufrimiento de la Tierra, quizás también nos arriesgaríamos a apostar por un modelo económico que respete a la naturaleza y se base en la igual dignidad de todos los pueblos. Quizás también caeríamos en la cuenta de que los huaycos, lluvias e inundaciones que hoy vivimos son consecuencia de la contaminación, del extractivismo, del despojo territorial que sufren los pueblos por parte de los Estados para dar paso al «desarrollo monista y colonialista».

«Si estos quizás se hicieran realidad, otra sería la historia», pensé. Y junto con estas palabras, vinieron mis ganas de llorar.

―¿Qué pasó? ¿Estás bien?

―Sí.

―Tus ojos están brillosos.

―Ah, es que se me vinieron varias ideas locas, pero también bonitas. Imaginé a miles de personas en una marcha contra el extractivismo y la apuesta de otro modelo económico.

―Alucinas demasiado, pero creo que es tiempo de buscar alternativas para crecer económicamente sin dañar el medio ambiente.

Al escucharlo, sentí que su pensamiento colonialista se había rajado un poquito. No todo está perdido. Y, como él, habrá otros a los que la vida misma los descolonizará.

***

Aprovecho este post para compartir un video sobre los pueblos originarios de Cajamarca y las razones por las cuales, desde hace más de cinco años, siguen resistiendo la imposición violenta del megaproyecto minero Conga.

Notas al pie:

(1) Las rondas campesinas son una forma de organización de los pueblos originarios en Perú. Poseen reconocimiento constitucional (Artículo 149 de la Constitución Política del Perú y ley de rondas campesinas- Ley Nº 27908).

Sobre el derecho al consentimiento de los pueblos indígenas y las buenas nuevas del Reino de Dios

Los evangélicos del pueblo Achuar del Pastaza ya no practican la wayús, no beben masato y tampoco cantan en su lengua materna. Les han enseñado que hacerlo es pecado. Y el Dios de la Vida llora. Llora por tantas mentiras impuestas en su nombre.

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Amanecer en camino al pueblo Achuar del Pastaza / Créditos: Isabel Del Pilar López Meza (FENAP-IIDS)

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Eran las tres y media de la mañana en la comunidad nativa «Nuevo Perú», ubicada cerca del río Huasaga, Loreto. El cielo estaba oscuro, corría un poco de viento y los grillos hacían ruido. En la casa de Lucas Ayui*, había una fogata, en la que hervía la wayús, una planta que el pueblo Achuar toma como té de madrugada, mientras reflexiona, hace catarsis y planifica lo que vendrá en las siguientes horas y a futuro. Aquel día, la familia de Lucas tenía cinco invitadas. Yo era una de ellas. Todas estábamos sentadas alrededor del fuego.  Corría el mes de octubre de 2016.

Aaron cogió un recipiente de madera, se acercó al fogón y lo llenó del té de la wayús. Bebió un poco y, luego, le pasó al de su costado. Mientras tanto, cada una de las personas decía sus impresiones del primer día de asamblea, cómo se sentían y las inquietudes que les surgían. Comenzaron a hablar también de su familia, sus hijos, con quiénes habían venido, los planes a futuro. Era mágico ver cómo los achuar enlazaban la lucha de su pueblo por un territorio integral y libre de contaminación con su visión familiar.

El reloj marcó las cuatro y media cuando fueron silenciados. Desde el local de la iglesia, y a través de unos parlantes, voces agudas se mezclaban con ritmos que oscilaban entre el huayno y la música tropical: «Solamente en Cristo, solamente en él, la salvación se encuentra en él».

Diego nos dijo que todos los días ocurría lo mismo. La wayús era interrumpida por «coritos evangélicos». De hecho, nos contó que varias de las familias evangélicas dejaron de practicar la wayús. No sabe si por la música a todo volumen o porque dedicaban ese tiempo a algo más «cristiano». Lo cierto es que no volvió a verse fogones en sus casas.

En la biblia, hay un versículo que dice: «Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan». (Reina Valera -Proverbios 8:17). Conozco a personas que buscan de madrugada a Dios. Por influencia de mi madre, yo también lo hacía. Desde que tengo memoria, la recuerdo con las rodillas dobladas, el rostro en el suelo y su voz entonando canciones de la iglesia. Es una imagen muy bella. Siempre admiré su constancia. En su caso, ella aprendió en la iglesia que debía levantarse temprano para buscar a Dios con sus primeros pensamientos del día. ¿A los achuar evangélicos también les enseñaron lo mismo?

Lo que vi en la comunidad «Nuevo Perú» me hace pensar que sí. Y no me parece mal. Pero lo que sí me incomoda es que esa tradición cristiana occidental haya sido impuesta de manera no consentida a todo el pueblo. ¿Será acaso que solo a través de coritos ―que son importados desde otras culturas― puedes buscar a Dios?

Proverbios es un libro poético. Es decir, utilizó diversas figuras literarias, poemas y parábolas para enseñar al pueblo de Israel sobre sabiduría, justicia, moral y equidad. Por tanto, debiera leerse como un poema, identificando las imágenes que nos quiere mostrar el autor. El capítulo 8 habla sobre la sabiduría. Sí, la parte que le enseñaron a los achuar hace referencia a la sabiduría. Y el versículo 17 en la versión «Dios Habla Hoy» se traduce en: «Yo amo a los que me aman, y los que me buscan, me encuentran». La palabra temprano no aparece. No se trata entonces de qué tan temprano se levante el creyente, sino de una búsqueda constante de sabiduría.

Quienes llevaron el mensaje de las buenas nuevas a los achuar les enseñaron a buscar a Dios de madrugada sin considerar la vida espiritual, cultural y social del pueblo. Su tradición evangélica fue impuesta de manera arbitraria. Así, el altoparlante debe anunciar a todos que es momento de alabar a Dios. Pienso en esto y me pregunto ¿cuál es la necesidad de colocar un parlante a todo volumen justo a la hora en que el pueblo practica la wayús? ¿Por qué justo a esa hora?

El apu Samuel me explica que la iglesia nunca les preguntó si podían ingresar al pueblo para cambiar sus costumbres por unas que vayan más acorde a su imagen de evangelio.

El proceso de implantación de las misiones evangélicas en territorio achuar comenzó en los años cincuenta, poco antes de que los salesianos (católicas) ingresaran. Y ya, desde aquellos años, los evangélicos animaron a los achuar a demandar bienes industrializados, ingresar al modelo de acumulación de capital y aculturizarlos. Por ejemplo, a través de la implantación de pistas de aterrizaje, pese a que también se podía llegar por río o a través de caminos ancestrales. A diferencia de este modelo, el padre salesiano Luis Bolla o Yánkuam (nombre en achuar que significa «estrella de la tarde»), desde que inició el proceso de evangelización a este pueblo en 1971, utilizó los caminos ancestrales. Él no buscó convertirlos a la fuerza, sino llevó el evangelio con «rostro achuar». ¿Qué rostro de evangelio llevan las misiones evangélicas a los pueblos indígenas?

Juan dice que las iglesias evangélicas ―en otras comunidades de su pueblo― prohibieron a sus miembros entonar cánticos en achuar: «En el colegio, los niños de familias evangélicas dicen que no pueden cantar en su lengua materna porque está mal». ¿Es que el achuar ahora es calificado como lengua del diablo? Sería bueno que quienes lo prohibieron nos explicaran en qué parte de la Biblia existe un inventario de lenguas prohibidas. Yo no lo he encontrado. «Ellos entran y tenemos, otra vez, división. Generan división», dice otro apu. Las cuencas donde habitan los achuar están divididas. Una cuenca es evangélica; la otra, católica.

Los achuar evangélicos dejaron de usar la indumentaria de la comunidad. Ahora, visten de manera occidental: pantalón de tela, camisa mangas cortas y una correa. En algunos casos, zapatos negros. ¿Es que la Biblia también indica un modelo de vestir a los creyentes? No sé ustedes, pero yo no me he topado con ningún protocolo bíblico de vestimenta.

La cultura evangélica occidental también llegó a las bebidas. El apu Gabriel, desde que se convirtió en pastor evangélico, me dice que ya no toma masato, una bebida tradicional que se produce por la fermentación de la yuca, y que es una excelente fuente de energía por su gran cantidad de vitamina B, potasio, zinc, magnesio e hidratos de carbono. A él, le enseñaron que tomar masato es pecado, porque contiene alcohol. Paradójicamente, los achuar, desde tiempos anteriores, toman masato. Basta que tengas unos meses de nacido para añadirlo a tu dieta diaria.

Las iglesias deberíamos entender que el derecho al consentimiento libre, previo e informado de los pueblos indígenas ―reconocido internacionalmente y con carácter vinculante― también se aplica a las misiones religiosas. Éstas no pueden ingresar arbitrariamente a una comunidad para convertirse en legitimadores de un sistema occidental capitalista y uniforme que despoja a los creyentes de su cultura y espiritualidad para hacerlos a imagen y semejanza de ellos y no de Dios. Sí, porque son ellos quienes se han acostumbrado a buscar a Dios en la madrugada. Porque son ellos quienes solo cantan en español. Porque son ellos quienes visten como ciudadanos de La Gran Capital. Sí, son ellos quienes creen tener la verdad por el simple motivo de venir de un lugar «desarrollado».

Desarrollo. ¡Cuántas veces hemos leído el desarrollo en términos monetarios, industriales y urbanos! ¡Basta de imponer esta clase de desarrollo a los pueblos! Ellos tienen sus propios planes y proyectos económicos, sociales, culturales y espirituales con relación al buen vivir.  Y es deber de las empresas, los Estados y las misiones religiosas respetar el derecho al consentimiento de los pueblos, pues están vinculados al respeto a la vida y al proyecto de vida. Y eso lo saben los pueblos indígenas, porque día a día se enfrentan a la muerte por evitar que impongan por la fuerza megaproyectos extractivos en sus territorios ancestrales. Lo mismo se aplica a las misiones religiosas. Los pueblos deben enfrentarse con misioneros que buscan convertirlos por la fuerza y a costa de su muerte cultural, económica, social y espiritual. Y cuando digo fuerza, no hago referencia a violencia, sino a la compra de creyentes: obtienen el permiso de construir iglesias a cambio de víveres, ropa, gaseosas. Compra-Venta. Negocio. Prostitución del evangelio diríamos.

Que la misión pueda construir un templo en la comunidad es el otorgamiento de parte de su propiedad en alquiler. No significa que tenga el derecho a hacer lo que quiere en ese espacio, que le sigue perteneciendo al pueblo. En todo caso, de lo que se debiera tratar es de un diálogo intercultural, que empieza por el conocimiento del otro y también de sus derechos. ¿Cómo es el otro con el cual te quieres relacionar? ¿En qué tradiciones culturales, sociales, económicas y espirituales del pueblo miras al Dador de la Vida? La búsqueda de respuestas a estas preguntas debería acompañarse con reflexiones sobre el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo sobre pueblos indígenas y tribales, la Declaración de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos relacionadas a pueblos. Sí, no se trata de capacitar misioneros para vivir en «condiciones extremas», sino de instruirlos en derechos de pueblos indígenas para que se sumen a la visión y lucha de los pueblos por la defensa de su cultura, de su territorio integral y de un medio ambiente libre de contaminación.

Ya es hora de comprender que nuestro Dador de la Vida se rebeló a estos pueblos mucho antes de que los misioneros llegaran. Es deber de ellos y de nosotros develar a Dios en su proyecto de buen vivir. Desnaturalizarlo, a través del evangelio, es anatema.

(*) Por razones de cuidado, cambié los nombres de los apus, autoridades indígenas.

Un verde claro y un carmín encendido

Hoy despertaste con ganas de una caricia, un abrazo y un hombro para recostar la cabeza. Tu corazón tiene ganas de salir y volver a perderse por allí, por alguna calle melancólica, que se parece mucho a esos jirones estrechos y sin faroles del Centro de Lima. Levantas la mirada y te deprimes. No hay estrellas. No hay luna. Y hace frío. ¡Cuánto darías por un susurro que te caliente el rostro y, de paso, el alma! Las horas pasan. El tiempo también. Pero tú pareces perdida en el tiempo y las contradicciones de tu naturaleza.

Buscas formas diferentes de vivir sin deberte nada. Tu sueño de un amor compartido, de un amor suavecito muy lejos de la ciudad, se hace realidad. Sin buscarlo, aprendes a amar hasta la locura. Y no te refieres al hecho de perder la cabeza por un chico que te empieza a interesar, sino al amor comunitario:

cuando sales a marchar a las calles

cuando planeas con tus amigos la formación de un partido político

cuando entrevistas a líderes indígenas

cuando te amaneces en un karaoke con tus mejores amigos

cuando gritas descontroladamente en los centros comerciales y tu amiga te dice que te calles.

cuando sales con tu madre y tu hermana a beber cocteles de algarrobina y brindar por la tesis que aún no terminas.

Eso es el amor para ti. Ya no es un cuento de hadas con final romanticón. Tu mal de amores está en calma. Tus emociones no tienen apuro. Y aunque a veces, como hoy, tienes ganas de encontrar a alguien con quien compartir tus sueños, temores, escritos y peleas, sabes que eres capaz de amar de otra forma. Por ejemplo, cuando te entregas a las comunidades, a tu familia, a la tesis y a tus amigos. Y amas. Amas hasta la locura porque no quieres desamarte, desarmarte, desalmarte.

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Desnudo Azul II, by Henri Matisse

Echas tu suerte con los pobres de la tierra. Dejas que el arrullo de la sierra te consuele más que el mar. Tus versos son de un verde claro y de un carmín encendido. Sigues siendo un ciervo herido que busca en el monte amparo. Guantanamera.

Unsung psalm / Salmo (NO) reconocido

«Some would call me a cheat, call me a liar

Say that I’ve been defeated by the basest desired

Yes I have strayed and succumbed to my vices

But I tried to live right».

«Algunos me llamarían un tramposo, me llamarían mentiroso

Dicen que he sido derrotado por el más vil deseo

Sí, me he desviado y he sucumbido a mis vicios

Pero traté de vivir bien».

Tracy Chapman dice que le hubiera gustado tener una túnica blanca, estar envuelta en una luz celestial, pero no puede. Se siente caliente y mojada. Siente calor y es la pasión. El amor que no se puede negar. Y no se arrepiente, pero siente tristeza por el dolor que ha causado.

Quizás estas también fueron las palabras del Gaucho Cisneros, el General del Ejército que aprendió a vivir de planes y no de sueños. No. En realidad, no son palabras del Gaucho, sino del padre que engendró Renato Cisneros en la novela «La distancia que nos separa». ¿Por qué se le hizo tan primordial «descubrirlo, escribirlo y convertir» su relato en una especie de ofrenda? No lo sé, pero pienso que tal vez tengan relación con las cosas que en mí surgieron, mientras lo leía: La necesidad de reencontrarme conmigo, de saberme parte de algo, de conocer mis raíces, de dejar de ver a mi padre como un problema.

El Gaucho, aquel villano nacional de los años setenta y ochenta, también era humano. Y estaba hecho de heridas. Su uniforme de general fue solo la venda, la parte visible. Por dentro, las heridas sangraban, y los sueños eran presos de sus propias balas. ¿Cómo amar el tiempo de los intentos cuando tus juramentos deslenguados se apagan y no terminan como los cuentos de hadas, con finales felices para siempre? ¿Cómo amar la hora que nunca brilla cuando tu familia militar te condena por defender la poca honra que le quedaba a tu país?

«If there is one thing I know I know I will die

If anyone cares some stranger my critique my life

I may be revered or defamed and decried

But I tried to live right».

«Si hay algo que sé es que me voy a morir.

Si a alguien le interesa, algún extraño me crítica mi vida,

Puedo ser venerado o difamado y denunciado

Pero traté de vivir bien».

El Gaucho dejó de sangrar el día que murió. Cada palabra del relato de su hijo es una herida que cicatriza y lo hace más parecido a Renato. Es decir, más humano. Al imaginar a su padre, no puedo evitar pensar en el mío. Y en lo problemático que ha sido para mí su existencia. Él murió cuando tenía dos años, pero hasta ahora me persigue. Él y el que me haya enterado de que tenía otra familia, otros hermanos, y que existió una mujer que lo marcó antes que mi madre.

«Mis padres fueron amantes. Nunca se casaron de verdad. Valentina, yo y Facundo somos hijos naturales. Antes no podía decirlo, pero ahora sí encuentro orgullo y un placer y una revancha en usar esas palabras, en escribirlas sin avergonzarme ni juzgar ni pontificar ni victimizar a nadie. Antes no podía saberlo pero ahora sí sé que la historia de mis padres, como la de Nicolasa con el cura Gregorio Cartagena, o la de Luis Benjamín con Carolina Colichón, o la de Fernán con Esperanza Vizquerra, es la historia de una pasión que triunfa, una pasión que va en contra de un orden convencional, y que logra que una familia de palabras moral y culturalmente sucias como infidelidad-adulterio-bigamia-ilegitimidad se vuelvan, al menos para mí, amigables y limpias y dignas y sensibles y humanas. Me dan ganas de abrazar esas palabras, de acogerlas como si fuesen mendigos o perros de la calle; de nombrarlas y reivindicarlas por cada vez que alguien las rechazó, por cada vez que alguien prefirió dejarlas ocultas en el sótano de su biografía para regodearse con términos y sustantivos más aceptados».

Soy hija del segundo compromiso de mi padre. Y a los 15 años me dolió confirmar que su familia nunca nos quiso. Creo que todavía me duele, pero algo me consuela. Y es el álbum familiar que tengo en casa. Cuando veo las fotos de mis padres lo que siento es amor. No sé de qué material habrá estado hecho su amor, pero sé que fue lo suficientemente fuerte como para protegernos a mi hermana y a mí por dos años. Así como para Renato Cisneros, la palabra infidelidad es parte de su abolengo, para mí lo es la frase «las otras».

¿Alguien puede sangrar y decir lo suyo a tiempo y sin remedio? Yo creo que sí.  El Gaucho, por ejemplo. Él se hizo de la vida, a pesar de que su gran amor se convirtió en un matrimonio frustrado. Su vida fue una serie de metas laborales y, también, familiares. Llegó a ser ministro dos veces. Creó una familia dependiente de él. Pero sin quererlo, también hizo más lejana la distancia entre sus hijos y él. Quizá para acortar esa distancia es que él se dejó morir.

«(…) Controlaste hasta tu propia muerte. Te moriste en el momento adecuado: cuando yo todavía podía descubrir mis talentos y reeducar mi manera de ser. Si te hubieses muerto después quizá ya habría estado hecho muy a tu medida, y hubiese sido imposible o más difícil cobrar autonomía. (…) Si vivías más tiempo, hubiese crecido más influido todavía. Lo mejor que hiciste por mí fue dejarte morir».

La muerte del Gaucho significó el despertar de Renato Cisneros, hijo del Gaucho, y no del hijo del Gaucho (así, sin nombre propio). Fue un final doloroso, pero necesario. Las flores que crecían dentro de Renato pudieron salir y convertirse en primavera, y luego en estaciones. Pese a que siempre hubo una sombra que no lo dejaba tranquilo, la última oración del relato de su padre también se convirtió en la última herida cicatrizada de su padre. A través de la historia, Renato se reencontró consigo mismo. Y se reconoció en un pasado que ahora es tan suyo, como el padre que engendró en ese relato. En mi caso, terminar de leer «La distancia que nos separa» fue reencontrarme con mi padre y aprender a amarlo con los errores que mi madre, hermana y yo tuvimos que cargar, pero también significó agradecerle por algo. Su muerte. Mi madre me dice él que fumaba todo el día, que era un poco machista y que, los últimos meses de su vida, tomaba mucho. Dice que si estaría vivo, no me habría dejado estudiar en la capital, tampoco me habría dejado vivir seis meses fuera del país, y mucho menos habría aceptado mis caídas sentimentales. No. Él quería que sus hijas fuesen fuertes, valientes, pero que vivieran alrededor suyo. ¿Podría acaso yo atreverme a llamar vida digna a ese futuro incierto que nos habría esperado a su lado? No. Y hoy, como Cisneros, creo que mi padre es cicatriz, no es herida. Ya no.

«Do you live by the book? Do you play by the rules?

Do you care what is thought by others about you?

If this day is all that is promised to you

Do you life for the future the present the past?».

«¿Vives por un libro de reglas? ¿Juegas por las reglas?

¿Te importa lo que piensan los demás sobre ti?

Si este día es todo lo que te prometiste,

¿Es tu vida para el futuro, el presente, el pasado?».

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leertodo.com

Zulma: La historia de un canto encarcelado (I parte)

Zulma G. vive en la Asociación de Vivienda Hubert Lanssiers, Chosica (Perú). Sus ojos son de color castaño. Tiene sesenta años. Nueve estuvo encerrada en el penal de máxima seguridad para presos por terrorismo, anexo 2 de Santa Mónica. Fue acusada de pertenecer al Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Es una mujer risueña y sin miedo a decir lo que piensa. En la asociación todo el mundo la conoce y, también, la respeta. Una de sus vecinas dice que estar en prisión no mermó su liderazgo; al contrario, la hizo más fuerte y desafiante. Sus labios son delgados. Casi nunca se los pinta.

En los ojos castaños de Zulma se puede descubrir un brillo de tristeza. Nadie ni nada podrá borrar de su memoria los nueve años que estuvo en prisión. Para ella, las disculpas públicas del expresidente Alejandro Toledo, con motivo de la presentación del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación en el año 2003, no sirvieron de nada. «¿Para qué pidió disculpas si después no hizo algo para mejorar nuestra situación? Nosotros solos hemos tenido que luchar para que se nos reconozca alguna reparación. Hemos hecho juicios. Esta propiedad es una reparación, que ha beneficiado a 780 indultados por terrorismo y traición a la patria», dice. Las patas de gallo que rodean sus ojos son notorias. Los años no han pasado en vano; hoy su rostro se encuentra marcado por arrugas y también pecas. Los recuerdos de aquellos nueve años de encierro vienen a la memoria y, también, los sentimientos que la embargaron en aquel entonces.

―Fui encarcelada el 13 de julio de 1990.

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Lirios. Cuadro de Van Gogh

Pena de muerte en los Estados Unidos: ¿Crímenes perfectos?

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Clayton Lockett. Créditos: http://www.huffingtonpost.es

El 29 de abril de 2014, Clayton Lockett, condenado a muerte  por violación y asesinato en el estado de Oklahoma (Estados Unidos), falleció de un ataque al corazón masivo, mientras estaba atado a la camilla donde intentaban acabar con su vida después de que se suspendiese su ejecución porque ―como él mismo balbuceó― «algo no andaba bien». Sí, Clayton Lockett vivió durante 43 minutos después de que se le inyectase el primer fármaco de los tres que componen el protocolo para acabar con la vida de alguien mediante la inyección letal. Paradójicamente, aquella era la primera vez que el estado de Oklahoma usaba en la ejecución de un reo el fármaco conocido como midazolam, un sedante que se vende bajo la marca comercial de Versed y que ahora sustituye a la anestesia con pentotal sódico, requerida según el protocolo de la pena de muerte. Adam Leathers, codirector de la Coalición para Abolir la Pena de Muerte de Oklahoma, acusó al gobierno estatal de haber «torturado a un ser humano en un acto malévolo experimental e anticonstitucional».

Ante la polémica suscitada por la ejecución fallida de Lockett, la gobernadora de Oklahoma, Mary Fallin, ordenó una investigación de los hechos y suspendió las ejecuciones durante las próximas dos semanas, además de exigir la investigación sobre la dosis de las drogas inyectadas. Barack Obama, presidente de los Estados Unidos, calificó la ejecución de Lockett de «inhumana» y «profundamente preocupante»; anunció que solicitaría al secretario de Justicia analizar los problemas que rodean la aplicación de la pena de muerte en su país. La Organización de las Naciones Unidas criticó a Estados Unidos por el sufrimiento que padeció el condenado a muerte.

Cuatro meses después de su muerte, el Departamento de Seguridad Pública de Oklahoma determinó que «la viabilidad del punto de acceso de la vía intravenosa fue el mayor factor único que contribuyó a la dificultad a la hora de administrar los fármacos en la ejecución». La autopsia también detectó una gran concentración de midazolam en el tejido contiguo a donde se colocó la vía. Por tanto, «el acceso intravenoso no era viable» cuando se inyectó el fármaco. Una serie de críticas ha vuelto a colocar en agenda el debate nacional sobre el protocolo de la pena de muerte y la existencia de ésta, como forma de castigo en Estados Unidos.

CADENA DE NEGLIGENCIAS REABRE EL TEMA

Estados Unidos es el quinto país con más ejecuciones en el mundo. La pena capital existe en 31 de 50 estados del país. Aquello no quiere decir que todos ellos lo apliquen, sino que algunos aún la mantienen porque no la han derogado. Durante el año 2013, solo se realizaron 39 ejecuciones, una de las cifras más bajas desde 1976, año en el que se reinstauró la pena de muerte en Estados Unidos. En el año 2014, fueron 35; y para el 2015, 28. Sin embargo, según datos de Amnistía Internacional, a nivel mundial, 2015 fue el año en el que se registraron mayores ejecuciones: la cifra aumentó un 54%. Se ejecutaron 573 personas más que en el año 2014: 1 634 personas ejecutadas en 25 países. No obstante, la abolición de la pena de muerte ha ido en aumento: 102 países, que es la mitad del mundo, no la permiten.

Según el Centro de Información sobre la Pena de Muerte (DPIC), el descenso de ejecutados en Estados Unidos se ha debido a la postura de las farmacéuticas estadounidenses y europeas, que han cortado el suministro de sus medicamentos para el uso en inyecciones letales en cárceles norteamericanas. Al mismo tiempo, la Comisión Europea, prohibió la exportación de determinados medicamentos fabricados en Europa con destino a las prisiones norteamericanas. La inyección letal está validada en 18 estados de Estados Unidos. Y los centros penitenciarios norteamericanos empezaron a quedarse sin pentotal sódico, el anestésico que se usaba en las penas capitales para dormir al reo antes de inyectarle en vena las otras dos sustancias que acabaran con su vida (el bromuro de pancuronio, que paraliza todos los músculos ―excepto el corazón― y corta la respiración, y el cloruro de potasio, que detiene el corazón, provocando, ya sí, la muerte).

Debido a la falta de fabricantes que deseen elaborarlos, las prisiones norteamericanas se han visto obligadas a encontrar nuevos fármacos, que no han sido tan eficaces.  El 15 de septiembre de 2009, Romell Broom, condenado a muerte en Ohio, sufrió de 18 pinchazos fallidos a lo largo de tres horas. La ejecución tuvo que ser suspendida; el reo sobrevivió.

Una de las últimas ejecuciones que generó controversia antes de Lockett ocurrió el 16 de enero de 2014, fecha en la que el estado de Ohio ejecutó a Dennis McGuire con una nueva combinación de fármacos a causa de la escasez de fármacos como el pentobarbital. Se usó una combinación de midazolam —un sedante— e hidromorfona, un analgésico, según el Departamento de Correcciones del Estado. De acuerdo con el testigo, Alan Johnson, del diario Columbus Dispatch, el proceso de ejecución llevó 24 minutos y al parecer McGuire luchó por respirar entre 10 y 13 minutos.

Para los activistas en contra de la pena de muerte, la probable inconstitucionalidad en los protocolos que aplican la pena de muerte ―básicamente, las inyecciones letales― se encuentra en el hecho de que viola la Octava Enmienda de la Constitución estadounidense. Ésta prohíbe castigos crueles e inhumanos. Solo se garantizaría este derecho si se aporta la información requerida para asegurar que una ejecución no constituya una tortura. Sin embargo, las prisiones norteamericanas no han sido transparentes para explicar cómo hacen para conseguir los ingredientes para las inyecciones letales.

Además de la dificultad en el protocolo de las inyecciones letales, otro de los elementos que ha permitido abrir un debate sobre la vigencia de la pena de muerte en Estados Unidos es el número de reos condenados a pena de muerte que han sido absueltos. Desde 1976 hasta 2015, 152 personas han sido liberadas del corredor de la muerte. Una liberación que causó controversia ocurrió en marzo de 2014. Se trató de un afroamericano llamado Glenn Ford, quien fue soltado de la prisión de Angola, en la que permaneció 30 años. La condena se había dado, pese a que la investigación carecía de testigos oculares, el arma del crimen estaba desaparecida y la única testigo mantenía una relación con otro de los sospechosos y había admitido que mintió al jurado. El jurado que lo condenó era en su totalidad gente «blanca».

Amnistía Internacional declaró que Ford es una «prueba viviente de cuán erróneo es nuestro sistema de justicia». Otra ejecución que también fue considerada un «error del sistema de justicia que avala la pena de muerte» fue la ejecución del ciudadano Edgar Tamayo Arias, llevada en enero de 2014. La Oficina de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos lamentó dicha ejecución y afirmó que se trató de una violación del derecho internacional. Tamayo Arias había sido sentenciado a muerte por el homicidio de un policía en Texas en 1994. El destino del señor Tamayo fue decidido por una junta directiva que se negó a hacer un análisis de la evidencia de que tenía retraso mental, y de que su juicio fue injusto como consecuencia de la violación de sus derechos consulares.

En medio de este contexto, CNN y ORC efectuaron una encuesta a principios de 2014, en la que el 50% de los estadounidenses expresó que la pena para el homicidio debería ser la muerte, mientras que un 45% señaló que debería ser cadena perpetua. El margen de error de la muestra generó un empate estadístico. Al mismo tiempo, el 56% de los hombres respaldaron la pena de muerte y el 45% de las mujeres también. Dichas cifras representaron un avance en cuanto al rechazo de la sociedad a la pena de muerte si se comparan con los resultados de una encuesta elaborada en 2013. En una encuesta realizada por Gallup, se descubrió que el 62% de los estadounidenses creían que la pena de muerte era moralmente aceptable, mientras el 31%, la consideraba moralmente incorrecta.

CONFLICTO LEGAL-ÉTICO

La cadena de negligencias cometidas en varias ejecuciones reabrió el debate nacional sobre el protocolo de la pena de muerte y la existencia de la misma como forma de castigo en Estados Unidos. Se está desarrollando en un escenario de conflicto social-ético-jurídico. El debate es marcado por la eficacia y transparencia de los fármacos empleados para las inyecciones letales, el porcentaje de reos condenados a muerte liberados, la probable inconstitucionalidad en los protocolos que se aplica en la pena de muerte, el presidente de la República, quien ha ordenado una revisión de los procedimientos de ajusticiamiento que siguen en 31 estados y la presión internacional.  Es probable que el tema de la pena de muerte vuelva a ser debatido en el Tribunal  Supremo. El Tribunal Supremo es la única corte establecida por la Constitución de los Estados Unidos, que posee la facultad de revisión judicial y la facultad de declarar inconstitucionales leyes federales o estatales y actos de los poderes ejecutivos federales y estatales. Sus decisiones no pueden ser apeladas.

¿Yo soy esto que arde?

Si hay algo que me llena de amor es caminar por la calle y sentarme en un parque.

Niña corre.

Pareja conversa.

Madre ríe.

Ladridos.

Abrazos.

Helados.

Yo miro.

Tengo ganas de ser uno de esos personajes del encuadre. Empieza a lloviznar.

¿Una gota de lluvia quizá? Una gota, una brisa o una piedra. Da igual. Solo quiero ser parte de la escena.

Llénate de mí.
Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.
Pídeme. Recógeme, contiéneme, ocúltame.
Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora,
Soy el que pasó saltando sobre las cosas,
el fugante, el doliente.

Pero siento tu hora,
la hora de que mi vida gotee sobre tu alma,
la hora de las ternuras que no derramé nunca,
la hora de los silencios que no tienen palabras,
tu hora, alba de sangre que me nutrió de angustias,
tu hora, medianoche que me fue solitaria.

Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.
Yo soy esto que gime, esto que arde, esto que sufre.
Yo soy esto que ataca, esto que aúlla, esto que canta.
No, no quiero ser esto.
Ayúdame a romper estas puertas inmensas.
Con tus hombros de seda desentierra estas anclas.
Así crucificaron mi dolor una tarde.

Quiero no tener límites y alzarme hacia aquel astro.
Mi corazón no debe callar hoy o mañana.
Debe participar de lo que toca,
debe ser de metales, de raíces, de alas.
No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve,
no puedo ser la sombra que se deshace y pasa.

No, no puede ser, no puede ser, no puede ser.
Entonces gritaría, lloraría, gemiría.

No puede ser, no puede ser.
Quién iba a romper esta vibración de mis alas?
Quién iba a exterminarme? Qué designio, qué? palabra?
No puede ser, no puede ser, no puede ser.
Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

Porque tú eres mi ruta. Te forjé en lucha viva.
De mi pelea oscura contra mí mismo, fuiste.
Tienes de mí ese sello de avidéz no saciada.
Desde que yo los miro tus ojos son más tristes.
Vamos juntos. Rompamos este camino juntos.
Ser? la ruta tuya. Pasa. Déjame irme.
Ansíame, agótame, viérteme, sacrificarme.
Haz tambalear los cercos de mis últimos límites.

Y que yo pueda, al fin, correr en fuga loca,
inundando las tierras como un río terrible,
desatando estos nudos, ah Dios mío, estos nudos,
destrozando,
quemando,
arrasando
como una lava loca lo que existe,
correr fuera de mi mismo, perdidamente,
libre de mí, Curiosamente libre.
¡Irme, Dios mío, irme!

-Pablo Neruda

Dejar el tiempo para sanar.

Dejar el tiempo para reaprender a querer, a amar, a entregar.

Ir a contramarea.

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Ilustración de Fito Espinosa

 

Gracia barata

¿Acaso podemos impedir que la fe caiga cuando se llega a la conclusión de que las estructuras eclesiales a las que uno pertenece han terminado pareciéndose a «una sociedad más, con sus caciques, sus accionistas, sus privilegios, sus funcionarios, y su burocracia, que solo ve la fe como una cosa etérea, que no tiene nada que ver con la vida; vale solo de nubes arriba»? Literalmente, fue ésta la descripción que Luis Espinal, sacerdote jesuita muy profético en tiempos de la dictadura de Hugo Banzer en Bolivia (1971-78), rechazaba ver en nuestras comunidades de fe. Ante los ojos de Dios y de los hombres, él clamaba para que el corazón de los hijos de Dios, los llamados a dar las buenas nuevas, no sea capaz de negociar con la injusticia y los principios individualistas de este mundo. Hoy puedo decir que el tiempo se ha acercado: aquí y ahora, es una realidad.

Toda la secundaria y los primeros años de la universidad, viví en una burbuja. Mi forma de pensar fue tan cuadriculada, que solo se enfocó en mi crecimiento espiritual, mi salvación, mi santidad, mi pureza y las victorias que Dios me daría por haberlo aceptado como MI Señor y Salvador. Para no contaminarme, evité juntarme con mis compañeros mundanos —término que se utiliza para categorizar a todos aquellos que no son cristianos. Ellos eran la encarnación de Sodoma y Gomorra. Y yo debía huir. Mi responsabilidad y relación con el mundo se limitó a orar por sus almas, encerrada en mi habitación o los domingos en la iglesia.

Un día, las dudas llegaron. ¿La razón? En lugar de fijarme en alguno de mis amigos de la iglesia, preferí fijarme en un ateo. Cometí el error de decírselo a mi líder de la iglesia. Ella, en lugar de seguir escuchando lo que me pasaba, me dijo que debía sacar de mi ser ese sentimiento. «¿Cómo un Dios de amor usa a sus hijas, mis líderes, para que me sienta mal por haberme fijado en un ‘no cristiano’?». Lograron que me sintiera mal, pero no quitaron de mí la certeza de que él era más cristiano que muchos amigos de la iglesia. Él me había enseñado que no necesitabas tener la etiqueta de «cristiano» para dolerte por las injusticias.

Mi mundo perfecto se hizo pedazos. Y las cosas del mundo me empezaron a agradar. Por ejemplo, la trova sustituyó a las canciones de la iglesia. Debo admitir que muchas veces me sentí mal, pero ese sentimiento fue confrontado con una pregunta: «¿Por qué debo pedirle a Dios que quite de mí todo lo que me haga carnal si eso me hace más humana y eso soy, humana?». Más que respuestas, aparecieron deseos prohibidos. «¿Está mal que tenga ganas de largarme de la iglesia?».

Descubrí que la grandeza de mi iglesia estaba en su edificación que mostraba una estructura imponente, pero que era incapaz de tocar a sus miembros anhelantes de encontrar algún manantial que concediera descanso. Que mi pastor pudiese entrevistarme antes de mi bautismo significaba mucho para mí. Era el hecho de empezar a sentirme parte de ese sistema. No obstante, él no aceptó hacerlo. ¿La razón? En ese preciso momento, estaba fuera de servicio. Él se encontraba a unos metros de mí, pero no. El «ungido de Dios» no quiso darme un par de minutos de su tiempo. ¿Tanto le costaba hablar conmigo cinco minutos?

Los días pasaron, pero las ganas de largarme de la iglesia no. Intenté sacar citas con mi pastor, pero su secretaria me dijo —en más de una ocasión— que su agenda estaba llena y debía regresar al siguiente mes. Entendí que mi iglesia es parecida a una entidad del Estado, llena de burocracia.

Hoy, me atormenta mucho que, cada tres meses, se realicen campañas evangélicas en donde la gente es llevada a la iglesia. Mi líder dice que si no invito a alguien a la célula o la campaña, no estoy evangelizando. ¿Dónde quedan entonces el arrepentimiento y el seguimiento como parte integral del discipulado que Jesús vivió, encarnó y demandó? Para mí, la evangelización es un proceso que se da no una, sino varias veces en la vida de una persona. La evangelización no termina cuando alguien decide entregar su vida a Cristo. No. Ahí, empieza todo. No se trata entonces de cantidad, sino de relaciones profundas.

Esta niña que aspira a ser grande —porque así veo hoy a mi iglesia— no ha sido capaz de recordar que la grandeza se traduce en servicio y amor. Quizás, en el intento de «ganar más almas para Cristo» —porque a eso se reduce la evangelización para algunos cristianos—, se termina prostituyendo el evangelio. La fe se ha vuelto barata y es ofrecida como un producto de consumo que solo sirve para satisfacer a las multitudes que buscan un mensaje acomodado a sus deseos personales. Paso por las calles y me duele el corazón, cuando veo cómo se promueve que ser hijo de Dios es una garantía para reclamar promesas materiales y ser felices a cambio de una «transacción monetaria».

En tiempos de la iglesia primitiva, ella no se encerraba en un templo, sino que estaba en las conversaciones de los hombres para mostrar el amor de Dios. Ellos practicaban la justicia, protegían a los desamparados, alzaban su voz de protesta frente al sistema opresor que los rodeaba. Y, por eso, eran perseguidos. ¿Qué nos ha pasado? Los cristianos nos hemos dejado condicionar por la dicotomía de lo sagrado y lo secular. Asumimos un total desprecio por el cuerpo y vivimos en nuestra nube espiritual. Hemos olvidado que las bendiciones no calman el hambre. Es necesario dar panes, salir a las calles, consolar a las viudas, cobijar a los huérfanos, dejar de ver a las personas como números.

Y aunque cada vez es más fuerte la decisión de dejar mi iglesia (no sin antes mandar una copia de este texto a las oficinas pastorales y a mis líderes), eso no significa que rechace mi fe hacia Dios. Hoy más que nunca me resisto a creer que así sean las iglesias que el Creador exalta. Yo creo en un Dios que vive en las aceras, en las fábricas, en los mercados, en la resistencia de los pueblos frente a la imposición violenta de megaproyectos en sus territorios. Mi vida entera está al servicio de ese Dios que me ha llamado a ser parte de la Gran Comisión, de proclamar el año agradable de Dios, de ser la boca que grita rebeldía y usa mis manos para trabajar por la justicia, la paz y el amor hacia la humanidad y toda la creación.

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La mano poderosa – Jorge Miyagui